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Beatriz Romero traduce las canciones de Rozalén a lengua de signos: «De niña me costaba hablar»

Ya ha hecho tres giras con la compositora, que quiere aprender el idioma de los sordos. «Por ahora se sabe los tacos y algunas palabras bonitas», dice su compañera

 

diariosur.com

Por ANTONIO PANIAGUA

Rozalén y Beatriz Romero son uña y carne, compañeras en el escenario y amigas desde hace ocho años. Romero, la intérprete de lengua de signos que acompaña siempre a la cantautora en sus conciertos, se considera una parte más del espectáculo y asegura que su trabajo no consiste en una traducción literal de la letras de las canciones, sino en una recreación que permite la traslación a gestos de sentimientos e imágenes poéticas. De una timidez cerval, hasta ella se asombra de que un día hiciera caso a Rozalén (a la que cita siempre por su nombre de pila, María) para dibujar en el aire sus estrofas. Se conocieron en Bolivia, dentro de un programa para jóvenes cooperantes patrocinado por la Junta de Castilla-La Mancha.

–¿Cómo nació su colaboración con Rozalén?

La cosa nació por casualidad. Yo era muy tímida y trabajaba en un instituto como intérprete de lengua de signos. Nos conocimos en 2011. Cuando teníamos tiempo libre, cantábamos. Sin ninguna pretensión, yo me ponía la nariz de payaso, porque tengo cierta formación de clown, e interpretaba en lengua de signos las canciones de María. A la gente le parecía muy divertido y nos animaba a que hiciéramos algo. A raíz de eso, nos pidieron actuar en un concierto para niños con diversidad funcional en el Sáhara. Al principio yo iba solo a los conciertos los fines de semana, pero en 2015 ya pedí una excedencia.

–¿Cómo fue la primera vez que se subió a un escenario?

Como soy bastante tímida, siempre me apuntaba a hacer cositas de teatro para llevarlo un poquito mejor. Un día venía de celebrar mi cumpleaños y ella me dijo: ‘¡venga, súbete!’, y lo hice sin pensar. Si lo hubiera pensado no lo habría hecho.

–¿Por qué aprendió la lengua de signos?

En parte porque de niña me costaba bastante hablar. Era muy tímida, aunque también muy expresiva. En mi colegio había un aula específica donde atendían a niños sordos. Les veía hablar y me quedaba maravillada. Intenté comunicarme con ellos y que me enseñaran algunas cosas. Me enamoré de la lengua de signos, así que ya de mayor hice algunos cursos. Mi profesora de entonces, que era sorda, me animó a que estudiara para obtener la certificación oficial.

–No es un mero busto parlante. También baila y se mueve.

No suelo contar lo que dice la letra.Para mí es importante expresar lo que María siente con la canción y el sentimiento que transmite la música, ya sea alegría, pena, sorpresa… Tengo la suerte de que le puedo preguntar a ella directamente lo que quiere decir. Con todo eso intento buscar la manera más poética de hacer justicia a lo que ella quiere contar.

–¿Su trabajo supone un enriquecimiento del espectáculo?

Sí, al menos eso es lo que dice el público. Es un refuerzo visual de lo que canta María. La lengua de signos da mucho juego, pues con ella se puede aportar muchísima información.

Chalecos vibratorios

–¿La coreografía y el vestuario están conjuntados?

Antes vestíamos de manera más parecida. Ahora no tanto. Yo tengo ropa con la que voy más cómoda a trabajar y María, como no tiene tantas limitaciones, puede ir más libre o con más colores. Yo procuro ir siempre de negro para que se me vean mejor las manos. En cuanto a la coreografía, hay cosas preparadas y cosas que nos salen de modo totalmente casual.

–¿Y Rozalén ha aprendido algo de la lengua de signos?

No mucho, alguna cosilla, los tacos, que es lo que más rápidamente se aprende de otro idioma, y algunas palabras bonitas, como ‘tortuga’. Dice que cuando tenga tiempo le gustaría aprender un poco.

–¿Qué dificultades plantea su trabajo?

Tengo que trabajar las metáforas y hacer un análisis de la estructura del verso y de la música. Las palabras a veces son importantes pero otras quieren decir una cosa totalmente distinta. Tengo que ir acorde con María. Lo que he intentado es hacerlo todo a la vez que ella, de forma que oyentes y sordos pueden reírse y emocionarse a la vez, sin esperar a mi traducción.

–¿Cómo es la reacción del público, tanto de sordos como de oyentes?

Entre las personas sordas suele haber gente que nunca ha ido un concierto. Han venido personas mayores sordas con sus hijos oyentes y que por primera vez disfrutaban de algo juntos. Y al revés. Una vez hubo una petición de mano; en la pareja, una persona era sorda y la otra no. En Pontevedra nos prestaron chalecos vibratorios, que transforman el sonido en vibraciones.

–La ocupación del espacio escénico es de igual a igual.

Sí, no estoy relegada a un cuadradito. Estoy siempre a su lado, aunque lo importante es que la vean a ella.

–¿Hay una compenetración muy estrecha entre ustedes?

Sí, tenemos una forma parecida de entender la vida. Antes de trabajar juntas ya éramos muy amigas, y luego compartimos un humor muy similar. Con mirarnos nos da la risa porque ya nos entendemos perfectamente.

 

 

 

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