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Un vestido de novia y un ramo de palabras olvidadas

Hace un siglo todavía una amplia comunidad se comunicaba en ladino, un idioma que está en peligro. Hoy no nacen hablantes ni se lo transmite. Aquí se rescata una historia de amor y de exilio.

 

clarin.com

Por PATRICIA KOLESNICOV

¿No ven el azul intenso de ese mar, esos tres que se abrazan en el puerto? ¿No ven qué hermoso el paisaje, qué sabrosas las aceitunas, cómo brillan los tomates? No, no ven nada. Es el puerto de Esmirna o de Estambul y hay un barco que se va tan lejos y se la lleva a Alegra, la niña de la casa. Alegra tiene quince, dieciséis años, va a casarse con su Felipe, que ya está en Sudamérica.

Son los primeros años del siglo XX: no hay whatsapp, no hay Internet, no hay casi teléfonos y falta un tiempo para que vuele el primer avión de pasajeros. La que se va, se va y es casi seguro que no volverán a verla; podrían jurar que lo que tendrán de ella, de tanto en tanto, es una carta, el trazo de su letra; tal vez, mucho después, una fotografía.

Con alegría, porque es el futuro, pero con el dolor que es precio de ese futuro, los padres se despiden de mi bisabuela. En el puerto de Buenos Aires la esperará Felipe, que enseguida será su marido. Alegra Cohen sube al barco vestida de novia; así la recordarán para siempre los que se quedan en Turquía.

¿En qué idioma ocurrió esta escena que narraba mi abuela, una de los siete hijos de Alegra y Felipe, nacida ya en las tierras coloradas de Misiones? En ladino, una forma del castellano que los judíos españoles se llevaron consigo cuando los Reyes Católicos los expulsaron de la Península, en 1492. En esa lengua tal vez sus padres le cantaron a Alegra los versos para la novia, que empiezan:

“Dizze la nuestra novia: ¿Cómo se llama la cabesa? / No se yama cabesa, sino campo despasioso. / ¡ Ay mi campo despasioso! / Pase la novia y gozze el novio”.

Salidos de España y Portugal. Los judíos sefaradíes. / AFP

Así, más o menos, la cantaba mi abuela en las fiestas de la familia. El ladino era demasiado parecido al castellano: en una generación estaban todos adaptados y los hijos de Alegra chamuyaban al vesre, iban a la milonga… Quedaron algunas frases, para los brindis: “Novia que te vea”, “Parida de ijos” (léase iyos), “Anyada clara”. La abuela Julia, que decía llamarse “Djoya” (joya, léase “yoia”). No mucho más.

La lengua cuenta la historia: una comunidad es expulsada y se lleva la lengua en el estado en que está cuando la habla, siglo XV en este caso. Se instalan en Marruecos, en Siria, en Turquía, donde se hablan idiomas muy diferentes. La lengua se aísla, queda en las paredes de la comunidad, cambia poco y nada.

Luego esas comunidades se dispersaron, se integraron: la integración fue más letal que la persecución: no nacen nuevos hablantes en el ámbito de las familias sefaradíes -los descendientes de aquello judíos españoles-, lamentan los hispanistas que cada tanto dan el alerta y hacen esfuerzos para conservar la antigua joya lingüística. “Ya no hay transmisión generacional”, dicen. Los hijos de los milongueros fueron a la universidad; sus nietos estaban lindos para estudiar inglés.

La UNESCO ya ha advertido que “La lengua de los judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492 está gravemente amenazada de desaparición”. Hoy lo hablan entre 125.000 y 300.000 personas, que en su mayoría viven en Israel. En julio documentó esta agonía un congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: la RAE faltó, el Instituto Cervantes estuvo. En 2018 se firmaba, en Madrid un documento para crear la Academia Nacional del Ladino, que funcionaría en Israel. Pero cuestiones presupuestarias, políticas, esas cosas, la tienen en veremos. Es lindo, es preciso, cuidar las joyas, porque el viento de la historia es un huracán, y sin esas joyas somos todos más pobres.

A la abuela Julia, que este martes hubiera cumplido 102 y que me contó el cuento tantas veces.

 

 

 

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