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El lenguaje inclusivo, prólogo de una mayor inclusión

The New York Times

Para que las políticas de la inclusión sean efectivas en el mundo, primero tenemos que aceptar en nuestro lenguaje poéticas

BARCELONA — Kate Tempest, estrella británica del spoken word, asumió públicamente su naturaleza no binaria en agosto del año pasado, cuando se convirtió en Kae Tempest. Bajo ese nombre ha publicado Conexión, un ensayo autobiográfico sobre cómo los vínculos creativos pueden “ayudarnos a desarrollar la empatía y establecer una relación más profunda entre nosotres y el mundo”. Con su uso del lenguaje inclusivo —no sexista y no binario— ese libro se une a una incipiente constelación de obras que abren al mismo tiempo una discusión y un camino.

Ambos son necesarios. No creo que importe si estás a favor o en contra del uso cada vez más común de palabras neutras. Lo importante es que nadie olvide que la inclusión sigue pendiente. El lenguaje inclusivo es sobre todo un síntoma: el del malestar compartido por el hecho de que buena parte de la población humana siga estando fuera de toda representación. Y, por tanto, debe ser apoyado y entendido como el prólogo de un proyecto urgente: el de la incorporación de todos aquellos que no son nombrados y que, por extensión, tampoco son incluidos.

Lo dice con precisión Brigitte Vasallo en Lenguaje inclusivo y exclusión de clase: “Lo que hacemos al hablar en femenino, en neutro, duplicando o utilizando cualquier otra fórmula, no es resolver sino mostrar el desasosiego, desnaturalizar, generar ruido, propiciar un desplazamiento, intervenirlo”. Se trata de un zumbido para que no olvidemos, más de setenta años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que aún falta mucho trabajo para que se acabe de cumplir su artículo 2: todas las personas tenemos los mismos derechos y libertades, sea cual sea nuestra condición, orientación u origen.

Para que sean efectivas las políticas de la inclusión, primero tenemos que aceptar en nuestro lenguaje, en nuestros textos, en nuestros libros, poéticas inclusivas. Como ha demostrado el movimiento #BlackLivesMatter, los procesos de descolonización no han concluido ni siquiera en el interior de Estados Unidos. La pandemia está dejando claro que, en el nuevo orden climático, es imprescindible la cooperación global. Y la aceleración tecnológica está abriendo un abismo de desigualdad entre quienes tienen o no acceso a la conexión a la red. En ese conjunto de problemas por resolver, el feminismo está señalando una hoja de ruta que debe ser tenida muy en cuenta en estos momentos de metamorfosis profunda de nuestra realidad.

Las palabras no solo transmiten el pensamiento, también lo moldean y lo transforman. El psicoanálisis —sostiene el filósofo Paul B. Preciado en Yo soy el monstruo que os habla— debe decidir si “continúa trabajando con la antigua epistemología de la diferencia sexual y valida de ese modo el régimen patriarco-colonial que la sustenta”, haciéndose por tanto responsable de su violencia o, en cambio, “se abre a un proceso de crítica política de sus lenguajes y de sus prácticas”. El lenguaje debe reflejar que desde 2010 la Organización Mundial de la Salud defiende que no hay solo dos géneros. Y, por extensión, que ya no son válidos los consensos y los vocabularios académicos del siglo XX. Y que deben refundarse.

En la misma línea se sitúa Inclusiones, el libro más reciente del pensador francés Nicolas Bourriaud, quien sostiene que la oposición al capitalismo global, al pensamiento colonial y al patriarcado “es una sola cosa”. Y defiende una “estética inclusiva que requiera un aprendizaje de la mirada y que surja, finalmente descentrada, en el seno de un universo plurivalente donde se incluya a los no humanos”. Porque se trata de destruir todos los binomios que estructuran la lógica depredadora de Occidente. Escrito durante la pandemia de la COVID-19 y con conciencia de estar interpretando el Antropoceno, parte de la convicción de que nos encontramos en un momento excepcional: “Sucede que los humanos y los no humanos, por primera vez desde la era del Neolítico, se ven forzados a inventar un modo de cooperación”.

En el indoeuropeo, la protolengua que está en los orígenes de los idiomas que hablamos casi la mitad de la humanidad, solo había dos géneros: el de los seres animados y el de los inanimados. En el contexto de la revolución agrícola del Neolítico se volvió importante distinguir idiomáticamente entre quienes podían procrear y quienes no podían hacerlo y, así, nació el género femenino, para señalar lo que más relevancia tenía en el conjunto de lo genérico.

Muchas de las lenguas del mundo no tienen género gramatical, pero sí lo tienen el español, el portugués, el francés, el italiano y el inglés antiguo, que son los idiomas indoeuropeos que dieron forma al imperialismo y a la globalización. De modo que no es descabellado defender cambios en sus inflexiones, para hacerlas más acogedoras y respetuosas, como prólogo de otras transformaciones.

La apertura y el cambio siempre encuentran resistencias. En el caso de nuestro idioma, destaca la oposición al lenguaje inclusivo de la Real Academia Española. No es de extrañar, pues es una institución esencialmente exclusiva: en estos momentos la componen 42 académicos de número, de los cuales solamente siete son mujeres. Ninguna persona trans. Ninguno de sus miembros ha nacido después de la muerte de Francisco Franco.

La literatura, por su naturaleza esencialmente abierta y no académica, tanto si naturaliza el lenguaje inclusivo en su formulación actual como si no lo hace, sí va a ir incorporando —gracias en parte a él— otras poéticas de la inclusión que estén a la altura del mundo porvenir. Con la conciencia de que toda gran transformación empieza con la detección de un problema y los nuevos discursos que provoca esa nueva conciencia.

Al final de su último libro, que elabora una conferencia que Preciado pronunció ante 3500 desconcertados psicoanalistas residentes en Francia, el filósofo trans reclama una mutación del psicoanálisis, para que esté a la altura del “desafío histórico y del cambio de paradigma que estamos experimentando”.

Seguramente no sabremos si es comparable o no con la del Neolítico, pero sí parece obvio que urge que el resto de los lenguajes se sumen a esa mutación. Porque las palabras que usamos todos, todas, todes engendran futuro, que es sinónimo de lenta revolución.

Jorge Carrión (@jorgecarrion21), colaborador regular de The New York Times, es escritor y director del máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Sus últimos libros publicados son Contra Amazon y Lo viral. Es el autor del pódcast Solaris, ensayos sonoros.

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