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¿De verdad es tan difícil aceptar el lenguaje inclusivo?

La RAE insiste que es “inadmisible”, pero se le olvida que ya no es (y que, en realidad nunca ha existido) la policía del lenguaje

Plumas Atómicas

Estas últimas semanas, la RAE y el gobierno español están en medio de una polémica por un estudio que le pidiera la vicepresidenta española, Carmen Calvo, sobre la Constitución española y el lenguaje inclusivo.

En una entrevista para El País, su director, Darío Villanueva, explicó por qué, según él, el lenguaje inclusivo no tiene cabida en la Constitución o en el lenguaje cotidiano: “No estamos desfasados. Es que tenemos que ir por detrás de la sociedad. La academia no inventa, no propone, no impone, no induce el uso de las palabras, sino que recoge las que la sociedad genera. Es un problema sin solución.” (Vía: El País)

La RAE es, desde su génesis, una institución conservadora:literalmente está hecha para conservar “intacto” el Español (así con mayúsculas) de los cambios que eran importados de las colonias en el siglo XVIII. Hoy, a más de 300 años de su fundación, sigue teniendo el mismo lema: “Limpia, Fixa y da Esplendor”, a pesar de que, con el cambio de los modelos de estudio lingüístico, se entendió que, más que regular, lo único que puede hacer la RAE es observar.

Y está en este cambio el conflicto del lenguaje inclusivo: para la RAE, que se considera observadora, es agramatical, pero para los sectores poblacionales que siguen considerándola una autoridad, consideran ley social a la gramática.

Los hablantes construimos el lenguaje, pero el lenguaje también nos construye

Que el lenguaje es un ‘ente vivo’ es una de las primeras imágenes que te enseñan en las clases de Introducción a la Lingüística, y que persiste hasta que te recibes de la maestría en Literatura Mexicana, como es mi caso. Cualquier idioma es construido por los hablantes: tanto los vivos como los muertos; desde el léxico hasta las reglas gramaticales, todo cambia y se va adaptando.

Sin embargo, no sólo hacemos el lenguaje, el lenguaje también nos hace. J. L. Austin, ya desde 1962, insistía que el lenguaje no es algo exterior a los individuos, sino que afecta nuestra comprensión propia y nuestras narrativas personales.

Desde los bautizos hasta la forma como entendemos el mundo y cómo nos posicionamos (ya dueños del lenguaje) en ese mismo mundo. Desde los tribunales (una sentencia) hasta las relaciones románticas (un compromiso), hay cosas del mundo real que existen hasta que son enunciadas; este fenómeno en Lingüística se llama “acto de habla”.

En ese sentido, no sólo el lenguaje y el discurso, sino la gramática también son construcciones que reflejan cosmovisiones e ideologías: la gramática no es machista o discriminatoria (como decía Antonio Alatorre, el lenguaje no tiene la culpa), sino que son reflejo de una sociedad.

Dar por sentado que la gramática es aséptica o ajena a los cambios históricos, sociales y políticos es negar la existencia misma de esos cambios en ambientes ajenos (pero que atraviesan) al lenguaje. 

La palabra “familia”, por ejemplo, que asociamos hoy al cariño y la compañía, viene del latín “famula”, que quiere decir “esclava”.Porque la familia era una parte específica de las propiedades del hombre de la casa, “dominus” (señor); de ahí viene “dominio” y “don”. Como podrán darse cuenta, el lenguaje cambió junto con la sociedad; y cambió no solo palabras sino conceptos enteros, como el de familia.

Decir que solo el lenguaje puede cambiar a la sociedad o que solo la sociedad puede cambiar el lenguaje es reducir la complejidad de la comunicación. Eso quiere decir que el lenguaje inclusivo va por otro lado: es un gesto político.

Sí, el lenguaje inclusivo es algo político; y también lo es negarlo

Dejemos algo bien claro: el lenguaje no cambia las inequidades existentes en la sociedad; pero, también, el lenguaje inclusivo no responde a un cambio gramatical sino a una función política.

Usar el lenguaje inclusivo no va a equiparar la representatividad política, reparar la brecha de género o desaparecer los feminicidios, transfeminicidios o los crímenes de odio, de la misma manera en que no usarlo tampoco lo solucionaría. Hasta cierta medida, el ejercicio de visibilización de otros géneros (o de la abolición del género) es un ejercicio que corre a la par de la lucha por solucionar esos problemas estructurales.

Estas decisiones políticas e ideológicas (el lenguaje inclusivo, pues) no responden a una función gramatical del lenguaje sino a una pragmática y política y, por ello mismo, la discusión dentro de la RAE no opera, o no debería de operar: la Academia ni es autoridad ni, como su mismo Director lo deja clarito, va a la par de la sociedad.

No es una discusión gramatical, sino política

Quizá el principal problema de esta discusión no sea la ‘funcionalidad’ del lenguaje inclusivo (y mucho menos su ‘gramaticalidad’), sino un problema de pragmática y política al interior de la Academia.

Tras siglos, la RAE ya no es una autoridad que dicte leyes en la lengua, tan solo describe y trata de encontrarle sentido a los cambios que en ella ocurren. Sin embargo, para mucha gente (y por mucha decimos ‘de verdad mucha’), sigue siendo una autoridad que determina el “uso correcto del Español”.

La palabra “familia”, por ejemplo, que asociamos hoy al cariño y la compañía, viene del latín “famula”, que quiere decir “esclava”.

En ese vacío entre lo que la gente espera de la RAE y lo que la Academia hace en realidad se cuelan múltiples lecturas de la política del lenguaje.

Cuando alguien envía una pregunta a @RAEInforma, puede hacerlo como una duda gramatical, léxica u ortotipográfica real, o puede hacerlo con la intención de legitimar su desacreditación al lenguaje inclusivo.

Si, para quien pregunta, la RAE soluciona una duda, no hay problema, pero si es utilizada como una falacia ad baculum (como una figura de autoridad que legitima un argumento falaz), la RAE sigue siendo esa autoridad dieciochesca que dejó de ser hace mucho.

Esta desacreditación, entonces, se constituye un ejercicio político de la lengua tanto como lo es el uso del lenguaje inclusivo. Los dos hacen explícito un conflicto ideológico: tanto quien lo utiliza como quien lo quiere negar a ultranza.

Así, la queja de muchos de que ‘se politiza’ el lenguaje es, más bien, que la utilización política del lenguaje no gira hacia donde siempre lo ha hecho: la hegemonía.

La RAE, por su parte, ha preferido hacerse de la vista gorda de esta utilización política: no lo ve o finge no ver estos ejercicios sino como dudas gramaticales legítimas, y, al hacerlo, se posiciona sin hacerlo en la discusión política del lenguaje inclusivo. Tal como lo insinúa su director en la entrevista para El País, esta discusión política es un ruido de fondo para el ejercicio lingüístico:

La corrección política es una forma de censura perversa, que no procede del partido, del Gobierno o de la Iglesia. Es una censura difusa, que no sabemos muy bien de dónde viene, y según la cual, hay cosas que no se pueden decir.” (Vía: El País)

El lenguaje es de los hablantes: de los que quieren íntegros sus privilegios y de los que usan la lengua como arma y discriminan; de los que buscan expandir sus límites y visibilizar al otre y de quienes saben qué se está tratando de hacer y simplemente trollean.

La lengua no es de la RAE ni de los diccionarios ni de los escritores que se ríen de la lucha de miles.

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