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La palabra como obra de arte – Por Alicia María Zorrilla

Muchas personas hablan o escriben para alejarse del silencio o porque le tienen miedo, pero no pocas veces solo es silencio lo que comunican

 

losandes.com

Por Alicia María Zorrilla – Presidenta de la Academia Argentina de Letras

Lo queramos o no, diariamente desacreditamos las palabras con nuestras alteraciones semánticas, sintácticas, morfológicas y gráficas. Las maltratamos en las redes sociales, en los carteles publicitarios, en las publicaciones periódicas, en nuestros trabajos, en los programas de radio y de televisión, durante nuestros diálogos. Pocos respetan la calidad idiomática. Existe, sin duda, una inmensa distancia entre la norma que orienta y el empleo desidioso de las palabras. Deteriorar a gusto el idioma no significa usarlo con libertad, y esta -como bien dice Fernando Lázaro Carreter- no consiste en dejarse llevar, sino en saber y poder ir. Debemos ser conscientes de que existe una cultura lingüística. La lengua evoluciona por nuestra voluntad y, también por nuestra voluntad y por nuestra desidia, involuciona (Estos días que nos “tocan” vivir no son los mejores).

Da la impresión de que la sintaxis precaria de algunos hablantes responde a un pensamiento que llega sin vigor a la superficie y no sabe cómo encauzarse (“Nada”, “de última”, “decirles que nos reencontraremos mañana”). ¿Se piensa cuando se escribe o se habla? ¿Se sabe que expresar mediante palabras es un modo de traducir una verdad muy íntima, que al escribir nos traducimos? Decía don Miguel de Unamuno que «la lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo». Y, en su Defensa apasionada del idioma español, agrega: «Una sociedad que no escribe correctamente, que no habla con orden, que no ama su lengua, se convierte en una sociedad que piensa poco y que termina sintiéndose inferior». Detrás de cada yerro, hay un hombre que yerra y que, al equivocarse, enmascara la realidad de sus escritos, falsifica la belleza y traiciona la ética, que es condición del arte.

Jorge Luis Borges expresa con acierto que «todo lenguaje es de índole sucesiva». Esa exposición al tiempo lo renueva constantemente y lo enriquece. No obstante, renovarlo no significa erosionarlo, alterar su morfología, descomponer su sintaxis y confundir su semántica. Y usarlo con esmero no denota ser purista, sino respetar lo que nos da identidad, lo que nos hace personas.

Cada escrito en español es traducción de una realidad y, por ende, otra realidad. Ese trasladar establece un compromiso con la sociedad sustentado por su patrimonio estético y ético. Por eso, Borges decía que la escritura es una invitación a pensar, y pensar es pesar el valor de las palabras para que sean lo que deben ser y ocupen el lugar que deben ocupar, para que verbalicen cabalmente la vida, para que creen su verdadero ámbito.

Es tan patético el error como el momento en que se lo concibe, y, aunque no lo concienciemos, en ese instante, transformamos precariamente el universo que contiene cada vocablo, su modo de expresar la armonía; entonces, el cosmos (‘orden’) se torna caos (‘lugar vacío, desorden’).

Las palabras también tienen su pudor. Cuántas veces una palabra equivocada o una construcción antiidiomática desordenan, descomponen y hasta destruyen el mensaje. Lamentablemente, sobran los ejemplos: Cincuenta policías estaban trabajando para que estos rehenes “no puedan escaparse”; Presentaremos las pruebas contundentes que “avalan las acusaciones falsas”; Como dijimos en esa conversación del lunes “que tuvimos”…

Un «silencio ensordecedor» socava la integridad de nuestra lengua. Muchas personas hablan o escriben para alejarse del silencio o porque le tienen miedo, pero, no pocas veces, solo es silencio lo que comunican sus palabras, pues dicen menos de lo que deberían decir o lo expresan mal (Tiene que “ir viniendo”; Lo peor es “quejarnos”; Le dieron “hasta diez puntos en la cabeza”). Es el mucho ruido y pocas nueces de nuestra fraseología popular. Y las pocas nueces se deben a que no se han tenido en cuenta las normas lingüísticas que guían y hacen posible la redacción. Más aún, no se ha pensado en que hablar y escribir significa compartir las verdades del alma, y, en ese compartir, hay una entrega poética, es decir, una creación en libertad, no en libertinaje. Crear desde el error por desconocimiento del idioma o por indiferencia de lo que significa poseerlo es construir en el vacío, no comprender el juego infinito, el trabajo gustoso a que nos invitan cada día las letras, las sílabas, las palabras. No se necesita ser literato para ser poeta de la palabra, es decir, creador, artífice; solo es necesario asistir íntegros al mismo acto apasionado de la escritura que nos convoca; sentirnos dentro de él, escuchar el recto decir de su silencio y, sobre todo, vivirlo plena y éticamente desde nuestra cultura, que -como bien decía André Malraux- «no se hereda, se conquista» y «lo que debe unirnos es el objeto de esta conquista»; pero -puede agregarse- esa conquista debe emprenderse con voluntad, esfuerzo e inteligencia, sobre todo con voluntad y esfuerzo, pues lograrla significará participar del mundo con los demás para entenderlo en el laberinto de sus múltiples encrucijadas. Es vano aspirar al poder sin poder, y la cultura es el máximo poder porque asegura la libertad.

Cada palabra es esculpida con el cincel de la vida interior. El acto de esculpir implica voluntad de arte. Entonces, la misión del que escribe es comunicar con arte y demostrar su arte de comunicar, su perseverante búsqueda de la belleza, que no es solo una palabra, sino también su consagración a las palabras.

 

 

 

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