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“La izquierda sufre de un déficit de reflexión sobre el idioma y su condición política”

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¿Qué tienen en común Cádiz y San Millán de la Cogolla, un pueblo de 200 habitantes en La Rioja? Los dos han declarado su candidatura para hospedar en 2025 el X Congreso Internacional de la Lengua Española. Ambos rivales ya han desvelado sus respectivas campañas publicitarias. Si La Rioja pretende convertirse en “capital digital del español”, Cádiz se presenta con “puente con Latinoamérica”. Todo indica que La Rioja lleva las de ganar.

El Congreso de la Lengua, que ocurre cada tres años, atrae a expertos académicos de todo el mundo, unidos en la noble empresa de avanzar el conocimiento colectivo sobre el idioma español. O, al menos, esa es la línea oficial. El sociolingüista José del Valle se permite cierto escepticismo al respecto. “En esos congresos el conocimiento científico se suele avanzar más bien poco”, afirma. “Lo que de verdad los motiva es el potencial económico para la ciudad que funciona como anfitriona. Y, por supuesto, el potencial propagandístico que tienen para sus organizadores –el Instituto Cervantes, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española– así como para las instituciones políticas y económicas que, a su vez, las financian y apoyan”. Entre ellas figura de forma destacada el Estado español.

José del Valle (Santiago de Compostela, 1964), catedrático en el Centro de Estudios de Posgrado de la City University of New York (CUNY), lleva varias décadas estudiando la interacción entre lengua, política y sociedad, campo que se ha llegado a denominar glotopolítica. A Del Valle le interesa, en particular, las formas en que instituciones normativas como la Real Academia Española se han venido poniendo al servicio de las agendas de los poderes políticos y económicos. Hablamos por videoconferencia a finales de marzo.

El VIII Congreso de la Lengua tuvo lugar en Argentina; el IX será en Perú; el X, en España. ¿Qué sentido tiene celebrar un congreso así en zonas hispanohablantes? No son lugares en los que haga falta promover el uso o aprendizaje del castellano, precisamente.

No, claro que no. Lo que ocurre es que para instituciones como el Instituto Cervantes o las Academias es importantísimo reproducir su autoridad en el ámbito hispanohablante. La lengua española la vamos haciendo todos los días todas las personas que la hablamos. Por tanto, no es natural y para nada inevitable el poder de las instituciones que están explícitamente dedicadas a la gestión del idioma y a la permanente elaboración del ideal de lengua estándar. De hecho, esa autoridad es tan frágil que necesita reproducirse de forma constante. Instituciones como la Real Academia Española y el Cervantes tienen una imperiosa necesidad de estar siempre proyectando una imagen positiva de sí mismas, como buenas y necesarias para la comunidad hispanohablante. Esa es la función verdadera de los Congresos.

¿Siempre ha sido así?

No. Cuando surge la Real Academia Española a principios del siglo XVIII, la posesión de una lengua altamente estandarizada es una condición sine qua non para el ingreso en la modernidad de un Estado nación. El contrato social sólo tiene validez si todos los que lo firman lo entienden de la misma manera –es decir, si está escrito en una lengua altamente codificada, a la cual tienen acceso, al menos teóricamente, todos los que están sometidos a las condiciones del contrato–. La función original de la Academia era fijar ese ideal del estándar y así dotar a la lengua de la apariencia de transparencia semántica. Para finales del siglo XX, esa función prácticamente ha desaparecido porque se trata de una lengua bien vigilada y ya no hay ningún riesgo de que se pueda fragmentar; y esto a pesar de los discursos políticos que pretenden mantener viva esa percepción de peligro en torno al español; sobre todo en Cataluña, por ejemplo.

El caso es que el contexto ha cambiado y en los años 90 se produce una transformación radical de las políticas de gestión de la lengua española. España ya ha ingresado en la Unión Europea y en el sistema de defensa occidental, en la OTAN. En ese momento, se decide movilizar las instituciones de gestión del idioma para promover las necesidades estratégicas del país propias de estas circunstancias. En concreto, esto implica promover a España como el puente o la puerta –siempre se invocan los dos tropos– entre Europa y América Latina y como un valioso activo económico en los mercados globales.

En ese momento, se funda el Instituto Cervantes y la Real Academia Española se transforma. Deja de definirse en función de su lema “limpia, fija y da esplendor” para promover en su lugar la “unidad en la diversidad” como lema de facto de la llamada política panhispánica. La idea es que todo aquel que habla español se perciba como perteneciente a una comunidad unida por vínculos fraternales, en base precisamente a la posesión de esa misma lengua. En otras palabras, ya no se trata de controlar la forma de la lengua, sino de controlar el valor ideológico de la lengua. Un efecto colateral positivo de ese giro es que se pueda emprender una acción normativa más abierta, por ejemplo con respecto a las variedades latinoamericanas. Se parte de la idea de que el español se habla bien en todas partes.

A pesar de esa aparente apertura a Latinoamérica, el esquema no deja de tener un regusto de nostalgia imperial.

Claro, en el fondo es una política lingüística de perfil claramente neocolonial. Como ocurre con casi todas las variantes del panhispanismo, de lo que se trata es de aprovechar el legado colonial para construir una relación privilegiada con las antiguas colonias. Reproduce el paradigma del nacionalismo liberal que se articula a finales del siglo XIX y que cristaliza en la Hispanidad franquista. Ahora bien, después de la Transición se va moldeando la superficie de ese discurso según las necesidades políticas del momento y del color político de quien echa mano de esa matriz discursiva. Pero la manera de concebir la relación de España con América Latina –y la manera de hacerlo a través del idioma– no cambia de manera sustancial. Y, además, es la misma en la derecha y en la izquierda.

En España los intelectuales de izquierda al hablar de la lengua reproducen lo que aprendieron en la escuela, que es lo mismo que aprendieron los de derechas

En efecto, recuerdo mi sorpresa cuando Luis García Montero, el actual director del Cervantes, escribió que “pese a la leyenda negra alimentada por otras civilizaciones siempre más inclinadas al mercantilismo y la piratería, el español supo entenderse desde sus orígenes con otras lenguas”. Me recordó no solo a María Elvira Roca Barea sino al Rey Juan Carlos, quien en su día mantenía que el español “nunca fue lengua de imposición, sino de encuentro”. ¿Cómo se explica la atracción de ese tipo de discurso incluso entre intelectuales de izquierdas?

Bueno, un intelectual por ser de izquierdas no deja de tener una mentalidad colonial. En el fondo lo que ocurre en España es que los intelectuales de izquierda –sean del PSOE o del PC– al hablar de la lengua reproducen lo que aprendieron en la escuela, que es exactamente lo mismo que aprendieron los de derechas. Son todos producto de una sociedad que ha venido perpetuando una concepción a la vez mecánica y cursi de la lengua española; así como una idea simplona y colonial de la relación entre España y América Latina. Por otra parte, la izquierda sufre de un déficit de reflexión sobre el idioma y su condición política. La idea de la lengua como un lugar de encuentro, como fundamento de la convivencia democrática, es la gran trampa ideológica de la modernidad.

Si España fuera un Estado monolingüe tal vez se comprendería. Pero ¿cómo puede haber tanta ingenuidad entre los que se identifican de alguna forma con la misión del Estado? ¿Será verdad lo que mantienen los soberanismos periféricos, que el Estado español tiene un núcleo irremediablemente imperial, gobierne quien lo gobierne?

Tienen razón en la medida en que ese Estado se vincule con la idea de España como nación, en el sentido decimonónico del término, basada en la existencia de una unidad cultural y lingüística. La idea de nación española tiene como uno de sus pilares centrales la colonialidad entendida en sentido amplio. La derecha invoca directamente al imperio, recordado con orgullo. La izquierda se rebela contra el pensamiento imperialista pero no ha dejado de estar asediada por el fantasma del imperio. Sea como sea, la forma de concebir la relación entre las distintas comunidades de España, por un lado, y la relación entre España y América Latina por otro, sigue teniendo visibles elementos coloniales.

¿Es posible pensar la nación española de otra forma?

Claro. De hecho, hay espacios, agrupaciones, conjuntos de personas que están empezando a producir reflexiones –sobre la lengua, la cultura, España y su posición en el mundo– que son ajenas a ese paradigma histórico dentro del cual se ha visto anclada la discusión sobre el estatus de España como nación o nación de naciones. Una prima mía tiene dos hijos que son afromadrileños; los colectivos y los espacios sociales en los que se mueven viven su vida cotidiana con ideas de lo que es España que no tienen absolutamente nada que ver ni con la milonga lacrimógena de las lenguas en peligro, ni con la celebración de las glorias del español.

¿Y en las instituciones?

En los espacios institucionales o lo que podríamos llamar la política en sentido tradicional –sindicatos, partidos políticos, instituciones vinculadas al Gobierno y al Estado– yo no veo que estén surgiendo estas distintas maneras de percibir y de concebir España. Me parece que hace falta mucha más inmigración, y no solo en Madrid sino en Cataluña, en Galicia, en Euskadi y en Murcia. Las alternativas no las veremos articularse políticamente hasta que se produzca una perturbación mucho mayor del orden sociocultural español.

Los soberanismos periféricos llevan tiempo manteniendo que son un caudal de renovación democrática, una alternativa a esa actitud colonial del Estado. ¿Tienen una visión distinta de la relación entre lengua, política y sociedad?

Por un lado, es innegable que los nacionalismos catalán, vasco y gallego han contribuido a mantener vivo en España el debate en torno a la lengua, evitando que se naturalice aún más entre ciertos sectores de la población española ese único relato de la unidad lingüístico-cultural española. Por otro lado, en los discursos de esos nacionalismos también percibo zonas en que se reproducen, en efecto, las mismas formas de concebir la relación entre lengua, cultura y política que vemos a nivel estatal. Hay que recordar que la condición política del catalán o del gallego o del euskera no se manifiesta simplemente en su relación conflictual con el español. También se manifiesta intralingüísticamente. Y si una política lingüística es abrazada por una burguesía en nombre de sus intereses, da igual que promueva el catalán, euskera, gallego o español. Por más que una reivindicación lingüística pueda ser emancipatoria en relación con otra burguesía, no va a atender a las formas de explotación o de perpetuación de la desigualdad que puedan implicar las propias políticas lingüísticas.

Las alternativas no las veremos articularse políticamente hasta que se produzca una perturbación mucho mayor del orden sociocultural español

Volviendo al Congreso de la Lengua, ¿es un fenómeno típicamente español?

Para nada. De la misma forma que otros países tienen instituciones comparables al Cervantes, también se dan congresos similares, organizados por la Alliance Française, el British Council, etc. Es una práctica común de instituciones que emergen en contextos postcoloniales de cara a, por un lado, controlar la lengua como producto valioso en los mercados lingüísticos globales y, por otro, utilizarla como una estrategia simbólica de perpetuación de las relaciones coloniales dentro de una entidad como puede ser la francofonía, la Commonwealth o la comunidad panhispánica.

¿Quién cree que se llevará el premio de 2025, Cádiz o San Millán de la Cogolla?

No lo sé. Pero cuando uno analiza un poco las dos candidaturas, queda claro que la de San Millán de la Cogolla es la oficial. Tiene detrás a la Real Academia Española, la Fundéu, todo el dispositivo de gestión del idioma. Pero es sumamente interesante ver cómo los dos están haciendo su campaña. Cádiz ha vuelto a la metáfora del puente que conecta con América Latina, lo que tiene sentido. Pero el alcalde, Kichi González, también ha hecho algunas afirmaciones atendibles en relación con la utilidad del Congreso no sólo en un sentido económico sino también para reflexionar sobre –creo que dijo– “el lenguaje que estamos construyendo”. Me gustó mucho esa identificación del Congreso con una lengua que está en vías de construcción. Es una idea que abre posibilidades, al menos en el terreno simbólico.

Si Cádiz, el underdog, saliera ganando, ¿qué posibilidad hay de que sobreviva esa visión alternativa en el Congreso de 2025?

Me temo que el peso de las instituciones que están detrás dejaría en los márgenes cualquier reflexión de ese tipo.

Por Sebastiaan Faber

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