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Arturo Pérez-Reverte:”Vigilar nuestro idioma es obligación de los medios de comunicación”

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En otro tiempo, en cada redacción de periódico, radio o telediario, había un señor mayor, serio, silencioso, de aire respetable, que se pasaba la jornada leyendo lo que otros escribían.

De vez en cuando, alguien dejaba de teclear, iba hasta su mesa y le preguntaba, por ejemplo, si la palabra obnubilado se escribía con ene o con eme antes de la segunda ene.

Y entonces, el señor serio y silencioso, con la ceniza del cigarrillo cayéndole sobre las páginas mecanografiadas que tenía en las manos, alzaba la vista y lo miraba tres segundos, que al interrogador se le hacían eternos, antes de responder con hiriente paciencia:

«Con ene, hijo mío. Se escribe con ene de analfabeto».

Ese señor serio y silencioso de la ceniza de cigarrillo era el corrector de estilo. Antes, como digo, había uno en cada medio informativo. Hoy ya no lo hay, porque las empresas, incluido EL MUNDO, prefieren ahorrarse un sueldo.

Ese personaje, indispensable, ya no está. Ya no existe en casi ningún medio. Y se nota. Ahora todos fían el asunto, o lo fiamos, al corrector del Word, o de cómo se llame lo que cada cual utiliza para darle a la tecla.

Y eso, a la hora de expresar las cosas en limpio y correcto castellano según las reglas ortográficas y gramaticales, es como confiarle a Robocop una operación de neurocirugía. Es posible que salgas del quirófano, pero a lo mejor te trae más a cuenta no salir.

Para un escritor, para un periodista, y no sólo para ellos sino también para cualquiera que necesite expresarse o comunicar, el lenguaje, el idioma, el castellano en nuestro caso, conocido como español en todo el mundo, es más que un conjunto o sistema de signos útiles. Es una herramienta.

Y en especial para quienes hacen del acto de comunicar un deber o un oficio, esa herramienta debe ser lo más eficaz posible: clara, limpia, directa, precisa. Contundente, en caso necesario. Y si además mantiene la belleza de la expresión, la justeza del término, el aroma noble o plebeyo, pero secular, de las otras lenguas que se concitan en ella y la hicieron como es…

Si honra a sus abuelas, que en nuestro caso son el griego, el latín, el árabe, las lenguas amerindias e incluso los extranjerismos incorporados por diversas circunstancias culturales e históricas…

Si hace todo eso, esa lengua enriquecerá la eficacia operativa del presente con la belleza y la hondura léxica que le dan tres mil años de fascinante palimpsesto lingüístico.

Ése es el tesoro. Ésa es la herramienta. El castellano, o español. Nuestro idioma. Un idioma que, naturalmente, debe evolucionar y transformarse como siempre lo hizo, adaptándose a los nuevos tiempos y realidades. A los diferentes usos y enfoques sociales, haciéndoles la debida justicia.

Al fin y al cabo, los propietarios de un idioma, sus creadores y administradores, son quienes lo hablan.

Pero ello exige, precisamente por eso mismo, una viva responsabilidad, una continua vigilancia por parte de quienes influyen en el habla, ayudan a poner palabras en circulación o a retirarlas, consagran en letra impresa aciertos o errores, aceptan innecesarios extranjerismos que tienen perfecta traducción a nuestro idioma, se pliegan a coletillas y modas estúpidas o mantienen un digna firmeza frente a quienes pretenden envilecer la herramienta del idioma. Defendiéndolo de quienes buscan dirimir, también allí, en el idioma, sus ideas o intereses políticos, sociales, o económicos.

En esto no puede haber silencio de los corderos, porque nos jugamos mucho.

En ese empeño, mis amigos de EL MUNDO hacen lo que pueden, supongo. Yo hago lo que puedo. Pero todos tenemos la obligación de hacer más… De hacer, como aquel antiguo dicho militar español, no exento de cierta útil y admirable chulería, «se hará lo que se pueda, y aún más de lo que se pueda”.

Vigilar nuestro idioma, contribuir a mantenerlo flexible, pero también claro y eficaz, es una obligación para los medios informativos. Una obligación ineludible: la de cuidar, no ya por deber moral, o estético, sino por simple defensa propia, profesional, la herramienta que necesitan, o necesitamos, que sea lo más eficaz posible para desempeñar bien nuestro trabajo…

Una herramienta que en nuestro caso, el de los hispanohablantes, es formidable, con una sólida autoridad basada en el pasado y una activa modernidad nutrida del presente. Con la constante certeza de que ese idioma, el español, es un extraordinario espacio común: un lugar donde, gracias a la Real Academia Española y a sus 22 academias asociadas, nos hermanamos y comunicamos con el mismo Diccionario, la misma Ortografía y la misma Gramática, 580 millones de seres humanos.

Esa patria común si es, desde luego, indiscutible: la lengua española.

Una patria cobijada bajo la sombra simbólica y noble de Miguel de Cervantes.

Una patria cuya bandera es El Quijote.

Muchas gracias

 

 

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