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La defensa de la lengua y sus límites

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Cualquier idioma exige de sus hablantes que, en la medida de lo posible, se esfuercen al utilizarlo tanto en la conversación como el escribir, cumpliendo determinados requisitos. Como es el caso de cuidar la ortografía, ya que las palabras no se pueden escribir de cualquier manera, en tanto la manera correcta de hacerla sirve tanto para explicarla, y de esa manera comprenderla mejor, sino que al mismo tiempo nos habla de su historia.

Porque todas las palabras la tienen y de eso es precisamente de lo que se ocupa la Etimología. En la que no debe verse una disciplina que sirve para dar respuesta a una curiosidad específica; sino un instrumento que al mismo tiempo nos sirve para enriquecernos con los sentidos y matices que dada su historia llevan ellas escondidas.

Al mismo tiempo, se hace necesario que al momento de utilizarlas, se esté en condiciones de ser conscientes de cuál es la palabra oportuna y a la vez adecuada. Así como también que existen esas palabras que en otros tiempos se decía que “solo pueden usar los padres o las personas mayores” y que se conocían como “malas palabras”, que al transgresor lo convertía en “boca sucia”, la manera socialmente extrema de ser considerado un “mal hablado”.

Indudablemente hoy el mundo es otro, y esa rígida estrictez nos es desconocida, aunque se debería en este caso ser conscientes de que quedan restos de aquello que antes servía para calificar a alguien de “mal hablado” –tal como acaba de ser señalado-, ya que aun hoy es condenable la presencia, en el habla o la escritura, de groserías o de ofensas.

Pasamos por alto una cuestión intrincada, cual es la vinculada con las palabras adecuadas por su sentido y el lugar que ocupan en un texto, y que hacen a las frases en ellas contenidas claramente comprensibles, algo tan indispensable como atender a la puntuación.

Y entramos de lleno en el núcleo de esta nota, al hacer referencia a la lengua propia, que es la materna. La misma que se mama, desde el mismo día en que se nace, al mismo tiempo que la leche de la madre; y la que es tan nuestra, que es en realidad una parte de nosotros, y hace a nuestra identidad tanto personal como social.

De allí que no son vanas las preocupaciones de la Real Academia Española compartidas por todas las distintas academias de las naciones donde se habla el castellano, inclusive en los casos en los que este no es la lengua dominante acerca de la incorporación “en crudo” de palabras del idioma inglés. Y decimos “en crudo” porque ni siquiera podemos hablar de “anglicismos” en sentido estricto ya que mantienen su ortografía y su pronunciación, aunque afirmar lo anterior sea una postura que somos conscientes se considera equivocada.

Es por eso que resulta remarcable el programa puesto en práctica por la Real Academia Española (RAE), que, junto con la Academia de Publicidad de ese mismo país –el que debería ser asumido como propio entre nosotros- y que busca hacer reflexionar a los consumidores, tal como se advierte en el lanzamiento del programa, acerca de cómo los hablantes asumen con naturalidad, sobre todo en el mundo de la publicidad y las empresas, la incorporación de términos ingleses. Palabras cuya utilización no resulta necesaria y que solo sirve para dar a los productos una pátina de falso prestigio, cuando no enmascaran directamente falta de contenido.

Una acción, la cual según se informa, ha sido el resultado de un informe elaborado por encargo de ambas asociaciones que al respecto es contundente ya que señala que si en 2003 en España apenas 30 empresas habían empleado el inglés en sus anuncios, en 2015 esta cifra se había multiplicado diez veces, hasta las 322.

En el informe se ejemplifica que “Back office” (por trastienda), “crowdfunding” (por microfinanciación), “spam” (por correo no deseado) o “cash flow” (por flujo de fondos) son solo algunas de las palabras que, con más frecuencia, son el resultado de la búsqueda realizada entre los estudiantes de economía de una universidad de ese país. A ellos, se indica que cabe añadir, como más habituales, cargos como el “CEO” –siglas de chief executive officer– en vez de consejero delegado, “community manager” por responsable de redes sociales, o “project manager” por jefe de proyecto.

La explicación del fenómeno, según un especialista en el tema, es que si “antes, había muchos anglicismos llegados del campo de la informática; en la actualidad, con la difusión del uso de internet, el intercambio de información es muy rápido sobre todo entre los economistas, y por ahí llegan más”. Agregándose, que la minusvaloración de nuestra lengua llega hasta el colmo que el Ministerio de Cultura español recomienda a los lingüistas hispanos escribir en inglés”.

De cualquier manera la actual situación no debe ser vista como catastrófica, porque es pertinente atender a la existencia de matices computables de una manera valedera. Es que, explica otro experto, los anglicismos son tan necesarios como cualquier préstamo, sobre todo cuando el idioma tiene con qué responder a una nueva realidad, y algunos, como los puntos cardinales (norte, sur, este y oeste), que sustituyeron a septentrión, meridión, poniente y oriente, se remontan al siglo XVII. Añaden que “actualmente, el diccionario recoge más de 1.500 palabras de origen inglés, y la mayoría, estiman, son pertinentes. De donde lo que es recomendable es que si la justificación de estos anglicismos innecesarios es algo social, evitarlos también lo es.

Es que, de lograr los países hispanohablantes sean mejores en economía, informática o ciencia, el flujo de anglicismos, con su prestigio asociado, también sería menor. “De donde el nudo de la cuestión no pasa por la existencia de préstamos, sino que lo malo es la aceptación acrítica y masiva”. Ya que como bien se ejemplifica, no se ve cual es la razón de que haya quienes se empeñen en el empleo de la palabra “runner”, cuando contamos con la palabra corredor.

En realidad, esta reacción de cualquier manera desmesurada de la invasión del inglés, que para muchos ha pasado a ser una “lingua franca”, dada la universalidad de su expansión, por más de ser necesaria no debe ni puede ser la principal de las banderas desplegadas en defensa de nuestra lengua.

Ya que ello pasa fundamentalmente por el hecho de aprender a comunicarnos correctamente en nuestro idioma. Donde hay responsabilidad de todos, pero especialmente de los maestros y comunicadores sociales, entre quienes en más de una oportunidad se generan esos verdaderos horrores ortográficos y sintácticos que luego en su caída en cascada vienen a inundar la sociedad.

De allí que no suene a exageración, aunque lo sea, una norma dictada en un estado, por el cual se obliga a rechazar toda presentación efectuada ante cualquiera de los ámbitos de la administración en la que se observe la presencia de errores de ortografía. Es la misma, de entrada nomás, merece un reparo, que es el que tiene que ver con el grado de certeza que se da que la ortografía de quien recibe la presentación, sea mejor de la de quien la efectúa.

 

 

 

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