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Ojeada a la evolución de los sistemas ortográficos

Tuvo que pasar mucho tiempo para que los sistemas ortográficos lograran consolidarse y adoptaran la forma que hoy por hoy les conocemos.

 

lasnuevemusas.com

Por Flavio Crescenzi

  1. De los sistemas de escritura a los sistemas ortográficos

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Como sabemos, el conjunto de reglas que se emplea para garantizar la correcta representación gráfica de una lengua nace de la misma escritura. En este sentido, es posible hablar de ortografía a partir del momento en que una lengua registra su uso escrito, más allá de que ese uso no esté sistematizado todavía o de que, incluso, no llegue a estarlo nunca. Dicho de otro modo, la sola existencia de las normas ortográficas depende del sistema de escritura al cual estas se aplican, pero no necesariamente un sistema de escritura depende de esas normas para existir.[1]

Si bien lenguas como el chino cuentan con sistemas de escritura originales, es decir, creados especialmente en función de su representación gráfica,[2] muchas otras (de hecho, todas las lenguas de escritura alfabética), ya sea por influencia de lenguas de mayor prestigio, ya sea por haberlo heredado de la lengua de la cual derivaban, han adoptado un sistema preexistente, que, como era de esperarse, supieron adaptar a sus propias necesidades culturales y expresivas.

Esta adaptación se basó fundamentalmente en la adecuación de la suma de grafemas recogidos a la representación de los fonemas propios mediante el cambio del valor fonológico vinculado a los grafemas ya existentes, la creación de grafemas para representar los nuevos fonemas y la supresión de signos en caso de que no existiera en la lengua receptora el fonema que estos signos representaban en la lengua de origen. Si la cantidad de sonidos que necesitaban ser representados era mayor al de los grafemas disponibles, solía recurrirse, siempre para representar un único fonema, menos a la creación de nuevos grafemas que a la combinación de varios de ellos.[3]

Ahora bien, en las lenguas que heredaron el sistema de escritura de la lengua de la cual derivan, la adecuación de los grafemas al nuevo medio fonológico se efectuó de manera espontánea y gradual. Así, por ejemplo, los redactores y copistas que habitaban los territorios que habían pertenecido en su momento al Imperio romano, es decir, aquellas regiones en las que se originaron las lenguas romances, se vieron obligados a escribir con los elementos gráficos del latín. Para representar los nuevos fonemas, tuvieron que valerse de distintos procedimientos, lo que explica la fluctuación que muestran las grafías de los textos antiguos, hecho que también puede atribuirse a la inestabilidad de los primitivos sistemas fonológicos.[4]

En suma, la ortografía de las diferentes lenguas empezó a consolidarse a partir de que ciertos usos adquirieron la suficiente fijeza y extensión, lo que al fin y al cabo sobrevino después de una parsimoniosa selección de variantes en la que, sin duda, influyeron los usos gráficos de los manuscritos procedentes de las cancillerías y oficinas reales, tal como ocurrió —al menos, en lo concerniente al idioma español— en Castilla durante el reinado de Alfonso el Sabio. Respecto de esto último, el maestro Lapesa nos recuerda lo siguiente: «La grafía quedó sólidamente establecida; puede decirse que hasta el siglo XVI la transcripción de los sonidos españoles se atiene a normas fijadas por la cancillería y los escritos alfonsíes»[5].

  1. Los criterios modernos de referencia: pronunciación, etimología y uso consolidado

 En lo tocante a las lenguas occidentales, podemos decir que el Renacimiento supuso el comienzo de la ortografía como disciplina, es decir, como objeto de reflexión y estudio específico. Este período se caracterizó por un progresivo interés por las lenguas nacionales —especialmente en las románicas—, interés que llegó a rivalizar con el que ya se tenía por el griego y el latín clásicos. Se publican en aquel tiempo las primeras gramáticas, en las que, siguiendo la tradición grecolatina, el análisis de la representación gráfica ocupaba un lugar preeminente.[6]

A mediados del siglo XV, la invención de la imprenta impuso un mayor control en los sistemas de escritura, y las medidas que los tipógrafos e impresores tomaron al momento de componer sus textos influyeron de manera notable en los flamantes procesos de regularización gráfica. La ortografía fue adquiriendo así cada vez más protagonismo, lo que explica la aparición, en los siglos XVI y XVII, de muchos tratados y manuales, muchos de los cuales ostentaban una orientación predominantemente didáctica. Los ortógrafos, al principio, adoptaron, como principal criterio de referencia, o bien la pronunciación, o bien la etimología. A estos dos criterios se sumó más tarde el del uso tradicional consolidado, que en más de una oportunidad ofició de mediador en procedimientos gráficos concretos.

Los criterios de pronunciación, etimología y uso tradicional consolidado contribuyeron de manera decisiva a la conformación de los sistemas ortográficos de las más importantes lenguas europeas, aunque no siempre de manera conjunta. En un primer momento, casi todas estas lenguas tomaron como referencia la pronunciación para construir sus respectivos sistemas ortográficos. Sin embargo, mientras que algunas de ellas, como el español o el italiano, siguieron adoptando en mayor o menor medida este criterio, otras, como el francés o el inglés, fueron mucho más renuentes a hacer los reajustes necesarios para adaptar su ortografía a los cambios que se produjeron en sus correspondientes sistemas fonológicos. A esta suerte de conservadurismo gráfico se sumó (sobre todo en aquellos períodos de marcada influencia latinizante) la predisposición a introducir o a mantener, en la escritura de muchos vocablos, grafemas etimológicos que carecían de su apropiado correlato fónico, con el propósito, por un lado, de proteger la relación con el étimo u origen y, por el otro, de darle estabilidad a las grafías ante cualquier imprevisto cambio en la pronunciación.[7]

El conflicto entre los partidarios de la tradición gráfica (que, en buena medida, está basada en la etimología) y aquellos que aceptaban realizar los ajustes necesarios para preservar en todo momento la correcta correspondencia entre grafía y pronunciación ha sido una constante en la historia. Justamente, esta falta de consenso sobre los principios que debían regir la ortografía retrasó la creación de una norma ortográfica coherente y estable en casi todas las lenguas, y, durante mucho tiempo, la escritura quedó librada —al menos, en la práctica— al criterio particular de autores e impresores.

  1. Las instituciones académicas, último estadio hacia la regularización ortográfica

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Noah Webster

La regularización ortográfica, tal como hoy la conocemos, recién pudo instrumentarse con la creación de instituciones especializadas en materia lingüística cuya autoridad fuera en principio inobjetable. Por lo general, esta autoridad era asumida por instituciones académicas respaldadas directa o indirectamente por el Estado, como la Accademia della Crusca, fundada en 1585; la Académie Française, fundada en 1635, o la Real Academia Española, fundada en 1713. Todas estas instituciones tenían un claro objetivo: «fijar» la lengua que representaban.  El primero y más importante de sus proyectos fue la elaboración de un diccionario, lo que implicaba a su vez tomar decisiones en cuestiones ortográficas, ya que había que asignarle a cada uno de los términos registrados una grafía determinada, grafía que, a partir de ese momento, pasaría a ser considerada como la forma correcta.

En lenguas como el inglés o el alemán, la regularización llegó también gracias a la publicación de ciertos diccionarios que, por su calidad y prestigio, se convirtieron pronto en una referencia de autoridad en lo que a ortografía respecta. Tales son los casos, para el inglés británico y el norteamericano respectivamente, de A Dictionary on the English Language (1755), de Samuel Johnson,[8] y de American Dictionary of the English Language (1828), de Noah Webster,[9] y, para el alemán, de Vollständiges orthographisches Wörterbuch der deutschen Sprache (1880), de Konrad Duden.

La creciente intervención en cuestiones educativas por parte del Estado, que se inició con la Ilustración y se profundizó durante los siglos XIX y XX, explica la continua participación de los aparatos gubernamentales en los procesos de regularización ortográfica. Sin duda, esto respondía a la necesidad de contar con una ortografía coherente y consolidada que, por un lado, legitimara la unidad lingüística del país y, por el otro, sirviera de modelo pedagógico para el aprendizaje de la lectoescritura. En la mayoría de los casos, esta intervención se ha reducido al respaldo oficial a instituciones académicas, como aquellas que ya hemos mencionado; pero en otros, se ha ejecutado sin mayores miramientos, mediante leyes concretas que promulgaban, o bien la fijación de un conjunto de normas ortográficas, o bien su eventual y siempre polémica reforma.


[1] Naturalmente, no queremos decir con esto que avalamos la existencia de sistemas de escritura sin el acompañamiento de una reglamentación ortográfica acorde, sino tan solo que estos sistemas pueden existir.

[2] El chino cuenta con una escritura ideográfica, que, en cierta forma, puede relacionarse con la escritura jeroglífica del antiguo Egipto.

[3] Justamente, una de las causas que explican la complejidad de las ortografías inglesa o francesa, si las comparamos con ortografías más simples como la del español o el italiano, es que el número de fonemas del inglés y del francés ha sido siempre muy superior al número de grafemas del alfabeto latino.

[4] Véase Heinrich Lausberg. Lingüística románica Vol. I: Fonética, Madrid, Gredos, 1965.

[5] Rafael Lapesa. Historia de la lengua española, Madrid, Gredos, 1981.

[6] Recordemos que la ortografía se consideraba en sus inicios parte de la gramática, y que esta tradición, de un modo u otro, permaneció hasta bien entrado el siglo XX. De hecho, la Gramática académica de 1931 todavía estaba dividida en «Analogía», «Sintaxis», «Prosodia» y «Ortografía».

[7] La adopción de la etimología y del mantenimiento de la tradición gráfica como principios ordenadores de la ortografía puede constatarse, por ejemplo, en el francés, lengua en la que se han conservado numerosas grafías, ya sea para distinguir homófonos, ya sea para resguardar la información gramatical que no llega a reflejarse en el habla, como la -e final que distingue —siempre hablando de la escritura francesa— la forma femenina de la masculina en muchos adjetivos, como perdue (‘perdida’) que se pronuncia igual que perdu (‘perdido’).

[8] Este diccionario es el inmediato antecesor del Oxford English Dictionary, todavía vigente en nuestros días.

[9] Del que deriva el actualísimo Merriam-Webster Dictionary.

 

 

 

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