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Ignacio Parra: Lenguaje y política

En la era de las redes sociales, el lenguaje se ha convertido en una herramienta extremadamente poderosa y, utilizada de forma perniciosa además, puede convertirse en un arma de destrucción masiva.

 

ellibero.cl

Por Ignacio Parra

«La degradación de la política comienza por la degradación del lenguaje», decía el autor de “Rebelión en la Granja”, George Orwell. Tenía un punto si consideramos que el lenguaje es la estructura, la obra gruesa, sobre la cual descansa el pensamiento y que ha permitido que el Homo Sapiens Sapiens se diferencie de otras clases de mamíferos al punto de escribir constituciones, desarrollar sociedades complejas, pilotear aviones y llegar al espacio. Sin lenguaje no hay ideas, sin ideas no hay política. El riesgo estriba, sin embargo, en que si se vicia el lenguaje, se vicia la política, y si se vicia la política, se deteriora la democracia.

¿Cuál es la importancia de toda esta palabrería hoy? Mucha. Durante los últimos años, y especialmente días, hemos asistido a un espectáculo sin precedentes de degradación del lenguaje político. Hemos observado cómo, por ejemplo, el parlamento se ha convertido en las “cuatro paredes”, las mesas de diálogo en “cocinas”, aquellos que desvían del pensamiento prevaleciente de un sector en “amarillos”, el salto de la institucionalidad en “desobediencia civil” y tantas otras expresiones que resultan formas maniqueas de manipulación lingüística de un peligro considerable para la democracia.

Lo que Orwell advertía intuitivamente ha sido explorado por la neurociencia al punto de desarrollarse toda una rama de investigación sobre lo que se conoce como “programación neurolingüística” y que consiste en el estudio de las conexiones entre lenguaje, pensamiento y comportamiento. Su potencial político ya era reconocido como autores como Antonio Gramsci o Joseph Goebbels, quienes veían en la cultura y el lenguaje una herramienta plástica, instrumental y funcional a sus objetivos políticos. En la era de las redes sociales, el lenguaje se ha convertido en una herramienta extremadamente poderosa y, utilizada de forma perniciosa además, puede convertirse en un arma de destrucción masiva.

Nobleza obliga reconocer que la izquierda ha hecho gala de habilidades envidiables en el manejo del lenguaje y la comprensión de su potencial político a niveles que la derecha ni siquiera remotamente vislumbra. Podría incluso sostenerse hoy que el lenguaje como herramienta política es monopolio de la izquierda. La creación de conceptos simples, ideológicos, y con alto contenido nemotécnico (técnica de aumentar la capacidad de retención de la memoria) ha campeado en su forma de hacer política. Estos pequeños conceptos en apariencia irrelevantes e inofensivos, van formando un acervo ideológico funcional a su agenda y potencialmente peligroso.

Las paredes de Santiago han funcionado como un espejo, una reverberación, un eco del lenguaje que nuestros políticos (principalmente de izquierda) nos han dado.

Cualquiera que revise con detención los rayados hoy presentes en todo Santiago notará mensajes con contenido profundamente político y que no es esperable suponer surgieron de manera espontánea, sino que más bien fueron insertados en el lenguaje ciudadano por grupos políticos.Podrá leer cosas como: “AC”, “Desobediencia Civil”, “el Pueblo”, “Cocina”, “Neoliberalismo”, “Lucro” y tantas otras que tienen una fuerte raigambre ideológica. En ese sentido, las paredes de Santiago han funcionado como un espejo, una reverberación, un eco del lenguaje que nuestros políticos (principalmente de izquierda) nos han dado.

Pero, ¿qué tiene de malo si así fuera? ¿No es ello acaso lo obvio y esperable en política? Pues sí, pero dentro de límites democráticos. Cuando hay conceptos que son construidos en base a componentes falsos, inductivos a error o violentos, tal práctica debe ser profundamente reprochada. Pensemos por un minuto en la “Desobediencia Civil”, concepto que fue acuñado en un sentido muy distinto al original, donde el desobediente pacífico asumía las consecuencias penales de su acto. En Chile, por el contrario, tal concepto fue revestido de un componente violento (llamado a una acción positiva de saltar un torniquete) y además de un componente contra-institucional (no asumir la consecuencia institucional del acto de desobediencia). ¿Era esperable que de tal llamamiento surgiera violencia masiva? No lo sabemos con certeza, pero hay buenas razones para creer que sí.

Otro tanto ocurre con el rótulo de “amarillo”, que básicamente se emplea para identificar a aquellas personas moderadas que están dispuestas a llegar a acuerdos, transar y aceptar la evidencia cuando ésta contraviene su creencia. Este concepto es de una violencia y totalitarismo peligroso, ya que ataca el pensamiento moderado (atribuyéndole una connotación negativa), pero, aún más grave, convierte en pecado el pensamiento disonante, alternativo e individual, fomentando un sistema de pensamiento rígido, monocolor y vertical muy peligroso para la democracia y la libertad. Seguramente los personajes menos amarillos de la historia resultaron ser a la vez, los más peligrosos.

El lenguaje puede disciplinarse sin necesidad de coartar la libre expresión. Basta con la condena política categórica y con tener conciencia al menos del riesgo que cierne frente a nosotros y sus potenciales consecuencias para la democracia.

Ni hablar de otros conceptos como “la cocina” que derechamente ataca la esencia de la democracia representativa, pero que se utiliza con una liviandad preocupante sin recibir una categórica condena pública de la clase política. Además es un concepto utilizado de manera funcional e instrumental a la ideología de turno preferida: habrá cocina cuando nos refiramos a acuerdos en los que “nosotros” no participamos y habrá democracia plena, pura y transparente cuando “nosotros” participemos. El lenguaje va creando comportamiento por lo que –ceteris paribus- el lenguaje antidemocrático va creando comportamiento antidemocrático. Como decía Gandhi, «cuida tus palabras porque se volverán en tus actos».

De más está decir que puede disciplinarse el lenguaje político sin necesidad de coartar la libre expresión.No es necesario leyes mordaza o restricciones de opinión para hacerlo (aunque sería legítima una discusión moderna sobre los límites de la libre expresión a la luz de las nuevas tecnologías). Pero, por ahora, basta con la condena política categórica y con tener conciencia al menos del riesgo que cierne frente a nosotros y sus potenciales consecuencias para la democracia. Pero quizás lo más importante es la auto-contención de los propios políticos. Ellos deben entender que no se puede jugar con el lenguaje como si de un concurso de creatividad en una campaña publicitaria se tratara. Deben entender que hay límites tras los cuales hay un abismo para la democracia.

La diferencia sin embargo entre hoy y 20 años atrás estriba en una cuestión meramente tecnológica: las redes sociales y la era digital funcionan como “amplificadores” del fenómeno. Seguramente en la historia humana nunca había sido tan fácil comunicar tantas ideas de manera tan rápida y masiva. Ello demanda grados adicionales de responsabilidad que no estamos ni por cerca de tener. No cabe duda que las redes sociales evolucionaron a un ritmo explosivo mucho más rápido que nuestra comprensión sobre sus efectos políticos. Si los cambios políticos no parten desde el lenguaje mismo, no veremos cambios en todo lo demás, porque todo lo demás se deriva justamente de aquel, en la secuencia idea-lenguaje-acción.

Para mi pesar, veo que este punto (a pesar de ser de una trascendencia total) no está ni siquiera en discusión. Transita frente a nuestros ojos un gran elefante rosado que no podemos o no queremos ver, pero que si no lo reconocemos, pronto nos aplastará.

 

 

 

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