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¿Mal uso del idioma o mala educación?

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Por María Luisa García Moreno

Siempre ha constituido una preocupación la forma en que se expresan los más jóvenes, pues, con esa rebeldía natural que los caracteriza, imponen siempre un modo sui generis de comunicarse, un tanto irreverente y desperjuiciado. En situaciones informales de comunicación —fiestas, paseos, reuniones, recesos…— comparten con sus iguales y para ello utilizan una especie de jerga. No es que los jóvenes, por el hecho de serlo, traten de diferenciar su lengua de la común; es que ellos son diferentes y esa jerga responde a necesidades comunicativas propias de su edad.

Por supuesto, también emplean una lengua estándar o común para comunicarse con sus familiares, vecinos, maestros…, con los adultos, en general. Y, ¡claro!, como tienen menos experiencias vitales y han tenido menos oportunidades para desarrollar su competencia comunicativa, su forma de expresarse es menos desarrollada que la del adulto, o más pobre, como acostumbran a criticar estos.

Sin embargo, hay algo que nadie puede discutirles y es la originalidad de su forma de hablar; así cuando un joven expresa que el ejercicio, actividad o prueba fue un chícharo (o un quilo) intenta manifestar que estaba muy difícil, y si afirma que va a ir a la re quiere decir que va a revalorizar alguna asignatura. Porque además —es bueno precisarlo— nos estamos refiriendo a un lenguaje coloquial, conversacional… Los más jóvenes acostumbran a jugar con las palabras, utilizar sus propias abreviaturas, dar nueva vida a términos en desuso y, a veces, conferirles nuevas acepciones. Así, resulta un elogio afirmar que algún muchacho o muchacha es un mango.

Resulta normal que poco a poco, los jóvenes vayan incrementando su caudal léxico y empleando estructuras idiomáticas cada vez más complejas. Y entonces, el ciclo comienza otra vez: nuevas generaciones adoptarán una jerga juvenil y los jóvenes de ayer —hoy adultos— los criticarán… Así es la vida.

Pero no debemos confundir la calidad en el uso del idioma, incluso la jerga juvenil, con la mala educación formal que muestran algunos. Las vulgaridades y las llamadas “malas palabras” —y digo “llamadas” porque no hay palabras buenas ni malas, todo está en el uso que se les dé— cuando se emplean, digamos, en una obra de teatro, en un relato… contribuyen a dar una cierta expresividad al texto; pero cuando las oímos en cualquier lugar —la guagua, la parada, el cine…— en boca, por lo general, de jovencitos y jovencitas, constituyen una agresión…, son una manifestación de la violencia social a través del lenguaje.

La lengua que hablamos —ha reiterado en más de una ocasión la Dra. Nuria Grégori, directora del Instituto de Literatura y Lingüística— es un hecho social; a través de ella expresamos quiénes somos, qué pensamos, qué sentimos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. La Revolución ha trabajado durante toda su existencia por elevar el nivel cultural de la sociedad y podemos afirmar con orgullo que nuestro pueblo compite entre los que más saberes acumulan; pero la verdadera cultura incluye la educación formal y, por supuesto, el uso del idioma. Por tanto, aún queda mucho camino por recorrer…

Los problemas de educación, o mejor, de mala educación, que enfrentamos hoy —y no solo por parte de los más jóvenes— también se expresan a través del lenguaje.

 

 

 

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