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Lo raro es vivir

El Desconcierto

La situación tan inaudita que estamos viviendo ahora, y que nos hace temer más lo invisible que lo visible, tiene también su propia narrativa y, por ende, su propia realidad. Por lo que he podido observar hasta ahora, dicha narratividad es tan global como la pandemia misma. Independientemente de países y culturas hay un lenguaje, casi común, para describir esta “amenaza”. Se trata de un lenguaje muy bélico – se habla de la guerra contra el virus, de la “primera línea” para referirse a los médicos, sanitarios y personal de hospitales, pero también de lucha juntos y de victoria.

El poder del lenguaje para crear realidades es innegable – de eso sabemos mucho las que nos dedicamos a la filosofía. Las narraciones con las que acompañamos y damos cuenta de nuestras acciones, los cuentos de los que vivimos y con los que configuramos nuestra identidad, tanto individual como social, son fundamentales para experimentar y compartir eso que llamamos realidad con mayúscula. Una realidad a la que cada uno de los seres humanos añade un nuevo color, un nuevo dibujo que se entreteje con el resto de hilos bordados.

La situación tan inaudita que estamos viviendo ahora, y que nos hace temer más lo invisible que lo visible, tiene también su propia narrativa y, por ende, su propia realidad. Por lo que he podido observar hasta ahora, dicha narratividad es tan global como la pandemia misma. Independientemente de países y culturas hay un lenguaje, casi común, para describir esta “amenaza”. Se trata de un lenguaje muy bélico – se habla de la guerra contra el virus, de la “primera línea” para referirse a los médicos, sanitarios y personal de hospitales, pero también de lucha juntos y de victoria. En este sentido me llamó la atención como uno de los militares que forma parte del comité técnico permanente creado en España ante la crisis del COVID 19, explicaba cuáles eran las actitudes necesarias para salir de esta crisis. Esas actitudes correspondían a las que se espera de un buen soldado: disciplina, obediencia, espíritu de sacrifico y servicio, pero sobre todo, el convencimiento de ganar, es decir el “venceremos”.

Todo este lenguaje – cuyos efectos positivos en cuanto a animar y solidarizar lo hacen sin duda justificable en estos momentos – delata, sin embargo, una resistencia a aceptar la fragilidad, la inseguridad así como la incertidumbre que acompaña cada vida. Una resistencia que la mentalidad capitalista del progreso, el consumismo exacerbado y ese sueño neoliberal de que cada una de nosotras puede reinventarse hasta el infinito, han alimentado hasta hacerla crecer robustamente. Ahora la burbuja del sueño se rompe y nos damos cuenta de que en realidad Lo raro es vivir, para decirlo con el título de una de las últimas novelas de Carmen Martín Gaite. Y esa ‘rareza’ convertida en extrañeza – incluso en asombro, si me apuran – puede ser una gran oportunidad, también para quien se niega a creer que una situación así puede tener algún sentido o traer algún cambio positivo.

El tiempo nos mostrará si nuestras vidas conjuntas van a cambiar y hasta qué punto. Es inútil discutirlo ahora, sobre todo porque caeríamos en el peligro de anular este momento de incertidumbre buscando de nuevo certezas o acomodándonos en un sano escepticismo. Más bien creo que es el momento de mantenerse en la cuerda floja de la inseguridad, de sentir el vértigo de la altura y el miedo al abismo. Al menos por unos instantes. Quizá sea el momento, no de firmar la paz con el virus, pero sí de aceptar que es un organismo vivo que, debido a nuestra propia manipulación de la naturaleza, ha encontrado una llave para colarse no solo en nuestro cuerpo, sino también en nuestro mundo humano. No pretendo ir tan lejos como para creer – como se comenta por ahí – que se trate de una venganza de la naturaleza, pero sí hay que concederle que nos ha puesto frente a un espejo que nos refleja lo precioso de la vida, su fragilidad y su carácter excepcional. El estado de excepción ha vuelto, pues, a nuestras vidas, y quién sabe si bien dosificado, no puede llevarnos a cuidarlas y apreciarlas más.

Por María Isabel Peña Aguado

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