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El español de Chile: la gran olla a presión del idioma

El mundo

Los conflictos de clase, generacionales y políticos, el aislamiento geográfico, el activismo feminista y LGTBI y hasta la música urbana cambian la lengua del país andino a una velocidad nunca vista.

Las redes sociales, los intercambios académicos transatlánticos, el éxito del pop latino, La casa de papel y la serie de Luis Miguel, los tutoriales de Youtube… El mundo globalizado ha logrado que los hablantes del idioma español convivan más estrechamente que nunca, que se familiaricen con los matices de cada idioma español. Un andaluz o un catalán medianamente conectados saben hoy diferenciar el habla de un colombiano del de un venezolano y a la inversa probablemente pase igual. En medio de ese redescubrimiento, un caso llama la atención: el del español que se habla en Chile, el más difícil de clasificar, el más reconocible por su melodía, por sus modismos y por lo que tiene de disruptivo. «Muchos lingüistas concordamos en que el español de Chile y el de Honduras son los que están variando más rápido en el mundo hispano», dice Ricardo Martínez, lingüista y profesor de la Universidad de Chile. «Llevo cinco años viviendo fuera de mi país y pienso en eso a diario, sobre todo porque mi hijo me pregunta», añade el novelista santiaguino Alejandro Zambra.

¿Qué quiere decir «lo que tiene de disruptivo el español de Chile»? Son criterios difíciles de medir con datos objetivos pero fáciles de percibir: la velocidad con la que cambian el lenguaje oral y escrito, el léxico y también la morfología y la fonética, la manera en que los códigos sociolingüísticos caen y son sustituidos por otras claves, la relación cada vez más laxa que los hablantes tienen con la norma… «No existe ningún estudio que mida eso. Por ahora es solo una intuición, una impresión que podría no ir mal encaminada si se tiene en cuenta que la velocidad de los cambios lingüísticos se relaciona con los tipos de estructuración social», explica Darío Rojas, profesor en la Universidad de Chile y miembro de la Academia Chilena de la Lengua.

Algunos ejemplos: «Para mí, la gran novedad es que los nacidos de mediados de los 70 en adelante han empezado a usar el espectro coloquial dentro del espectro formal. Se da en la política, se da en la vida académica… Ojo, es la población formada, la que pasa por la universidad, la que ha llevado la coloquialidad a la formalidad», cuenta Soledad Chávez Fajardo, profesora de la Universidad de Chile, miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. «Hay muchísima informalidad en el lenguaje actual».

«Un ejemplo concreto muy interesante es la modificación de la pronunciación», añade Ricardo Martínez. «Hay rasgos como la forma de pronunciar la ch, que estaba muy estratificada por grupos sociales. El habla de prestigio pronunciaba Chile; el habla de las clases bajas decía Shile. Esa diferencia se ha aplanado porque los grupos sociales han empezado a interactuar mucho más de lo que hacían antes, sobre todo en la educación superior. Ya no hay tanto aislamiento y, por eso, el habla es más homogéneo, al margen de que haya grupos radicalizados en su búsqueda de la identidad. El español chileno estaba dividido por estratos sociales más que por territorios; era muy fácil identificar de qué clase venía otra persona por su habla. Ahora no lo es tanto».

¿Y lo de la morfología? El uso del sufijo -e como marca del género neutro se dio a conocer al mundo hispano en las protestas de Santiago de Chile de 2019. Ese año, los carteles, los discursos y las pintadas apelaban a los chilenos, las chilenas y les chilenes. Hoy, Martínez y Fajardo coinciden en que su uso está perfectamente normalizado en las aulas. «Yo doy clase en la Universidad de Chile, que es pública, y en la Diego Portales, que es una privada más o menos asimilada a la pública. En las dos está muy presente esa -e. Si empiezo una clase en Zoom, saludo ‘Hola a todos, todas y todes‘. Y los alumnos, las alumnas y les alumnes responden igual», explica Martínez.

Darío Rojas matiza esa idea: «La -e es una forma de acción política contestataria frente a la ideología dominante y al patriarcado. Si se normalizara, dejaría de ser disruptiva. No creo que lo que las activistas deseen sea alcanzar una hegemonía para le -e». En su correo, Rojas emplea sistemática y conscientemente el género femenino («las antropólogas», «las jóvenes», «las activistas») como la forma que engloba a hombres, mujeres y personas no binarias.

En el fondo, los tres ejemplos parecen dar vueltas sobre una misma idea: la aceleración del español de Chile es el reflejo de las grietas sociales de un país que era considerado un caso de éxito económico, político y social pero que escondía desequilibrios, agravios y descontentos crónicos. ¿Cómo no relacionar los cambios del lenguaje de Chile con las protestas de 2019?

Algunos datos previos: el español de Chile siempre fue diferente, desde la época de la colonia. «En el siglo XVI, cuando empezó la koinización del idioma, el proceso estandarizador del español, llegaron a América la imprenta, las universidades y muchos españoles que venían de la corte y traían la variedad centro-norteña del idioma en España, que ha sido siempre la prestigiosa, a diferencia del habla de Andalucía predominante en la conquista. Pero llegaron a las zonas de virreinato: a México, Perú, Colombia y, más tarde, a la zona de La Plata. A Chile no porque Chile sólo era una capitanía, una zona alejada y aislada por la cordillera y el desierto», explica Chávez Fajardo. «En dialectología, siempre se pone un mapa del español de América que diferencia la zona andina, la guaranítica, la mesoamericana, la rioplatense… Y la de Chile, como un país solitario«.

¿Significa eso que el español de Chile se parece más al español andaluz de hace 500 años que otras variantes americanas del idioma, igual que el hispano-judío remite al castellano del año 1492? «Esa es la antigua postura. Digamos, mejor, que la base del español de Chile tiene muchos elementos del español andaluz unidos a muchas otras innovaciones posteriores», explica Chávez Fajardo. Otras particularidades: en Chile no se dio nunca la resistencia a los anglicismos que se ha dado en otros países latinoamericanos, según Ricardo Martínez, que habla de los «anglochilenismos» de las ciudades portuarias. Y, por supuesto, está la influencia de las lenguas indígenas de la zona y de los otros idiomas de la inmigración europea: alemán, croata, italiano…

Pero ni el aislamiento geográfico ni el histórico ni el contacto con el idioma mapuche explican el cambio que vive el español de Chile. «Chile es una sociedad fuertemente marcada por conflictos de clase, y eso se manifiesta en la identidad lingüística y en la ideologías lingüísticas de las hablantes de castellano chileno», explica Darío Rojas. Su teoría es que todo lo que ha pasado en Chile estos años con el idioma empieza a ocurrir en los demás países de habla hispana en los que las clases sociales condicionan la convivencia. Y eso hace el caso chileno aún más interesante.

Hablemos de España por un segundo. ¿Alguien se ha fijado en que españoles de la clase media universitaria como C. Tangana o Íñigo Errejón hacen suyo y estetizan el viejo habla de la clase trabajadora urbana, eso que en Madrid se llamaba cheli? ¿En que ese uso tiene un matiz político e identitario, que es una manera de simbolizar su inconformismo…? ¿Les suena familiar ese uso del lenguaje a los chilenos?

«En los últimos años estamos viendo variedades muy ideologizadas del habla. Lo que ustedes llaman cheli aquí se llama flaite. Y hay muchos grupos de personas en la universidad que no pertenecen por origen a esa cultura pero que están validando su lenguaje. Creo que el reguetón y el trap también influyen en ese fenómeno y por eso creo que está pasando lo mismo en otros países de América Latina», explica Ricardo Martínez.

«En realidad, los cambios en el discurso político empezaron por la derecha», continúa Chávez Fajardo. «La nueva derecha que se consolidó cuando llegó la democracia tuvo líderes jóvenes, políticos de clase media alta que adoptaban un lenguaje coloquial para generar cercanía«. En esos años de reinvención, ese español chileno informal era un gesto de optimismo liberal. Luego, cuando llegó el desencanto, se volvió todo lo contrario.

«Es la esencia de cualquier protesta, también la del estallido social de 2019. La protesta siempre significa inmediatez comunicativa: hay que comunicar corto, con ira, comunicar igualándose en vez de distinguiéndose… En 2019 ocurrió algo más: afloró el español de Chile. Los hablantes suelen tener una visión negativa de su habla, piensan que hablan mal, por más que en la Academia les intentemos persuadir de que no es así. No sólo ocurre en Chile», dice Fajardo. «En 2019 hubo un cambio: palabras que pasaban por incorrectas y no ejemplares entraron en la discusión pública«.

Entonces, ¿queda espacio para el lenguaje normativo en Chile? «Pese a todo, pese al vértigo de las transformaciones sociales, ideológicas, valóricas, y la identidad de las personas, Chile sigue siendo un país muy institucionalizado, muy dirigido desde el Derecho. La Justicia, los medios tradicionales y el Gobierno, mantienen la norma llamada culta. No es lo mismo que ocurre en la universidad», termina González.

Sólo nos queda hablar de la literatura. Así, de memoria: los libros de Jorge Edwards y José Donoso no sonaban muy chilenos, ¿verdad? «No, pero porque el Boom adoptó un lenguaje casi neutro, un latinoaméricano sin marca. Fuentes y Vargas Llosa usaban ese mismo lenguaje. García Márquez fue la excepción», explica Ricardo Martínez. 50 años después, los lectores no chilenos de Sudor, de Alberto Fuguet, tenían que armarse de paciencia para aprender decenas de formas del argot santiaguino. «A veces puede ser un agobio vivir en Chile (en estos días inciertos y angustiosos, donde se asoman las fauces de lo que el poeta Enrique Lihn tildó como «el horroroso Chile»), pero hablar en Chile siempre fascina, incluso tenemos una palabra propia para generar enredos en una conversación: el cahuín, y un verbo, cahuinear, para el chisme. A veces da risa. No es casual que digan que es un país de poetas. Todos, en rigor, usan el lenguaje a su manera. Oral, por escrito, y ahora de manera digital. Más que una suma de dialectos, Chile posee jergas sociales-etarias que lo hacen muy vivo. Usar el chileno te permite ser libre en un país que, en ocasiones, se torna autoritario», responde Fuguet en unas líneas escritas para explicar a EL MUNDO su visión del hiperchileno.

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