Discusión

Cualquiera

por Ángela Di Tullio

Instituto de Filología y de Literaturas Hispánicas “Dr. Amado Alonso”, FFyL, UBA

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Cuando oí por primera vez la expresión “cualquiera” en oraciones al estilo de “Eso es cualquiera”; “Mandaste cualquiera”, o como réplica a un enunciado previo: “―Me dijiste que venías temprano. ―Cualquiera”, mi software gramatical fino me advirtió que se trataba de un uso novedoso de la palabra: no recibía la interpretación de persona propia del pronombre indefinido: “Eso cualquiera lo sabe”, ni me obligaba a buscar el referente en el contexto o la situación, como es propio del adjetivo: “―¿Qué color te gusta más? ―Cualquiera”.

De hecho, este empleo de “cualquiera” no aparece registrado en ninguno de los diccionarios conocidos, ni del español general ni de argentinismos. Es cierto que los diccionarios suelen ser muy parcos con las palabras gramaticales como “cualquiera”; así, el Diccionario de la Academia se conforma con “una persona indeterminada, alguno, sea el que fuere”, pero cuando el vocablo se ha lexicalizado suelen ser más informativos; así, a partir de la definición de “una cualquiera, mujer de mala vida” advertimos que la diferencia de género del referente no es irrelevante. Más explícito es el Diccionario Clarín, que precisa que mientras que la forma común en cuanto al género: “un/ una cualquiera” se considera despectiva ‘persona poco distinguida’, el del femenino es, además, ofensivo (“mujer de conducta sexual considerada promiscua”).

Volviendo a nuestro neológico “cualquiera”, queda claro que no remite a ningún antecedente ni incluye el rasgo de persona, sino que se ha lexicalizado con un tufillo despectivo similar, aunque no vaya precedido del artículo indefinido “un”. Además, se aplica a objetos abstractos, como las expresiones lingüísticas (“Mandaste cualquiera”) o las acciones (“Hizo cualquiera”); por eso se predica de sujetos neutros como “Eso/ Lo que me decís es cualquiera”, o de un enunciado completo: “―Me dijiste que venías temprano. ―Cualquiera”. Estas características del rioplatense “cualquiera” obligan a afinar la definición: más que de un pronombre indefinido se trata de un sustantivo valorativo despectivo, cuya paráfrasis más aproximada es ‘cualquier cosa’, ‘algo sin valor’. En cambio, en el contexto de réplica se ha convertido en una interjección negativa enfática (‘de ninguna manera’).

Evidentemente, “cualquiera” no es una palabra cualquiera; en las gramáticas el adjetivo se define como un indefinido de elección libre; así, “Consultá a cualquier abogado” indica que da igual a qué abogado se consulte, pero si se cambia el orden como en “Consultá a un abogado cualquiera”, se añade un valor despectivo. En el rioplatense esta connotación aparece lexicalizada en el adjetivo “cualunque” (del italiano “qualunque”) con el que alterna: “Consultá a un abogado cualunque”. A diferencia de la acepción de “cualquiera” antes anotada, “cualunque” figura en el Diccionario Clarín, pero no en el Diccionario del habla de los argentinos, tal vez por cierta prevención contra los italianismos compartida por Borges o Bioy y la Academia.

Sin embargo, no acaba aquí la productividad de nuestro “cualquiera”, del que ha surgido el derivado “cualquierismo”, que se aplica a la actitud de quienes asumen que vale cualquier cosa que cualquiera diga o haga, o su contrario, y que no es exactamente equivalente a “cualunquismo”, que se refiere a la posición ideológica y política de quienes no sustentan posiciones claras en materia ética.

Con esta breve excursión sobre las sutiles y dinámicas relaciones entre la gramática y el léxico intenté ilustrar lo que Ángel Rosenblat en su artículo “El español de Hispanoamérica: unidad y diversidad” (1969) definía como la perspectiva del filólogo o del gramático frente al léxico, que es la de quien se interesa por entender cómo se han formado estas expresiones, si se insertan en combinaciones recurrentes o solo son ocurrencias esporádicas debidas a factores casuales de la actuación.

Esta perspectiva se opone a otras dos, la del turista y la del purista. El turista recoge lo que le parece pintoresco, novedoso, divertido en la manera de hablar de los otros frente a la suya, que considera “la normal o neutra”. El purista, escandalizado por la corrupción del lenguaje, exhibe estos hallazgos como la demostración más evidente de que corre peligro la unidad de la lengua. Mientras que el punto de vista del turista suele ser meramente anecdótico, los de los otros suelen asociarse a posiciones glotopolíticas contrapuestas: la intransigencia monocéntrica del purista contrasta con el interés y el respeto a la diversidad lingüística del gramático, propio de una concepción pluricéntrica de la lengua.

Para presentar la posición del turista mencionaré algunas diferencias entre nuestra modalidad dialectal y la de los colombianos, recogidas en un reciente viaje a Bogotá. Allí observé que “marica”, caído en desuso en nuestro país (cf. “maricón” en el Diccionario Latinoamericano), se emplea sin ningún resabio homofóbico como forma de trato simétrico entre los jóvenes, de manera similar a como los nuestros emplean “boludo” (o “bolú”), aunque no su cuasi sinónimo “pelotudo”. En ambos casos se ha perdido la fuerza del insulto cuando la palabra se usa como vocativo –acepción que debe figurar en la definición de estos vocablos.

Así como no parece recomendable el intercambio de estas voces fuera de sus respectivos países, más graves resultarían las consecuencias de calificar a alguien como “conchudo,-a” en la Argentina, donde mantiene toda la carga del insulto, inexistente en el significado colombiano de ‘indolente’; por eso un político que empleó el término para calificar a su contrincante tuvo que justificarse atribuyéndole al término un significado desconocido, el de “astuto, cauteloso, sagaz”, supuestamente caído en desuso (véase “A propósito de la palabra conchudo”, Mario Wainfeld en Página/12 del 9 de julio de 2013).

Otro derivado en –udo, “corbatudo” se define en el Diccionario de colombianismos de la Academia Colombiana de la lengua como “Puesto o trabajo con buen sueldo y poco trabajo, obtenido generalmente a través de influencias”, que tiene algún rasgo en común con “ñoqui”, aunque a través de diferentes asociaciones: de la prenda que lo caracteriza por el empleado en la cadena metonímica colombiana, frente a la metafórica del rioplatense: la fecha en la que tradicionalmente se consume una pasta se identifica con la del cobro del sueldo del empleado.

También me llamó la atención, entre los términos con los que se designan a las lesbianas, la similitud entre el colombiano “areperas” y el más general, salvo en México, “tortilleras” (o “tortas” en Argentina), así como el peruano “pasteleras” y el “bolleras” de España: todos comparten la asociación –que no acabo de precisar– con el oficio de mujeres que producen un objeto chato, carente de protuberancias, y elaborado manualmente.

Como se observa, las palabras recogidas en mi recorrido dialectal son fuertemente valorativas, a menudo tabúes; su significado denigrativo o procaz se pone de manifiesto en combinaciones gramaticales que definen “la gramática del insulto”. Así, a partir de un significado descriptivo el derivado en “–udo” pasa a convertirse en insulto cuando no resulta clara la relación con la raíz, como ocurre en “boluda” o “conchudo”. También se hace evidente la interpretación denigrante en algunas de las combinaciones sintácticas a que dan lugar; por ejemplo, “el …. de X” (“el pelotudo de tu amigo”; “la tortillera de tu hermana”); asimismo, un elemento tan modestamente gramatical como el artículo indefinido encuadra al sujeto en una clasificación desvalorizadora: “ser un X”, como en “Sos un pelotudo” o “Tu hermana es una torta”, mucho más insultantes que “Sos pelotudo” o “Tu hermana es torta”. Estos términos no denotativos añaden una nueva acepción al significado básico de la palabra, que amplía así su polisemia. El interés que para el lingüista reviste este sector del léxico radica en que condensan representaciones privilegiadas de la dinámica social y de sus protagonistas, normalmente asociados con estereotipos.

Por último, al purista no le interesan las descripciones y análisis sistemáticos del gramático ni tampoco las divagaciones del turista; sus objetivos son más concretos: al sancionar estas formas como incorrectas pretende eliminar todo lo que pueda alterar “el genio de la lengua”, plasmado en la historia de su variedad metropolitana, cuya preeminencia defenderá no solo contra las hablas populares y rurales, sino también contra las de las regiones periféricas. Así, se mostrará severo con extranjerismos como abstract, que tachará de anglicismo innecesario, pero consentirá beicon “por su frecuencia en países como España”. También prefiere novela policíaca a novela policial, aduciendo los gustos de los españoles y los hablantes cultos de Hispanoamérica, entre los que, evidentemente, no incluye a Borges, Bioy Casares, Cortázar, Sábato, Neruda, Vargas Llosa, Aira, entre otros.

Como se sabe, la prédica machacona de los puristas es un resorte fundamental de la política lingüística, tendiente a asegurar la hegemonía de una variedad sobre las otras; sus efectos más notables se reconocen en la consabida falta de autoestima y seguridad de los hablantes de otras variedades. A pesar del desdén de la lingüística moderna hacia la normativa, hay que repensarla como una zona fundamental e irrenunciable de la soberanía idiomática.

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