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Gracias a una mendocina, una nueva especie de dinosaurio lleva nombre de mujer

La Nación

Cecilia Apaldetti está impactada. Desde las siete de la mañana, esta paleontóloga mendocina de 36 años contesta preguntas obvias, absurdas y repetidas, preguntas largas, cortas e impertinentes de medios nacionales e internacionales como The New York TimesCNNBBC y Brando. “Es una cosa de locos”, exclama la investigadora del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de San Juan y del Conicet, extenuada de disipar dudas en castellano y en inglés, por teléfono y por Skype y de sonreír para las fotos: por primera vez, una especie de dinosaurio llevaría nombre de mujer y ella tenía mucho (todo) que ver con eso.

La serie de acontecimientos, que condujeron a este momento de exposición mediática, arrancó en 2015 cuando en un campo desolado y cruzado por la soledad y el viento, cerca de la localidad de Balde de Leyes, al sudeste de la provincia de San Juan,Apaldetti encontró junto con el experimentado paleontólogo Ricardo Martínez y su equipo un tesoro: los fósiles de una especie de dinosaurio desconocida hasta entonces, de unos ocho metros de largo y diez toneladasque vivió hace más de 205 millones de años cuando aquella zona, por entonces el sur del megacontinente Pangea, era una sabana con bastante vegetación. Por lo que sabían los científicos ese bicho no debía estar ahí. Pero estaba: hasta entonces, en aquel yacimiento de rocas rojas y antiguas habían hallado solamente especies de un tamaño no mayor al de un perro.

Armados de paciencia, cepillos, taladros, sierras y con mucho cuidado, los investigadores extrajeron los restos y se pusieron a estudiarlos. Y ahí descubrieron su verdadera importancia: las vértebras del extraño animal muestran que no solo contaba con un sistema respiratorio similar al de las aves actuales con sacos aéreos donde guardaba el oxígeno y así resfrigeraba su enorme cuerpo. Sus huesos revelan además que desde que nacía este dinosaurio crecía sin parar. En su laboratorio, Cecilia Apaldetti tenía ante sus ojos un ejemplar único que, como tal, exigía un nombre especial.

Desde que el clérigo y paleontólogo William Buckland bautizó como Megalosaurus en 1824 a unos fósiles hallados cerca del pueblito inglés de Stonesfield -casi 15 años antes de que el anatomista Richard Owen propusiera en una conferencia el nombre de “dinosaurios”, estos animales extintos que reinaron -no todos juntos, claro- durante 160 millones de años en el planeta padecen los embates del sexismo. En estos 200 años, en todos los países donde fueron encontrados se los nombró, imaginó y representó como “ellos” cuando por lo general sus fósiles no permiten determinar si los ejemplares encontrados habían sido en vida machos o hembras. Ya sea por proyección tácita de una cultura que glorifica y rescata a exploradores, descubridores, pioneros mientras sistemáticamente olvida o minimiza las contribuciones de exploradoras, descubridoras, pioneras, a los dinosaurios por definición los concebimos masculinos: el Tyrannosaurus rex, el Velociraptor, el Brontosaurius, etcétera.

Hay, sin embargo, escuetas excepciones, microrresistencias como el caso de Gertie, protagonista de un cortometraje animado estadounidense de 1914. “Ella se ríe, baila el tango, responde preguntas y obedece cada orden”, decía un afiche de esta proyección que trataba al ficticio animal como una mascota, una sirvienta. También están la famosa Sue, la T. rex estrella del Museo Field de Chicago -toda una celebridad en Twitter (@SUEtheTrex) y conocida así en honor a su descubridora, la paleontóloga Sue Hendrickson- y cada una de las verdaderas estrellas de la saga de películas de Jurassic Park (y Jurassic World), las especies de dinosaurios, todas hembras, diseñadas genéticamente de esa manera -según el personaje del ambicioso doctor Henry Wu- para evitar posibles brotes violentos debido a los rituales de apareamiento (estereotipo de docilidad femenina).

Así, cansados de tanto dinosaurio masculinizado, Martínez y Apaldetti no dudaron: llamaron a la especie Ingentia prima, que en latín significa la “primera gigante”, el caso más antiguo conocido hasta ahora de gigantismo en dinosaurios que, tras millones de años de prueba y error después, en algunos ejemplares pasaron de ser animales bípedos de 7 kg a cuadrúpedos colosales de 70 toneladas como los titanosaurios. “Sí, la hice femenina”, reconoce Apaldetti, principal autora del paper publicado en la revista Nature Ecology & Evolution.

Al descubrir una nueva especie, cada investigador es libre de elegir el nombre que quiera, bautizarla en honor a alguna persona o a partir de un caracter anatómico relevante. “Aunque no sabemos su sexo -indica Martínez-, pensamos en un nombre femenino, porque los dinosaurios casi siempre son llamados como varoncitos y me gustó la idea de cambiar. Por otro lado, a pesar de su tamaño, los huesos son gráciles, femeninos si se quiere”.

Ingentia prima así ingresa en la cada vez más poblada familia de dinosaurios descubiertos en Argentina, dinosaurios del fin del mundo. “Es algo así como la tía abuela de los titanosaurios”, asegura el paleontólogo Diego Pol. Una matrona prehistórica, la primera gigante, cuya presencia habla tanto de sucesos de ayer así como de movimientos de hoy. “Estamos en un momento histórico a nivel nacional e internacional en el que la mujer tiene cada vez más protagonismo”, dice la joven científica. “Bautizar de esta manera a un animal grande y temprano también habla del poder de las hembras”.

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