Reseñas

“¿Llegaremos a tener un idioma propio?”

Reseña sobre La lengua argentina. Una encuesta del diario Crítica (1927)

Juan Ennis, Lucila Santomero, Guillermo Toscano y García (editores). Federico Ruvituso (dibujos).

Santa Fe: Vera Cartonera, Universidad Nacional del Litoral, 2020.

Por Laura Sesnich (UNLP/UNPA)

“¿Llegaremos a tener un idioma propio?” es la pregunta que motiva la encuesta que hace casi un siglo el diario Crítica propuso responder, y que aparece hoy reunida en formato digital en la colección “La lengua en cuestión” de la editorial Vera Cartonera de la Universidad Nacional del Litoral. El libro está compuesto por un bloque principal que contiene las dieciséis respuestas a la encuesta junto con el balance final de Crítica, al que sigue una continuación tardía de la encuesta, que les editores han denominado coda, en la que se incluye una respuesta del diario a un artículo de Américo Castro sobre la temática de la encuesta y una intervención de Amado Alonso, recién llegado a Buenos Aires. A esto se suman el estudio preliminar de los investigadores Juan Ennis y Guillermo Toscano y García y, lo que seguramente sea a primera vista lo más llamativo del libro, las ilustraciones de los encuestados por parte del artista Federico Ruvituso, basadas en los retratos originales que acompañaron sus respuestas en Crítica. Estas reversiones de los retratos, realizadas con una técnica que emula los excesos de tinta propios de las imágenes de los periódicos de la época, representan así una forma de recuperar en la digitalidad algo de la particularidad física y material del archivo, con lo que la publicación nos acerca no solo el contenido de la encuesta, sino también la memoria de su formato original en papel.

Por su parte, la encuesta en sí misma nos trae el pulso de un presente en que la pregunta por la lengua nacional vuelve a emerger en los debates intelectuales a la luz de un contexto que ya no es el de entresiglos que inspiró el libro de Abeille, sino uno conformado por elementos novedosos como los movimientos vanguardistas o la democracia de masas; que conviven con otros no tan novedosos, como el mutilingüismo derivado de las oleadas inmigratorias de décadas anteriores.

Volver a esta encuesta hoy resulta interesante y útil por al menos dos razones. Por un lado, porque es sintomática de un momento de profesionalización del campo disciplinar. Su valor en este sentido radica no solo en lo que dicen los encuestados en sus respuestas, sino sobre todo, en el formato que asume el debate: la encuesta misma (y esto se encargan de resaltarlo los autores del estudio preliminar) da cuenta de la ausencia de una autoridad legitimada que pueda saldar la discusión, dado que implica que la pregunta todavía es susceptible de ser abordada por múltiples voces. Si se tiene en cuenta que el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires llevaba algunos años en funcionamiento para ese momento, la encuesta viene a dar testimonio de la convivencia entre la puesta en funcionamiento de una institución que supone (a la vez que construye) la profesionalización disciplinar y todas aquellas formas y voces que pertenecen a otros modos de intervenir en el espacio del debate sobre la lengua.

En este sentido, es interesante pensar las dieciséis respuestas a la encuesta en contrapunto con sus adiciones posteriores (la coda), especialmente la de Amado Alonso, quien será, a partir de su nombramiento al frente del Instituto de Filología justamente ese año, quien organice definitivamente y dé un verdadero impulso a la institución, y con ella, a lo que se considerará el saber legítimo sobre la filología y la lingüística en Argentina. La encuesta se retoma o, podríamos decir, “reabre”, para incluir (además de la mencionada nota editorial de Crítica en relación a un artículo de Américo Castro) la opinión de Alonso, que parece estar justificada precisamente a raíz de la pertenencia institucional con la que se lo presenta: “Contratado por la Facultad de Filosofía y Letras para dirigir el Instituto de Filología, ha llegado recientemente a Buenos Aires el profesor español Amado Alonso”. En este cruce entre las dieciséis respuestas iniciales y la inclusión posterior de la opinión de Alonso en su carácter de director del Instituto, sobrevuela la tensión entre lo que les autores llaman “el criterio de la mayoría” y el “criterio de la ciencia”, representado por Alonso, y que convierte a esta encuesta en un testimonio valioso de la forma en que convivían los saberes sobre la lengua en el momento mismo en que la lingüística se estaba conformando como campo científico en Argentina.

Por otro lado, la encuesta es relevante también porque muestra la diversidad del abanico de cuestiones que, desde distintas áreas de procedencia, y a veces con valoraciones opuestas, cada uno de los encuestados aporta al debate sobre la lengua nacional en los años ‘20. Una de las más importantes y que está presente en la mayoría de las respuestas es, por supuesto, la del lunfardo, que los encuestados rechazan en forma casi unánime, con las únicas excepciones de Last Reason y Alberto Nin Frías. La existencia misma del lunfardo pone en entredicho el anhelo de una lengua homogénea, y en este sentido el rol del sistema educativo en materia de uniformidad lingüística es otro de los elementos que aparecen en el debate, puesto que no siempre se percibe en sintonía con ese objetivo de estandarización. Mientras para varios de los encuestados la escuela es la garante de la formación en la variedad de lengua aceptada como legítima (Manuel Gálvez, Enrique García Velloso), para otros es, por el contrario, precisamente el lugar desde donde se difunde el “habla callejera” a causa del alumnado lingüísticamente diverso que en ella converge (Félix Lima).

Otras respuestas a la encuesta aportan al debate por el idioma propio la pregunta por las lenguas originarias, al plantear la posibilidad de que una lengua como el quechua o el guaraní pudiera ser la lengua nacional de Argentina. Si bien esta hipótesis es descartada inmediatamente por quienes la sugieren (Víctor Mercante, Roberto Payró), el planteo mismo no deja de ser interesante, al igual que el hecho de que se las mencione como lenguas prácticamente muertas, en un grato contraste con la vitalidad con la que cuentan actualmente.

La inconveniencia de tener un idioma diferenciado del castellano por razones comerciales es otra de las cuestiones que aparecen en la encuesta. Ricardo Rojas afirma que “todos los pueblos que hablan castellano podrán ser mercados para los viajantes de comercio que también lo hablen y lectores en quienes resuene directamente la voz argentina de nuestros filósofos y de nuestros poetas”. También Roberto Payró es explícito en este punto: “El escritor, a su vez, desea dos cosas: primero, hacerse conocer por los suyos y segundo, que sus obras alcancen una gran difusión”. Esta atención a la unidad lingüística hispanoamericana en relación a la circulación de los bienes culturales en términos comerciales está en sintonía con una polémica suscitada ese mismo año, fundamental para delinear el contexto de publicación de esta encuesta: la suscitada por el artículo “Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica” de Guillermo de Torre, que ya Alejandrina Falcón ha minuciosamente caracterizado como una polémica de carácter editorial en relación a la disputa por la primacía de la circulación de bienes culturales en lengua española para el mercado hispanohablante, más que una polémica estrictamente literaria. Claramente, este era un punto central en el debate sobre la lengua, y de ello da cuenta el hecho de que el diario lo reproduzca en la misma página en que publica la intervención de Amado Alonso.

Pero, más allá de estas cuestiones que hemos brevemente reseñado, y las muchas otras que aparecen en la encuesta, el lunfardo es, sin lugar a dudas, el tema que sobrevuela prácticamente toda la encuesta de Crítica. “Llorón y sentimental” (Saldías), “habla del suburbio y del bajo fondo policial” (Rojas), “jerga artificiosa de los ladrones” (Borges), “idioma del delito” (Monner Sans), pero también la forma en que se manifiesta una “sensación intensa de argentinidad” y germen de un futuro idioma de los argentinos (Last Reason, Nin Frías, Félix Lima); el lunfardo y su posibilidad (o imposibilidad) de condensar la representatividad de lo típicamente argentino son para ese momento (y lo seguirán siendo más adelante en las diversas manifestaciones del debate), un elemento casi indisociable de la pregunta por el idioma propio.

En suma, la publicación de esta encuesta de Crítica que nos ofrece Vera Cartonera merece ser celebrada y difundida, no solo porque nos trae esta fotografía valiosa del estado del debate en un momento clave para los estudios lingüísticos, sino además porque tiene el mérito adicional de representar una posibilidad de acceso remoto al archivo, muchas veces complejo para quienes no residen en los grandes centros urbanos en los que suelen concentrarse las bibliotecas que resguardan estos materiales, y más aún en el contexto del año de publicación de este libro, en el que la factibilidad de acceder a la materialidad del archivo ha sido particularmente difícil.

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