Discusión

Sobre el silencio y el significado de los hombres que callan

Luis Bernardo Quesada Nieto (The Graduate Center- CUNY)
Carolina Chaves-O´Flynn (Queensborough Community College)

Puede resultarnos obvio y reiterativo, pero no está de más recordar que nuestras labores académicas y de investigación no son actividades neutrales, objetivas, sino que son, antes que nada, parte de un programa político que se entrelaza con las creencias personales y sociales de cada unx de nosotrxs. Ese mantra de “hacer el bien sin mirar a quién” es el argumento, consciente o inconsciente, para justificar nuestros proyectos, nuestras agendas y nuestras prácticas profesionales al interior de las instituciones de las que formamos parte.

Y efectivamente, nuestra actividad profesional puede traer una serie de beneficios públicos, propiciar justicia social, contribuir a aminorar la desigualdad social, pero estos beneficios públicos no pueden estar regidos por ideales de objetividad, debido a que su naturaleza es política. En esta contribución nuestro objetivo es reflexionar sobre el hecho de que las prácticas de investigación siempre forman parte de un proyecto político personal o colectivo, el cual forzosamente deja consecuencias en la manera en la que producimos y tratamos las ideas. No reconocer ese carácter político de nuestra práctica, por muy bondadosa que sea, puede llevarnos a achatar, alterar, borrar, exotizar o romantizar la realidad, y la manera en la que la percibimos.

Esos “costos epistemológicos” del fallo metodológico (el de la incapacidad de reconocer nuestra práctica en el marco de un proyecto político personal, institucional, nacional, global o de cualquier nivel, y considerarla en su lugar como un acto neutro de contribución a la disciplina), podrían quizás ser mejor gestionados si comenzáramos por reconocer el carácter político de nuestro trabajo. Un buen ejemplo del caso son los acercamientos estructuralistas a una lengua indígena minorizada, desprestigiada o en proceso de desaparición, entre cuyos objetivos se encuentra la elaboración de un sistema de escritura, un diccionario o una gramática, que son vistos por sus autores como actos de justicia y defensa de los derechos lingüísticos, justificados por los discursos de la democracia moderna. Este tipo de acercamientos, experimentadas desde la academia como prácticas normales, neutrales y moralmente esperables hacia los hablantes oprimidos, entre otras muchas causas, por el desprestigio del que su lengua ha sido objeto, inevitablemente producen una aproximación al otro que reproduce posiciones de superioridad, posiciones implícitas en las intenciones de los lingüistas salvadores, llegados a las comunidades convencidos de que la aplicación de los métodos y las herramientas de estudio importados de las grandes instituciones mundiales de enseñanza tienen un valor y un sentido vital para los “hablantes salvajes”, y que, por lo tanto, regalarles un sistema de escritura es “lo mínimo que podemos hacer por ellos”. Si antes la salvación o la carta de acceso a la ciudadanía llegaban por la vía de la evangelización, hoy llegan por la vía de la escolarización, específicamente la escrituralización. Y es que el derecho de participación en los procesos de la globalización occidental se encuentra necesariamente condicionado por esta salvación.

Con todo, es cierto que reivindicar los derechos lingüísticos -y los de cualquier otro tipo- de los grupos marginados es una tarea pendiente que debe ser atendida en las sociedades latinoamericanas, pero también es innegable que, al margen de los esquemas morales, epistemologías occidentales y al margen de las buenas intenciones, no podemos ignorar que nuestros procedimientos “científicos” traen efectos colaterales que podrían resultar incluso más problemáticos que las condiciones de injusticia o desigualdad que fueron observadas por la academia en un inicio, y que fueron las que motivaron su propia agenda de trabajo. En casos como estos, los “costos epistemológicos” que llevan al achatamiento, la alteración, la borradura, la exotización o la romantización de la realidad y nuestra percepción de ella, se producen mediante la subalternización y la infantilización de sujetos, apreciados como necesitados, incapaces, desprotegidos, sin agencia, que necesitan de la llegada del lingüista redentor. Aquí una aproximación videográfica del caso, en donde la bebida Coca-Cola se convierte en un bonito regalo, colorido, bienintencionado, pero detrás del cual se ocultan nuestras culpas y herencias postcoloniales. La evangelización, la escolarización, la estandarización lingüística y la cocacolización, son, desde esta óptica, la misma cosa todas.

Con este ejemplo queremos asentar la premisa de que si reconocemos el hecho de que nuestras buenas intenciones científicas, neutrales, objetivas, desinteresadas, son en realidad parte de un programa político de investigación que ha sido diseñado según los intereses del lingüista (que necesita de estos sujetos en ocasiones quizás más de lo que estos lo necesitan a él), podremos anticipar una mejor gestión de dichos costos epistemológicos. Constituiría un ejercicio de reflexividad, o de vigilancia epistemológica en términos de Pierre Bourdieu, que al menos nos pondría en guardia contra los riesgos de caer en una construcción de objetos, una descripción y una interpretación de la realidad social alterada, borrada, independientemente de si usamos la religión, la ciencia, la educación, el sistema de escritura, la enseñanza de una lengua o el reparto de Coca-Colas como pretextos desde los cuales encausar nuestro deseo de ayudar y llevar felicidad a los demás. Reconocer la existencia de un proyecto político personal o grupal como uno de los pilares fundamentales de cualquier proceso de investigación, no solo refuerza y renueva nuestro compromiso con la explicación de los fenómenos sociales, y con las causas sociales por las que luchamos a través de ellos, puede además orientar y alumbrar la vereda de esos mismos proyectos políticos.

Pero otros casos como estos, así como las consecuencias de no reconocer el carácter político de nuestro trabajo, no se dan exclusivamente en los acercamientos estructuralistas a la lengua, también pueden presentarse en aquellos que la tratan como un fenómeno social. Un ejemplo de esto mismo discutimos durante el pasado IV Simposio Internacional EDiSo 2019, organizado por la Universidade de Santiago de Compostela, España, en una de las mesas “Porqués y cómos del proyecto glotopolítico de CUNY”, organizada por José del Valle (CUNY), y en la que participaron, además de los autores de este texto, Carmín Quijano (CUNY), y Susana Rodríguez Barcia (UVIGO) como moderadora del panel. La idea presentada, que nació como producto del intercambio de ideas en el interior de nuestro grupo de investigación, giró en torno a algunas representaciones sobre el silencio de los hombres al interior de una interacción académica, y más específicamente hacia el cuestionamiento del lugar común que asume que callarse, estar callado, equivale a estar desempoderado (powerless), y que el estado de silencio es el estado “natural” del sujeto dominado.

A partir de estas ideas, y a partir de esa discusión presentada en Santiago de Compostela, nuestro propósito ahora es revisitar afirmaciones como las anteriores y otros supuestos explicativos sobre la relación lengua-género que tendemos a dar por sentado, a partir de nuestra experiencia personal como académicos que en muchas ocasiones optan por guardar silencio, sin considerar nuestro sexo biológico, ni nuestra identidad de género.

Estas reflexiones sobre si to be quiet is to be powerless surgieron, como dijimos, a partir de actividades académicas realizadas por el grupo de glotopolítica de CUNY, luego de una reunión en la que se señaló el número de participaciones de hombres en reuniones previas como ejemplo de “dominación conversacional”, y su contraste con el menor número de participaciones de mujeres. Ante la presentación de este dato cuantitativo, la reacción inmediata de los hombres en el grupo es la de minimizar su participación guardando silencio. A partir de este escenario, se generan algunas hipótesis que parecen relacionarse más con un proyecto político que con un proyecto explicativo. Las explicaciones (políticas) a la reacción del silencio de los hombres en esta situación particular estuvieron basadas en la idea de que los hombres hablan más que las mujeres y por más tiempo, por el hecho de poseer, ostentar y ejercer unos privilegios masculinos. A partir de este supuesto, el debate y reacciones posteriores abordaron ideas como:

  1. Que ese silencio masculino contribuyó a reajustar los roles de género y el reparto de poder entre ellos al interior del grupo.

  2. Que ese silencio mostraba la colaboración y la comprensión de los hombres en las luchas femeninas, al menos por esa ocasión.

  3. Que ese silencio representaba un momento de culpa o, al menos, de reflexión introspectiva.

  4. Que gracias a esos registros cuantitativos se les había revelado a estos hombres una verdad que desconocían sobre sí mismos, y que, por muy inclusivos e igualitarios que se consideraran a sí mismos, sus privilegios masculinos se les habían puesto de frente, y ahora eran capaces de verlos por primera vez.

  5. Que más que un reconocimiento a la igualdad de voces, ese silencio hablaba de una venia condescendiente que los hombres otorgaron a las mujeres.

  6. Que los hombres se sintieron atacados, señalados, inspeccionados, acaso indignados, y que su silencio era una expresión de indignación que saboteó el debate dejándolo sin su contraparte masculina.

  7. Que por estas y otras razones que obedecen exclusivamente a la categoría género, los hombres se quedaron callados en ese momento.

La pregunta de ¿por qué guardaron silencio los hombres?, no obstante, quedó sin una respuesta clara, explicitada. Esa pregunta sin respuesta es la que queremos regresar aquí.

¿Pero, para qué?

No nos interesa someter a examen si estas apreciaciones enumeradas y otras posibles sobre este silencio de los hombres en esa interacción se verifican como verdaderas o falsas, lo que a nuestro parecer resulta mucho más interesante, y quizás de mayor interés también desde una mirada glotopolítica (Del Valle, 2007; 2017), es observar las representaciones del silencio que se proyectan a partir de estos siete enunciados, para poder mostrar justamente algunos de los costos y retos que plantean al trabajo intelectual. Entre estos costos aparecen los casos de borradura ideológica (Irvine & Gal, 2000), que hacen desaparecer esas “consecuencias secundarias” del trabajo analítico, precisamente porque la causa política (darle un valor de peso a la voz de las mujeres) resulta más importante, más relevante, más urgente, y por lo tanto más visible.

Esta focalización en la causa política, en este caso la lucha feminista, como sucedería con cualquier otra lucha por la igualdad, sin duda, es el interés central detrás de esas explicaciones ubicadas en la relación lengua-género. Pero la prominencia de ese interés central no significa que el identificar las borraduras colaterales que son efecto de estas explicaciones deje de ser una tarea importante y pendiente también. Identificarlas es relevante, en principio, debido a que es a partir de ellas que podemos orientar, planificar, encaminar, reforzar y en su caso enderezar las acciones de esos programas políticos y sus agendas de investigación.

Aunque estas hipótesis aparentan ser expresiones ubicadas en el ámbito de la explicación sociolingüística, son también expresiones que se mueven en el ámbito de lo político – del mismo modo en que lo son la lucha por la reivindicación de derechos lingüísticos de hablantes de una lengua minorizada o las luchas por la igualdad de las mujeres en cualquier sociedad. De modo tal, un enfoque glotopolítico nos ayuda a reubicar estos enunciados, estos discursos, y a apreciarlos con relación a esas causas políticas, alineadas con proyectos de investigación personales o de grupo.

¿Y para qué visibilizar los procesos ideológicos de borradura? Esta mirada es importante porque nos permite traer al frente de la producción de conocimientos y de la manera en la que nos relacionamos con dicha producción de conocimientos, los usos que podemos hacer de esos enunciados explicativos, unos más “científicos” que otros, en función de determinadas metas. No nos referimos con esto al “valor de verdad” de dichos enunciados, como ya decíamos, ni mucho menos a la validez de la causa o causas que representan. Lo que decimos es que existe tanta evidencia sociolingüística recopilada como para ser usada para defender o sostener cualquier bandera posible, tanta evidencia como para que sea posible encaminarla en dirección que muestre lo que queramos que muestre, y que juegue a favor de nuestros objetivos políticos.

Esta mirada es importante no sólo porque nos permite transparentar y honestabilizar nuestra manera de proceder como parte de un ejercicio de reflexividad, sino porque en última instancia nos permite orientar la lucha, una lucha que requiere conocer y reconocer los pasos que va dando.

A partir de estas ideas ¿qué o cuánto nos cuestan esas conceptualizaciones o representaciones sobre el silencio y el género basadas en posturas deterministas?

Independientemente de la “verdadera” o “verdaderas” razones detrás de esos silencios, consideramos que las representaciones sobre estos dejan, principalmente, dos consecuencias, al menos. La primera es la que resulta de la propia operación de representación: esas siete hipótesis explicativas, al tomar, enmarcar, tratar el silencio de los hombres ya sea como una victoria de las mujeres o como un gesto condescendiente hacia ellas, reproducen la idea de que hablar es bueno, deseable, mejor, esperable, placentero, poderoso, bonito, y que por el contrario callar, estar en silencio, es malo, indeseable, incómodo, feo, raro, inesperado. Ubicados pues en este plano de representaciones, ya no estamos hablando ni de una normatividad lingüística para ser aplicada sobre el código gramatical, fonético u ortográfico, ni de una normatividad comunicativa para ser aplicada sobre lo paralingüístico, creemos que se trata más bien de una normatividad de la conducta, o de la personalidad, motivada y condicionada por las numerosas maneras en las que las personas se relacionan con los sistemas sociales, en especial con el sistema social neoliberal y el capitalismo tardío. En este sistema social, hablar, tener voz (y por supuesto ciertos registros de la voz) se han convertido en un capital.

Es indudable que los hombres han (hemos) heredado mayores facilidades, oportunidades y caminos más accesibles para poder usar la voz y poder hablar más alto, por más tiempo, y en más ocasiones. Sin embargo, el poder asociado a esa voz, a ese tono de voz, y el poder que esa voz posee para ser usada por más tiempo y en mayor número de ocasiones, no es algo que depende exclusivamente del género. Y esta es la segunda consecuencia de las representaciones del silencio enumeradas, a nuestro parecer la más costosa: detrás de ellas parece esconderse la afirmación de que el género es la categoría que determina exclusivamente el uso o no uso de la voz, lo que nos lleva al riesgo de elaborar generalizaciones que ofrecen un retrato sociolingüístico y difuso e impreciso. Una afirmación como esta corre el riesgo de reproducir las lógicas binarias de la lingüística formal, al asociar prácticas discursivas con significados sociales concretos, determinados a priori.

Por lo tanto, instancias de cuantificación de los turnos de habla al interior de un encuentro como en este caso, empleadas para evidenciar dinámicas de género desiguales o injustas, deben ser matizadas. Tener y usar la voz (oral o escrita) es tener poder, y coincidimos con la idea de que quienes más la usan son en efecto los hombres, ya sea porque estructuralmente (socialmente) obtienen mayores oportunidades para hacerlo, o porque cuando éstas no están, ellos suelen modificar o crear las condiciones externas de modo que les resulten favorables, y si esto no se consigue, con mucha mayor facilidad pueden poner en marcha estrategias, aprendidas o heredadas por y gracias a ese mandato masculino del que ha hablado Rita Segato, con las que pueden abrirse paso y terminar ejerciendo poder. Esto no lo dudamos. Pero tampoco dudamos que sea algo que hacen exclusivamente los hombres, ni exclusivamente el género masculino, ni el heterosexual “prototípico”. En un nivel u otro, todos somos capaces de hacer extinguir la voz propia, o hacer extinguir la de otros.

Por esto dudamos que la categoría género sea la única responsable de haber secuestrado la palabra. ¿Por qué? Porque ese sistema social en el que hablar, y en el que ciertas maneras de habla se han constituido en un valor agregado, implica la consideración de otras dimensiones de la vida social. Nos observamos como ejemplo. Luis, aunque hombre que posee y ha heredado esas oportunidades del mandato masculino, no suele tomar la oportunidad de usar la voz, o lo hace en raras ocasiones. El que Luis normalmente se encuentre callado, no significa, sin embargo, que haya dejado de ostentar los privilegios heredados del poder masculino, y que ejerce o puede ejercer en otros contextos y otras dimensiones de la vida pública y privada. Los silencios de algunos hombres, como también los silencios de algunas mujeres, tienen otras motivaciones.

Al interior de interacciones académicas, el poder de usar la voz viene adherido a la adquisición de un habitus que está también íntimamente relacionado con la globalización y la economía y con algunos de los efectos de la privatización de la universidad pública en EU, al menos. Deborah Cameron habla precisamente de una “cultura de la comunicación”, la cual enmarca al interior de sus reflexiones sobre higiene verbal, que se ha desarrollado alrededor del orden económico, una cultura para la que siempre es good to talk, and required.

Cameron (2000) analiza las expectativas que las sociedades modernas tienen de la comunicación, y dice que esta cultura se ha nutrido tanto de una “enterprise culture”, (también referida en el mundo empresarial como “entrepreneurial management”), como de la “ciencia terapéutica”, que parte de tomar los problemas de violencia emocional, psicológica, verbal y sexual de las personas como “problemas de comunicación”, los cuales pueden ser solucionados en la medida en la que mejoremos nuestras “communication skills”. Cameron analiza una serie de materiales, manuales, instructivos, libros, que circulan en el mundo escolar y laboral, que son todos objetos de una higiene verbal orientada a “mejorar” nuestra comunicación para que sea mucho más “asertiva”, “efectiva”, “óptima” y por tanto “mejor”.

Aplicadas a un entorno académico, resultan ilustrativas para el caso las recomendaciones que hace Karen Kelsky en su famoso best-seller The professor is in, para entender muchas conductas lingüísticas y comunicativas al interior de marcos de interacción académica. Se trata de un material diseñado para la reinserción laboral de estudiantes doctorales en el entorno universitario estadunidense, el cual, en ese impulso privatizador, ha adoptado y propiciado esa “cultura del emprendimiento” y esas “habilidades comunicacionales”, como condiciones para que los estudiantes puedan entrar a competir en el mercado laboral. Es decir, se constituyen criterios que han sido aceptados social e institucionalmente para excluir abiertamente a todos aquellos que no cumplen con ellos, a todos aquellos que no encajan en ese modelo normativo de la personalidad, una personalidad que debe abrirse paso en el sistema económico y sus empresas, incluidas sus empresas académicas.

Reflexión

El campo académico y las interacciones que suceden al interior de él son apreciados como espacios de transición identitaria. Los silencios que suceden al interior de un grupo mixto que se reúne y conversa, ya correspondan a silencios de hombres o mujeres, además de estar gobernados por la categoría género, también lo están por esa sensación de subalternidad y sumisión asociados a una identidad profesional en que se encuentra formación, en un contexto neoliberal capitalista que genera condiciones de competencia constante.

Habíamos mencionado dos consecuencias de tratar el silencio según un modelo de correspondencias deterministas o fijistas… queremos integrar un tercer costo epistemológico de tomar como verdaderas las hipótesis explicativas sobre el silencio de los hombres, en especial aquella que toma el silencio de los hombres como si fuera un punto a favor, o un paso dado en beneficio del proyecto político de conseguir condiciones de vida más igualitarias para las mujeres. Si esta es la razón de ese silencio, no consideramos que esos silencios representen una lucha ganada. No creemos que llevar al dominado a un plano de igualdad, pase, o deba pasar por el silencio del agente dominante como condición necesaria para conseguir esa igualdad, porque esto conllevaría a una inversión de papeles. Quizás sea más productivo comenzar a pensar en términos del interés de ese dominante en los proyectos políticos del dominado, el interés por su lengua, en aprenderla y usarla, en hacerla suya también, más que en estudiarla científicamente, o más que simplemente repetirla o replicarla, sin que para esto su voz deba ser extinguida a manera de castigo.

Un auténtico ejercicio de reflexividad nos requiere a todxs, porque al margen de nuestro sexo y nuestra identidad de género somos todxs muy capaces de acaparar el uso de la palabra, sobre todo en el ámbito académico, ya sea como profesor/a o como estudiante, en el que nuestra labor nos lleva a plantear y responder preguntas y apuntar hacia la interpretación de fenómenos, tanto como a someter a debate nuestras respuestas. Cuando esta es la naturaleza de nuestro trabajo, una naturaleza discursiva, resulta imposible no recurrir a la palabra, oral o escrita, y optar por permanecer en silencio. Solo por el hecho de estar en la academia, y solo por el hecho de pertenecer a alguna institución de educación superior, ya somos poseedores de una posición de poder de la que no nos es posible abstraernos, pero que al menos podríamos empezar por reconocer.

Referencias

CAMERON, D. (2000). Good to talk? Londres: SAGE Publications Ltd.

DEL VALLE, J. (2007). “Glotopolítica, ideología y discurso: categorías para el estudio del estatus simbólico del español”. En La lengua, ¿patria común? Frankfurt y Madrid: Vervuert-Iberoamericana. Versión Kindle.

DEL VALLE, J. (2017). “La perspectiva glotopolítica y la normatividad”. En Anuario de Glotopolítica, Núm. 1. Buenos Aires: Editorial Cabiria

IRVINE, J. & GAL, S. (2000). “Language ideology and linguistic differentiation”. En P. V. KROSKRITY (ed.), Regimes of language. Ideologies, polities, and identities. Santa Fe, New Mexico. Oxford: School of American Research Press / James Currey, 35-83.

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