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La discriminación lingüística y el holocausto

elarsenal.net

Por Boris Berenzon Gorn

En el libro de los Proverbios se lee: “muerte y vida están en poder de la lengua” (18, 21). Es a través de ella que construimos el conocimiento colectivo, que nuestras sociedades funcionan en conjunto y que nuestros modelos de organización han podido trascender desde el individuo hasta la comunidad global. Sin embargo, es también a través de ella que se construyen el rechazo, la discriminación y la conceptualización de la guerra. La lengua nos une y también nos separa radicalmente. Mediante la lengua construimos el amor, pero también demeritamos a los otros. En ella nace la cooperación, pero también en ella surge la discriminación lingüística.

La discriminación es una de las formas más antiguas de ejercer la violencia. Como todo constructo histórico, se modifica según el tiempo y el espacio, de manera que puede ser sutil y delicada o más vulgar y palpable, pero en todos los casos no hace otra cosa que quebrantar el tejido social. Se trata de un mecanismo que usan generalmente quienes ostentan el poder. Los caminos de la discriminación son tan amplios como los horizontes de las sociedades y abarcan desde la moral y las costumbres hasta las leyes. En los últimos años, las redes sociales han ayudado mucho a expandir los vientos de odio de la discriminación.

El pueblo judío es una de las muchas comunidades que han sido blanco de persecuciones, muchas veces ejercidas desde aparatos estatales construidos ex profeso para llevar a cabo los peores horrores. Este caso en concreto nos ha dado lecciones históricas y nos ha mostrado que, aunque es verdad que la lengua puede convertirse en un estigma cuando hay persecución, también puede servir como defensa, como una forma de aferrarse a la conexión que mantiene el individuo con su grupo, con sus antepasados y con su propia identidad.

Durante la diáspora, los judíos encontraron en el uso de las lenguas sefardí y yidis una estrategia para evadir la discriminación que existía en contra del hebreo, al tiempo que buscaban una salida para reencontrarse con sus raíces. El yidis tiene sus orígenes en el siglo X, en la región alemana de Renania. Se trata de una lengua estructuralmente germánica, aunque con muchos elementos del hebreo y de lenguas eslavas y romances. Como consecuencia de las migraciones en los siglos XIX y XX, los hablantes de yidis se expandieron por todo el mundo, de manera que, justo antes del holocausto, había alrededor de 11 millones de hablantes en el planeta. El uso del yidis se erigió como una barrera de defensa ante el exterminio. Lo mismo sucedió con el sefardí en varios momentos históricos. Ambas lenguas fueron usadas para proteger a la comunidad, para cohesionarla y defenderla de las acciones y políticas que pretendían marginar al pueblo judío. Esto nos demuestra cómo, a lo largo del tiempo, la lengua ha servido como una forma de proteger la integridad y también de preservar la cultura.

El holocausto trajo el yidis a América Latina, donde funcionó como una extensión del hogar. Solemos no notarlo cuando estamos cerca de la tierra que nos vio nacer y de nuestra familia, pero la lengua es un elemento identitario poderosísimo que nos recuerda constantemente no sólo quiénes somos, sino de quiénes descendemos y quiénes son nuestros hermanos. Por eso resulta tan infame la discriminación lingüística: porque obliga al hablante a que oculte su historia y sus relaciones familiares, a que se avergüence de su pueblo y de quién es él mismo.

A pesar de los problemas sociales que han aquejado a Latinoamérica desde el proceso de colonización, el yidis encontró aquí un espacio que le ha permitido cultivarse y reproducirse. Toda América está de algún modo impregnada de esta lengua, que representó para sus hablantes una forma de reencontrarse después del horror. Los migrantes que, perseguidos por el holocausto, llegaron al Nuevo Mundo hablaban más yidis que hebreo. La continuidad de este idioma es evidente sobre todo en Argentina, donde impregnó incluso las letras de algunos tangos.

Toda proporción guardada, el caso del yidis es semejante al fenómeno lingüístico que tiene lugar en la comunidad chicana. En la frontera entre los Estados Unidos y México —de uno y otro lado—, se ha formado una lengua que mezcla inglés y español, la cual ha servido para enfrentar la discriminación y también ha brindado identidad a sus hablantes. Los chicanos han construido un universo lingüístico que los protege y los hermana, pero no podemos olvidar que todo esto ha sido consecuencia de la discriminación y la marginación.

La humanidad debe aprender a respetar y revalorar las lenguas y culturas ajenas. Muchas lenguas han sido perseguidas, marginadas y utilizadas como pretexto para denostar al otro. Ya se nos hace tarde para atender las recomendaciones del lingüista español Juan Carlos Moreno Cabrera, quien ha insistido en que la dignidad y la igualdad de las lenguas son necesarias para la buena salud de la democracia y las sociedades.

Manchamanteles

Además de la violencia que implica, la discriminación lingüística es una muestra de retraso cultural, de barbarie. No es extraño que las épocas más luminosas de la humanidad se hayan distinguido por su tolerancia, que ha permitido el contacto entre lenguas y el ejercicio de la traducción. Sirvan como ejemplo la Alejandría helenística —cuando los griegos se interesaron en traducir a la koiné todo lo que caía en sus manos; por ejemplo, el libro sagrado de los hebreos, lo que dio como resultado la Biblia que es conocida como Septuaginta o de los Setenta—, o algunas cortes europeas durante el Renacimiento —donde los humanistas, sin apartarse del latín ni del griego, comenzaron el estudio sistemático de las lenguas modernas. El espíritu tolerante y erudito del humanismo llegó también a México, de la mano de fray Bernardino de Sahagún, quien fue uno de los más animosos promotores del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, una importantísima escuela de traductores indios. En una época dominada por bárbaros como Donald Trump, quien desde los medios masivos de comunicación anima a la intolerancia y la xenofobia, vale la pena reflexionar sobre los más altos valores de la humanidad. Es momento oportuno, por lo tanto, para leer o releer Después de Babel, una obra clásica de George Steiner sobre la historia del lenguaje y la traducción.

Narciso el Obsceno

El lenguaje del narcisismo está siempre en la voz del yo: “yo hice, yo puedo, yo tengo…”. Ad infinitum… Es un lenguaje solipsista y aburrido, pues no da espacio al otro. ¿Curioso o perverso? En todo caso, desconcertante, porque la base de la comunicación es tener lazos con los otros. La voz del yo, entonces, deja de ser latente para ser patente, sin armonía.

 

 

 

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