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La injusticia lingüística hacia los pueblos originarios

Nota de El mostrador

por Eduardo Labarca 1 marzo, 2021

En los últimos años, la tradicional toma en préstamo de palabras indígenas en forma espontánea ha sido remplazada por la adopción deliberada de términos, giros y formas gramaticales y ortográficas del idioma mapuche en el castellano periodístico, literario, político y académico de Chile. Mientras el Estado ha sido incapaz de reconocer en forma explícita y sin ambages que somos un país plurinacional, los chilenos que exigen la consagración de los derechos de los pueblos originarios en la Constitución y que salen a la calle con la bandera mapuche constituyen una vigorosa corriente en ascenso. Sumadas a los escaños reservados a los pueblos originarios en la Convención Constituyente, las Recomendaciones lingüísticas constituyen un paso esperanzador hacia el impostergable reconocimiento de esos pueblos y su autonomía, y hacia el comienzo de un proceso de rectificación histórica que ha de ser largo y difícil.

El Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio ha divulgado la actualización de sus “Recomendaciones para nombrar y escribir sobre pueblos indígenas y sus lenguas”, cuyo tono de reconocimiento y mano tendida choca con el nuevo intento del Presidente Piñera de abordar con medios militares el histórico conflicto mapuche. En las Recomendaciones, obra de la Subdirección Nacional de Pueblos Originarios, y promulgadas con el logo Gobierno de Chile, se afirma que “no se debe hablar de ‘nuestros’ pueblos originarios”, que es precisamente la expresión paternalista y posesiva que utiliza nuestro Presidente, quien además de referirse a “nuestros pueblos originarios”, se regodea hablando de “nuestros niños”, “nuestras mujeres, “nuestros adultos mayores”, “nuestras familias vulnerables”.

Las Recomendaciones, elaboradas por una institución pública en consulta con los diferentes pueblos indígenas, son un nuevo paso en la sensibilización de la sociedad chilena acerca de dichos pueblos. Pertenecen al ámbito de la superestructura cultural, mientras la política concreta del Gobierno en terreno va por otro lado. Como manifestación del carácter mestizo de nuestra sociedad, el castellano o español que hablamos en Chile está trufado de expresiones de origen mapuche: chuchoca, trutro, mote, merquén, pino, quiltro, chico, malón, pololo, pichintún, laucha, poncho, guata… A ello se suman cientos de nombres de plantas y animales, y una abrumadora toponimia: Huelén, Ñuñoa, Vitacura, Pudahuel, Quilicura, Pichidangui, Curicó, Mulchén, Talcahuano, Temuco, Pucón, Cautín y un largo etcétera.

En los últimos años, la tradicional toma en préstamo de palabras indígenas en forma espontánea ha sido remplazada por la adopción deliberada de términos, giros y formas gramaticales y ortográficas del idioma mapuche en el castellano periodístico, literario, político y académico de Chile. Mientras el Estado ha sido incapaz de reconocer en forma explícita y sin ambages que somos un país plurinacional, los chilenos que exigen la consagración de los derechos de los pueblos originarios en la Constitución y que salen a la calle con la bandera mapuche constituyen una vigorosa corriente en ascenso. Sumadas a los escaños reservados a los pueblos originarios en la Convención Constituyente, las Recomendaciones lingüísticas constituyen un paso esperanzador hacia el impostergable reconocimiento de esos pueblos y su autonomía, y hacia el comienzo de un proceso de rectificación histórica que ha de ser largo y difícil.

A la llegada de los españoles, el idioma mapuche, incluidas sus variantes regionales y dialectales, era ágrafo, vale decir, exclusivamente oral y sin forma alguna de escritura. Durante la Colonia, el jesuita Luis de Valdivia hizo el primer estudio de la “lengua del Reyno de Chile” y más adelante el alemán Bernardo Havestadt, también jesuita, realizó investigaciones que se plasmaron en su libro Chilidugu. Durante la República otros intelectuales venidos de Alemania se zambulleron en el estudio de la lengua “araucana”: el profesor Rodolfo Lenz, que analizó la influencia de esa lengua en el habla popular chilena, y los misioneros capuchinos Félix José de Augusta y Wilheim de Möesbach, el primero, autor de un diccionario araucano, y el segundo, de una gramática. Gracias a su labor y a la de sus continuadores mapuches y chilenos, hoy contamos con estudios cada vez más profundos y variados de dicha lengua.

La influencia de los investigadores alemanes explica que ciertas grafías poco frecuentes en castellano pero abundantes en la escritura germana formen parte consustancial del idioma mapuche escrito. Así sucede con la letra ka (k) y con la doble ve o uve doble (w). Por extensión, en lugar de referirnos por escrito como antes a un “lonco”, jefe mapuche, o a un “huerquén”, el mensajero, está de moda escribir en castellano “lonko” y “werkén”. Cuando la alcaldesa Tohá quiso infructuosamente recuperar el nombre mapuche del cerro Santa Lucía, decidió que en lugar de Huelén, como figura en las crónicas coloniales y en los libros de historia y geografía, debía llamarse Welén, lo que fue calificado de “soberana estupidez” por el poeta Armando Uribe. Con ese criterio, la partícula “hue” que aparece en cientos de nombres geográficos de Chile y que era la sílaba con que los colonizadores y criollos transcribían el fonema que en lengua mapuche significa “lugar”, habría que remplazarla por “we” en todos los topónimos: Tupahue/Tupawe, Peldehue/Peldewe, Dalcahue/Dalkawe, Lanalhue/Lanalwe, Curanilahue/Kuranilawe, Llanquihue/Llankiwe…

Últimamente se ha extendido la costumbre de escribir siempre en el castellano de Chile la palabra “Mapuche” con mayúscula. En francés, inglés y alemán los gentilicios, es decir, los sustantivos que denotan la pertenencia a la nación que habita un territorio determinado, se escriben siempre con mayúscula: un Françaisan American, ein Deutscher. Por el contrario, en castellano los escribimos con minúscula: un francés, un norteamericano, un alemán, un chileno. Las Recomendaciones llaman a respetar la “autodenominación” y, teniendo en cuenta que los diversos pueblos indígenas se identifican a sí mismos por escrito con mayúscula, prescriben que “se debe utilizar el sustantivo ‘pueblo’ antes del nombre propio de cada pueblo, que será escrito con mayúscula”. En consecuencia, las Recomendaciones, dirigidas a quienes escribimos en castellano, nos invitan a poner “pueblo Aymara”, “pueblo Quechua”, “pueblo Coya”, “pueblo Diaguita”, “pueblo Atacameño”, “pueblo Rapa Nui”, “pueblo Kawésqar”, “pueblo Yagán”, “pueblo Tribal Afrodescendiente Chileno”, “pueblo Chango”, “pueblo Mapuche”.

En realidad, estas denominaciones constituyen los nombres propios de esos pueblos como entidad nacional instalada desde tiempos remotos en un territorio, aunque los autores de las Recomendaciones, que actúan bajo el paraguas del Gobierno de Piñera, han tenido el cuidado de mencionarlos solo como “pueblos” y no reconocerles el carácter de “nación”.

Pues bien, así como el pueblo chileno en cuanto entidad territorial, social, política y estatal se llama “Chile” con mayúscula, aciertan en mi opinión las Recomendaciones al usar, en ese caso concreto, las mayúsculas indicadas más arriba, con la reserva de mi parte de que el traslado de la “autodenominación” de otras naciones a nuestro idioma no puede ser automático y generalizado, pues ello nos llevaría al absurdo de decir, por ejemplo, acerca de un partido de fútbol con los ingleses que “la selección chilena juega con la selección de England”. Además, cuando no se trata del nombre propio del pueblo-nación sino de un nombre común o un adjetivo, y dado que en nuestro idioma escribimos “un joven chileno” o “una muchacha chilena”, ¿por qué habríamos de poner en castellano “un joven Mapuche” o “una muchacha Mapuche” con mayúsculas como solemos leer hoy?

Cabe destacar que, a pesar de que en alemán todos los sustantivos se escriben con mayúscula, los estudiosos germanos que fijaron el mapudungun por escrito se ciñeron a la norma castellana y escribieron en “araucano” los nombres comunes con minúscula, reservando la mayúscula para los nombres propios. Además, si al referirnos a un cierto número de individuos en castellano decimos en plural “los jóvenes chilenos”, ¿por qué habríamos de decir “los jóvenes Mapuche” y no “mapuches”? En nuestra lengua –insisto, me refiero al castellano– los plurales de los sustantivos y adjetivos llevan por norma una ese (s) final.

En estos temas no debemos ser demasiado rígidos, pues los idiomas tienen vida, y las influencias y préstamos cruzados entre unos y otros son imprevisibles y siguen los vaivenes de la historia. En España, la lengua de las antiguas Provincias Vascongadas se llamaba “vascuence”, pero al reformarse la Constitución tales provincias se convirtieron en el actual País Vasco o Euskadi y la lengua pasó a llamarse “euskera”, como se la conoce localmente. Del mismo modo, al idioma que antiguamente llamábamos “araucano” y, luego, “mapuche”, hoy le decimos “mapudungun”, “mapudungún” o “mapuzungun”.

Cualquier normativa lingüística, como las citadas Recomendaciones, siempre tendrá un efecto relativo, pues su acogida entre los hablantes y escribientes, que son los verdaderos creadores y dueños del idioma, dependerá del ambiente político, de su divulgación, del peso de quien la emite. Habrá que ver si la palabra “Mapuche”, que últimamente suele aparecer en el castellano de Chile escrita con mayúscula a todo evento, resiste el paso del tiempo o termina perdiendo la mayúscula y castellanizándose de vuelta a la forma con minúscula en que la escribíamos antes.

Como en el pasado, cabe a los especialistas y académicos decir su palabra en la materia: pienso en la poeta mapuche-huilliche Graciela Huinao, miembro de la Academia Chilena de la Lengua, y en la pléyade de intelectuales de los pueblos originarios y del pueblo chileno que han de contribuir a que se delimiten los campos independientes pero en estrecha convivencia de ambas lenguas. Cada nación ejerce soberanía sobre su idioma y a los chilenos no puede molestarnos que en el suyo los miembros de un pueblo originario nos llamen por escrito en plural “Winka” con mayúscula y sin “s” final, así como ellos tienen que acostumbrarse a que al mencionarlos en castellano escribamos “mapuches” con minúscula y “s”.

El debate está abierto. Nos hallamos en un período en que para ser políticamente correctos y tranquilizar nuestra conciencia, a falta de soluciones políticas y de la devolución de lo que les ha sido arrebatado a lo largo de los siglos, existe la tendencia a ofrecer a los pueblos originarios de Chile como premio de consuelo la acogida en nuestro castellano de algunas de sus palabras y construcciones idiomáticas. Nótese que he escrito “pueblos originarios de Chile” y no “pueblos originarios en Chile” que es lo que pretenden las Recomendaciones, pues, por ejemplo, a nadie se le ocurriría decir “pueblos en Europa” en lugar de “pueblos de Europa”. La relación entre el castellano de Chile y el mapudungun y las demás lenguas indígenas ha de desarrollarse sobre la base del respeto de las particularidades y el genio de cada una de ellas.

En el país llamado Chile no debe haber un pueblo ni un idioma que valgan intrínsecamente más que los demás. Mientras esto no se entienda y no se consagre en nuestra Constitución y, lo que es mucho más difícil, mientras no se haga carne en el espíritu de los castellanohablantes de este territorio, el avance representado por las citadas Recomendaciones, aunque significativo, solo tendrá un efecto limitado.

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