Esta columna fue escrita por el columnista invitado Freddy Santamaría Velasco.
A partir de la reciente columna en El Espectador “¿Todo o nada? Todo o algo”, de Héctor Abad Faciolince, nos preguntamos cómo elegir bien en las actuales elecciones: elegir de modo práctico sin ser ni parecer cínicos. Con tres candidatos, según las encuestas, tan variopintos, sin poner en peligro el futuro de la democracia, como acertadamente lo ha argumentado el académico constitucionalista Mauricio Gaona, pues no se trata de elegir un presidente entre los tres punteros, sino de determinar si se elige al último, como lo advierte en su reciente libro “La constitución soy yo” (Crítica, 2026).
Elegir nunca es fácil. ¿Quién no se ha equivocado muchas veces en su elección? Y eso tiene consecuencias. Es así que elegir mal sirve como arrepentimiento ulterior, pues la memoria nos recuerda que elegimos mal y, en ocasiones —no todas las veces—, aprendemos del error. De este modo, dentro de la psicología, elegir no solo es una gran muestra de madurez sino también de renuncia al exceso; es decir, elegir lo práctico y útil para seguir viviendo. Por eso, las elecciones en una democracia demuestran mucho de ello: madurez y practicidad.
Por eso la democracia se constituye, desde sus orígenes, como una manera expedita de resolver los conflictos frente a la violencia y la inmadurez del exceso del líder político. Exige, primero, aceptar unas reglas de juego y aceptar la diferencia en pro de un bienestar y unas expectativas colectivas. Por eso, vivir en sociedades plurales implica la discrepancia en las preferencias y, por supuesto, el antagonismo. Max Weber (2005), por su parte, afirmó que la política consiste en un fuerte y prolongado encuentro de resistencias, en el que el conflicto aflora y que requiere paciencia y esperanza para alcanzar la coexistencia con los demás. Ser diferentes, tener visiones distintas, define las formas de vida en la polis, al margen de la cual, como advierte Aristóteles, solo están los dioses o las bestias. El problema no es, entonces, la diferencia. El problema es la violencia, la anulación del otro. Aprender a vivir juntos, como advierte H. Arendt, a pesar de las diferencias, es el triunfo de una sociedad madura. Colombia necesita aprender a vivir en la diferencia y en el respeto del otro. La democracia es el refugio de la libertad, no solo individual sino colectiva.
Los candidatos deben renovar su compromiso con la democracia, institución que solo puede ser entendida desde una base pluralista, pero apegada al gobierno de la ley y no de los hombres. ¿Pero todos tienen dicho compromiso? El progreso y la madurez de una sociedad se demuestran a través de la renuncia a las promesas vacías y al respeto de la Constitución. De este modo, la primacía de los mejores argumentos en el espacio de la razón pública permite una elección informada para la deliberación propia del ejercicio democrático, donde la práctica democrática será siempre una promesa por cumplir. Representar a los electores quiere decir devolver la confianza depositada por medio de dicha elección, conferida al líder político para que haga posible una sociedad mejor; es decir, una sociedad en donde se autorregulan y canalizan las diferencias y las disputas a través de los medios institucionales. Para esto es la Constitución, garante de las reglas de juego. No es un menú a la carta.
Para elegir de modo práctico se exige la ponderación pública de la viabilidad y coherencia de las propuestas —demandas del llamado pueblo— tanto como la idoneidad de quien las propone. Son los argumentos, las ideas y la exposición clara de los programas donde un gobierno democrático debe responder a las preferencias de los ciudadanos sin establecer diferencias políticas entre ellos, como considera Robert Dahl.
Elegir bien exige informarse y comprometerse con el futuro. Es renunciar a las soluciones fáciles a problemas complejos y aunar esfuerzos, con los diferentes, para que la sociedad esté preparada para enfrentar los desafíos sociales en el siglo XXI. Los grandes problemas globales hacen parte de nuestras preocupaciones regionales: el futuro de la humanidad y su sostenibilidad, el desarrollo equitativo, la justicia, el bienestar humano, los derechos humanos, la tolerancia social sin discriminación política, racial ni étnica, y el cese de todo tipo de violencia armada y no armada en la sociedad deben comprometernos a dar pasos hacia adelante en defensa de la democracia. Esta, siguiendo a Dewey, más que un sistema de gobierno, es una forma de vida en la que los individuos participan en intereses comunes y en decisiones que afectan a toda la comunidad.
Elegir lo práctico no significa ser cínico; significa dar sentido ponderando el futuro propio y colectivo. Nadie dijo que la democracia era perfecta ni que era la solución a todos nuestros males y demandas. Es preferible el imperio de la ley que estar sometidos al imperio de la voluntad, como lo defienden los clásicos liberales, los demócratas y, recientemente, Mauricio Gaona.
Por La Silla Vacía
Freddy Santamaría Velasco
Docente de la Facultad de Ciencias Políticas-UPB. Experto en Filosofía del lenguaje, psicología política y análisis del discurso. Universidad Pontificia Bolivariana.


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