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Yo, tú, él… Caníbal

Latfem

JUAN BRANZ julio 10, 2021

Emiliano Martínez amenaza al rival: “mirá que te como” y festeja con la mímesis de la penetración sexual. El paso de futbolistas a depredadores sigue una lógica cultural caníbal aprendida con el temor de quedar por fuera de la norma: que la masculinidad está ligada al sacrificio y la victoria, que muchas violencias son necesarias en la cancha, que ser “puto” o feminizar un gesto corporal en un niño varón indica que será sancionado o marginado de alguna forma. ¿Es posible un contexto en el que no haya que comerse a nadie?

Escribe el investigador de CONICET/UNSAM Juan Branz, ex jugador de fútbol.

1- Hace 7 años, en Natal (Brasil), Luis Suárez (Uruguay) le mordía el hombro a Giorgio Chiellini (Italia), en el marco de la Copa del Mundo Brasil 2014. Hace 24 años, Mike Tyson le arrancaba con sus dientes un pedazo de la oreja derecha a Evander Holyfield en el estadio del MGM de Las Vegas (Estados Unidos). El 6 de julio pasado, en Brasilia, a 2223 kilómetros de Natal, el arquero Emiliano Martínez (Argentina) no intentó morder a nadie, pero advirtió a jugadores colombianos cómo los comería en cada penal que patearan. Lo de Martínez fue simbólico. El lenguaje se anticipa a la acción. La ritualidad de comerse a otro hombre es una ceremonia que, en el fútbol, nos enseñan desde los cinco años. Los elementos que suponen la depredación del rival se agregan a palabras, gestos y prácticas que tienen un solo fin: ganar. Todavía ningún varón futbolista se comió -literalmente- a otro. La simbología que se enmarca en el canibalismo futbolístico tiene sus particularidades.

2-Escenas. “En esta te como crudo”, nos decíamos entre compañeros cuando entrenábamos haciendo “pasadas” (correr 400, 800 o 1000 metros). Eso quería decir que quien enunciaba la deglución suponía que iba a llegar primero al destino o al objetivo pautado en la actividad. Pero comerse “crudo” a alguien requiere de más coraje, por supuesto. No está cocido. Es una puesta en acto en donde el coraje y la valentía de devorar “así como estás” al otro, se podía mostrar al compañero a comerse, y a los compañeros que estarían atentos para certificar la promesa. Nadie se comía a nadie, pero todos aprendíamos que había que comerse a propios y ajenos. Entrenábamos para comernos a los otros en la competencia. Nos enseñaban que las palabras pesan, perturban, molestan, hostigan. Y que si no alcanzan hay que hacerlo de otra manera. Hay que quebrar emocionalmente e intimidar al rival, hay que “sacarlo”. En un córner en contra escuché que un compañero le dijo a un delantero rival “estás así porque tu padrastro te violó, ¿no te das cuenta lo que sos?”. El muchacho del otro equipo se rió. Algunos otros (de los dos equipos) también. Yo me quedé congelado. No porque pensara que eso estaba fuera de lo que habitualmente se diga. Eso, en el marco de la práctica, estaba bien. Era legítimo. No podía imaginar cómo mi compañero habría llegado a pensar esa imagen sobre el delantero. No lo entendí. Con el tiempo comprendí que esas escenas podían codificarse, rápidamente, en expresiones que intimidaran a los rivales de acuerdo a lo que ese compañero asociaba según el color de piel del adversario. A la violación en el núcleo familiar, le precedía “te das cuenta que sos un negro”. Entendí la asociación: lo que se consideraba “negro” se emparentaba con lo “pobre” y, con una velocidad epistémica entrenada, lanzaba esa escena en donde el rival era ubicado en un contexto tan crudo y doloroso. Los entrenadores no nos daban el guión palabra por palabra, pero sí nos enseñaban -por acción u omisión- que eso, como mínimo, no estaba mal. De aprendices nos convertimos en depredadores. Eso sí estaba bien. 

3-Emiliano Martínez lo mira fijo a Yerri Mina y lo amenaza con “Mirá que te como, hermano”. También le dice que lo conoce. Hacía unos días, Mina lo había lesionado en otro partido por las eliminatorias sudamericanas. Es el momento: Martínez sabe que debe recuperar su honor y, además, lograr el objetivo de pasar a la final de la Copa América. Martínez sabe que los micrófonos de ambiente están captando al máximo de sus posibilidades técnicas lo que Mina, el árbitro y él digan. Conoce, como cualquier productor de espectáculos deportivos, cuándo sí y cuándo no. Es ahora. El público argentino, colombiano y global sabrá que si le ataja el penal a Mina, se lo habrá devorado.  Como corresponde. Sabe que -casi- nadie lo sancionará porque todos y todas entendemos que eso es así. Que él llegó con sacrificio a jugar a la selección, a jugar la final y como declaró luego, “sabía que me iba a perder el nacimiento de mi hija y eso me hizo más fuerte”. El sacrificio, en el fútbol, también se entrena: cuanto más duro, más entereza y menos sensibilidad, mejor. Esas expiaciones valen la pena. Tienen el valor positivo que el contexto le otorga. El éxito no está asegurado pero la industria del espectáculo pondera esos sacrificios. Martínez lo sabe. Lo aprendió.

4- Te la puse. Es el gesto de celebración de Martínez al concluir la tanda de penales. Es el festejo y la convalidación de que te comió. Es la mímesis de la penetración sexual. Es lo que aprendimos. También entrenado. Es la mueca y el guiño que nos habilita a festejar que los comimos. Es lo que supimos heredar. Casi nadie pone el ojo ahí, porque meterse en el festejo merecía revisar todo, absolutamente todo lo que hay que revisar. En la transmisión de la TV Pública nadie reparó en la gestualidad del arquero. Al contrario. Ni se dieron cuenta. O sí, pero hay una lógica (aún) que sugiere otro sentido del espectáculo. Todavía no es el momento. Por ahora no la compliquemos… y menos a poco de jugar una final. Pensemos que los formadores de niños y jóvenes varones que comienzan a jugar al fútbol no asumen ni practican una pedagogía crítica de género. Recordemos que, todavía, en la mayoría de los clubes de Argentina ser “puto” o feminizar un gesto corporal o alguna actitud de un niño varón indica que está siendo sancionado y que está por fuera de la norma. No esperemos tanto del periodismo deportivo mainstream (se impostará, en algún momento, porque de espectáculo sabe mucho y de maximizar ganancia, más)

5- Comprender para no indignarnos. La tenemos adentro. Internalizamos símbolos, imágenes y representaciones desde los cinco años. Tenemos la cultura futbolística adentro. Martínez es tan caníbal como nosotros. Desarmar la idea de éxito conectada al sometimiento es una de las tareas urgentes por llevar adelante. A Martínez alguien lo habrá corregido y, siendo optimistas, no lo repetirá. Sería un gran paso. Que el sacrificio no está ligado a la masculinidad y a la victoria, será otra verdad que deberá resquebrajarse. Trabajar sobre los núcleos “duros” que supimos construir como varones futbolistas, sería un triunfo que posibilitaría un contexto donde no haya que comerse a nadie. Pero recordemos que la mayoría de los entrenadores/formadores -aún- consideran (con firmeza, por supuesto) que democratizar el lenguaje es una estupidez. Ni hablar de reflexionar sobre las violencias propias y ajenas. Su función es formar “caníbales de primera”, si no pierden su trabajo. Consideremos que entre cierta porción de periodismo gráfico y audiovisual y los públicos hay un tratado histórico sobre el espectáculo: es a los gritos, es con violencias, es de varones, es donde existen licencias que en otros espacios no. Una publicidad pre mundial de TyC Sports lo señalaba con la seguridad de quien no tambalea (jamás): “es cultural”. Si supimos convertirnos en depredadores podemos desactivarlo. Tal vez conmemoremos esta Copa como la que supimos vernos, cara a cara, con nuestras propias violencias.

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