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¿Poblador o vecino? Cómo el lenguaje nos separa

El lenguaje no es inocuo. Investigadores sociales indican que es una herramienta de distinción y diferenciación social. Detrás de ambas palabras, dicen, se esconde una pregunta clave del estallido social ¿somos o no iguales?

 

latercera.com

Por Paulina Sepúlveda

El punto en que las manifestaciones se suelen desarrollar en Santiago es Plaza Italia. Sin embargo, luego del estallido social, esos lugares han cambiado. Algo que quedó de manifiesto el domingo 24 de noviembre cuando se congregaron personas para manifestarse en el centro comercial Portal La Dehesa, en la comuna de Lo Barnechea.

Lo Barnechea, es la comuna más extensa en cuanto a superficie del Gran Santiago, con 104.439 hectáreas. Es además, una de las comunas con más alto un ingreso autónomo de sus habitantes de $ 1.567.557, según datos Casen 2013. A su vez tiene uno de los mayores porcentajes de población en situación de pobreza por ingreso de las comunas del sector oriente con 4,21% de su población (Las Condes 1,32% y Vitacura 0,28%).

En la manifestación del 24 de noviembre y otras de días posteriores en el mismo lugar, lo que partió pacíficamente, se transformó en un espacio en que quienes compraban en ese mall se mostraron molestos, e indicaron frases como “vayan a trabajar”, “váyanse de acá”, “quieren todo gratis”, “váyanse, rotos” y “ándate a tu población”.

El lenguaje no es inocuo. Y en este caso, dice María Luisa Méndez, académica de la Universidad Católica e investigadora principal de Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (Coes), muestra cómo la desigualdad, en un sentido más amplio, incluye varias dimensiones, desde distribución de recursos, “pero también involucra marcos normativos que permiten acumular o no estos recursos valorados”, dice. “Emparejado con ello, hay un componente simbólico o cultural, que contribuye a reafirmar la legitimidad de ciertas dimensiones, que es el lenguaje con un componente simbólico muy fuerte y se legitima y se acepta”.

Los habitantes de comunas de altos ingresos es “vecino” y vive en condominios. Los habitantes de comunas de ingresos más bajo es “poblador” y vive en poblaciones. Sutilezas del lenguaje que tienen un trasfondo, dicen investigaciones. Aspectos que también quedan en evidencia, en un fenómeno como la migración que en el caso de nacionalidades como haitiana o dominicana, eres un inmigrante, pero si son de países europeos, se es extranjero.

¿Hoy se cuestionan? Para Méndez, todo lo que ha ocurrido luego del estallido social, ha mostrado que esa legitimidad se ponen en tela de juicio y estallan las categorías simbólicas. “Efectivamente lo que pasó en La Dehesa refleja el clasismo arraigado”, dice la investigadora del Coes.

Pero lo más interesante, agrega, “es que el ‘roteo’ deja de tener la misma potencia que pudo haber tenido décadas atrás, se viene debilitando progresivamente por el desplazamiento y ocupación de sectores exclusivos, que por una manifestación ciudadana hace estallar esa barrera explicita”.

Al desplazarse la reivindicación, explica, a un espacio que operaba como de separación, “se debilita este mecanismo de distinción, lo hace menos eficaz. El sector que se incomoda con esta irrupción intenta usar esas etiquetas, pero que ahora no tendrían esa eficacia, para ciertos sectores esas distinciones no importa tanto porque el régimen de desigualdad está crujiendo”, sostiene la investigadora.

Clasismo

Tanto en Chile como en Latinoamérica se asume la existencia del clasismo. Pero se ha estudiado poco o nada por las ciencias sociales, explica Javier Ruiz-Tagle, investigador del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (Cedeus) y académico del Instituto de Estudios Urbanos UC. El clasismo, agrega, es un sistema de mecanismos simbólicos para definir pertenencia a grupos, bordes y distancias sociales. “Y el lenguaje es uno de los principales mecanismos simbólicos”.

En el caso de hablar de “pobladores” para habitantes de clase baja, y de “vecinos” para habitantes de clase media o alta, señala Ruiz-Tagle, se está haciendo el punto específico de que los “pobladores” no solo viven en contigüidad (que es la definición básica de “vecinos”), sino que pertenecen a lo que en Chile significa un conjunto de vivienda social subsidiada por el Estado (una “población”) o una antigua toma de terreno. “En otros países, ‘población’ sólo refiere a un conjunto de personas que habitan en un determinado lugar”, sostiene.

El uso de ese lenguaje, es además, es una imposición externa. “Los ‘vecinos’ de una población no piden que se les llame ‘pobladores’, sino que son los medios de comunicación los que frecuentemente emplean esos epítetos. En resumen, la palabra ‘pobladores’ se ocupa para situar en un territorio socioeconómico específico a las personas a las que se hace referencia, de modo de resaltar su situación y de diferenciarlas del resto”, indica Ruiz-Tagle.

Emmanuelle Barozet, académica del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile e investigadora COES, indica que en la historia de Chile, “pobladores” se refiere más bien en términos políticos al movimiento de las personas que ocuparon terrenos frente al déficit habitacional en las ciudades en el siglo XX. Ello se debe al aumento demográfico del siglo pasado y el movimiento masivo desde el campo a la ciudad, lo que generó una presión sobre el suelo en las zonas urbanas. “Tiende por lo tanto a definir a los habitantes de las zonas más pobres, menos previstas de servicios sociales. Corresponde a habitantes de las partes periféricas de las ciudades, desde situaciones de vida en campamento hasta viviendas sociales”, aclara.

“Vecinos”, en cambio, dice Barozet, sería un término menos politizado, más neutro y remite más a una relación al barrio y la relación entre personas. “También tienen menos relación con zonas urbanas específicas, pues se usa el término ‘vecinos’ en barrios de clase media y alta para referirse a quienes comparten el barrio, al igual que en los sectores populares. Hoy existen movimientos de ‘vecinos’ – movilizados políticamente – para obtener mejoras urbanas o de seguridad en su barrio, protección del patrimonio, “pero no tiene la connotación política, histórica y económica centrada en los más pobres que se encuentra en el término ‘pobladores’”, acota la investigadora.

El lenguaje vive entre quienes lo usan y se apropian de él, señala Ruiz-Tagle. Y en un contexto de políticas focalizadas y escasa protección social, el Estado establece separaciones drásticas entre pobres y clase media, en base a ser beneficiarios o no beneficiarios de subsidios en vivienda, salud, educación, pensiones, etc. Aclara, que esas barreras crean resentimientos y divisiones que luego se vuelcan al lenguaje.

“Sin embargo, el estallido social efectivamente ha unido demandas de casi el 90% de la población del país, que según los economistas viven en un contexto de vulnerabilidad social: esto es, con posibilidades latentes de caer en la pobreza (no sólo pobres, sino toda la clase media)”, aclara. De ahí que el apoyo al movimiento ronde el 85%”, dice Ruiz-Tagle. En ese contexto entonces, se podría esperar que pierda validez el apelar a “pobladores”, para referirse a las clases bajas, y a “vecinos” para referirse a clases medias.

En medio de todos los cambios, la categoría de “poblador” puede ser resignificada, indica Méndez, por aquellas posiciones que están defendiendo una distribución más igualitaria de los recursos, “cuando se ve la transversalidad de estas demandas y se reconoce que los procesos de movilidad social ascendente fortalecen solo a un sector, el intento por discriminar pierde eficacia simbólica, lo que ocurre es que nos estamos cuestionando abiertamente en nuestra discusión la naturalización que se ha hecho del vecino y el poblador”.

Sin embargo, dice Ruiz-Tagle, las clases altas no apoyan el movimiento, ni mucho menos sufren los problemas que han llevado a las demandas de éste. Por el contrario, destaca, “ven en el movimiento a un grupo de ‘flojos’ que ‘quieren todo gratis’, como se evidenció en los videos captados en el mall Portal La Dehesa. Y en ese contexto, su mejor arma de distinción y diferenciación es el lenguaje, diciéndoles a los manifestantes que tienen que volver ‘a su población’, y denotando claramente con eso que ningún ‘vecino’ de La Dehesa podría ser parte de ese grupo de manifestantes”.

El académico UC agrega que para la elite de Chile, el ‘estallido social’ es una amenaza a su estilo de vida. “Una amenaza por las probables reformas que emerjan de las transformaciones que se exigen, y una amenaza por ver que las protestas han llegado a lugares que antes se pensaban impolutos y sagrados. Si se fueron a vivir tan lejos del centro de Santiago, fue entre otras razones, para estar lo más alejado posible de cualquier perturbación del orden y la seguridad, y en este caso, de aquellas manifestaciones que los apuntan a ellos como los privilegiados que han gozado ilegítimamente de un crecimiento económico altamente desigual”.

Barozet, agrega, que esos términos no han perdido significación o validez. Antes del estallido, usábamos términos eufemísticos para referirnos a la segregación social, a las jerarquías sociales, a las diferencias entre clases sociales. El estallido, dice, nos obliga a todos y todas a repensar nuestra posición en la sociedad chilena y también la posición de los demás.

El altercado en el Mall la Dehesa muestra las diferencias de uso de las palabras. Para el poblador o la pobladora, definirse como tal es una reivindicación de lucha y dignidad, dice Barozet. “Cuando lo usa un habitante de los barrios privilegiados, con el rosario de otros términos que escuchamos usados como insultos, remite a un desprecio social hacia personas de sectores más bajos que se ‘atreven’ a mezclarse en espacios que la elite no quiere compartir. Como bien se señaló en base a este episodio, ello refleja un clasismo fuertemente anclado en la sociedad chilena. Recordemos que el valor de la igualdad es compartido en un espacio limitado de la sociedad, pero algunos grupos nunca la han considerado como uno de los valores centrales de la convivencia social en Chile. Es parte de lo que está en juego en el uso de estas palabras: ¿somos o no iguales?”, cuestiona.

 

 

 

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