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Evocación de Adriana Silvestri

Por Diego di Vincenzo

Conocí a Adriana Silvestri bien entrados los años noventa, porque fui su alumno en el seminario de Psicolingüística de la Maestría en Ciencias del Lenguaje del “Joaquín V. González”, esa aventura intrépida y algo quijotesca, que tomó forma en un instituto superior, es decir, en un terciario, y que se convirtió casi sin querer en la primera oferta de posgrado en lingüística de la Argentina. Esa Maestría, que contó con Adriana desde el principio, comenzó a perfilarse cuando Elvira Arnoux era jefa del departamento de Castellano y, con un grupo de colegas y estudiantes, le dio forma a este espacio singular, que buscaba abrir caminos institucionales para la renovación disciplinar y curricular, y para formalizar espacios de investigación pedagógica. De esa experiencia tan innovadora participaron estudiantes (Gabriel De Luca, entre ellos), graduados muy jóvenes, como Daniel Link, y un grupo de egresados con actuación destacada como Enrique Pezzoni, Ana M. Barrenechea, Mabel Rosetti, Nicolás Bratosevich, entre otros; la Maestría propuso una perspectiva regional y latinoamericana, y de intercambio con Brasil (entre sus materias se contaban dos cursos de lengua portuguesa) y contó con el aval “audaz”, como señala la profesora Arnoux, del ministro Jorge Sabato.

Allí cursé a mediados de los años noventa su seminario de Psicolingüística. Durante un tiempo fuimos amigos. Quiero ser justo con su memoria, de manera que esta evocación tiene carácter personal y afectivo, y destaca particularmente lo que a mí me cautivó notablemente de sus clases. Me interesa hacer notar que, como Maite Alvarado, siempre vinculó sus investigaciones con la práctica pedagógica y que conservó, probablemente hasta que se jubiló, sus horas de Lengua y literatura en el mítico industrial Otto Krause. Con esto quiero decir que Adriana siempre tuvo vínculos muy estrechos con la educación. Por aquellos años en los que parecía una señal de arcaísmo y retraso acreditar conocimientos en lenguas clásicas, filología, gramática y estudios literarios, Adriana dibujaba sonrisas de un sarcasmo inigualable a las mieles de la formación apurada y archipedagogizante.

Siendo muy joven, en la treintena, escribió con Guillermo Blanck el libro Bajtín y Vigotski: la organización semiótica de la conciencia. Creo que esa fue la opción teórica de Adriana en sus modos de pensar y conceptualizar el aprendizaje, una relación entre sujeto, lenguaje (discurso, más bien) y conocimiento como relación situada, en la que prima la idea vigotskyana de la internalización semiótica de la cultura, y la de que la conciencia está formada por signos de carácter social e ideológico.

Ese carácter, que es también el del aprendizaje, es decir, el intercambio con el que instruye y con otros que aprenden, siempre potencia y eleva el umbral de adquisición conceptual, por esa razón, el discurso es una herramienta dialógica de relación con el conocimiento que hay que volver consciente. Adriana tenía una confianza ciega, por lo menos los años en los que yo la frecuentaba, en el carácter intencional del aprendizaje, en la instrucción sistemática, y se oponía con argumentos muy sólidos a los planteos de índole espontaneísta acerca de la educación lingüística, porque impiden la autorregulación de los propios procesos como una de las finalidades más importante de la educación. Defendía frente a mis ataques sistemáticos de veinteañero insoportable la enseñanza gramatical, me hizo conocer un artículo en el que Vigotsky defendía esa enseñanza; consideraba que ese aprendizaje, incluso por fuera de las metas comunicativas de la enseñanza funcional, tenía un valor enorme en términos cognitivos, y que había que alentarlo alejándolo de presentaciones mecanicistas, arreflexivas, o recortándolo de sus ámbitos de ocurrencia. Y había que hacerlo siempre vinculado con la producción de textos orales o escritos.

Sus investigaciones sobre el discurso académico (concretamente, los referidos a reformulación, integración de fuentes, representaciones enunciativas, algunos de los cuales los realizó en coautoría) los conocimos de primera mano en dos cursos para editores que dio en Estrada y Kapelusz los años en que yo trabajé en esas editoriales. Recuerdo que Adriana nos aleccionaba con la presentación de una serie de problemas que conocía bien acerca de cómo se textualizan ciertas conceptualizaciones en los libros de enseñanza. Con particular encanto, rigor y método, presentaba problemas en la formulación de consignas, en el planteo de definiciones, en la tasa de términos concretos y abstractos de los textos de estudio y la relación que ese índice podía presentar con los niveles de escolarización, en el tenor y modo de las inferencias.

Lo último que leí de ella fue un trabajo sobre procesamiento cognitivo del discurso estético, un discurso pionero, también con impronta bajtiniana. Es un trabajo de 2002 en el que plantea pautas diferenciales para la lectura literaria, porque los textos literarios, argumenta, son textos no cooperativos mucho más desafiantes, que exigen recursos diferentes de otro tipo de textos. Estas observaciones sobre procesamiento, que no consideran la literatura como un discurso “más” entre otros discursos, que compartía con Isabel Vassallo, docente del seminario de Teoría literaria y educación de la Maestría del Joaquín, motivó que, muchos años después, con gente querida como María Luisa Silva, que también la conoció como colega y compañera, nos embarcásemos en esa senda para una proclamación de la poesía como discurso diferente y, por eso, altamente desafiante para la consecución de habilidades nuevas y originales de la educación literaria de los niños y jóvenes. En eso estamos. Y gracias a Adriana.  

1 comment on “Evocación de Adriana Silvestri

  1. Marta Vassallo

    Es un texto hermoso, me dejó lamentando no haberla conocido

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