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Los cambios sociales y el uso del lenguaje

La adopción de una difusa “e” en lugar de la “o” referida al género masculino y la “a” al femenino ha sido calificada como una iniciativa absurda y ridícula

El lenguaje es la primera nota distintiva de una cultura. No debe extrañar a nadie, por lo tanto, que el ímpetu de los cambios que han arrasado con antiguas estructuras sociales y abatido convenciones que perduraron por cientos de años se dirija ahora hacia la lengua común a todos.

El lenguaje es el medio de comunicación natural entre los miembros de una misma especie. Se ha escrito mucho, y bien, acerca de que el lenguaje precede el pensamiento y que la riqueza y hondura de este son tributarias de la amplitud y precisión idiomáticas con las cuales se habla tal o cual lengua.

El mundo de los lexicógrafos y de los gramáticos en toda su ralea se halla agitado. Lo agita estos días una controversia derivada de los notorios cambios sociales que se viven, que no son solo los que devienen de las llamadas cuestiones de género o de una lucha enardecida de muchas mujeres por reconocerse iguales a los hombres ante la ley y los usos y costumbres de la vida cotidiana.

Se ha ido tan lejos en algunas nuevas proposiciones para la lengua española como para que el más abierto de los observadores de lo que ahora ocurre no pueda menos que preguntarse por qué propender a que la vida sea en adelante más compleja de lo que ya es de por sí. Así sería, en efecto, si prosperara el uso de una difusa “e” en lugar de la “o” referida al género masculino y la “a” al femenino, a fin de evitar, se porfía, predominios de sexo. Darío Villanueva, presidente desde 2014 de la Real Academia Española (RAE), ha dicho que se trata de una iniciativa absurda, ridícula y totalmente negativa.

Es que Villanueva, como la mayoría de los 46 académicos de la RAE, entre los que hay ocho mujeres, creen, como siempre han creído los maestros de la lengua, que esta debe conservar como eje un principio de economía. “El uso de los dobletes -señalan-, como “miembro” y “miembra”, acaba destruyendo esa esencia económica”. Arturo Pérez-Reverte, novelista y académico de profusa aparición en los medios de prensa, ha anticipado que renunciará a su sillón si prospera en la RAE la iniciativa sobre el uso de la controvertida “e”.

La Academia no crea el lenguaje. Se remite a legitimar, con la autoridad que le confirió hace 305 años Felipe V, lo que se habla en las calles, en las tabernas, en los hogares, y a velar por la estructura lógica del idioma. Tiene dicho que el género masculino en especial es el “no marcado”, en el que también entran las mujeres. Entre estas se abre paso, en cambio, el criterio de que es preferible apelar a términos colectivos. Por ejemplo: en lugar de “los legisladores”, por todos los legisladores y legisladoras, “la legislación”.

La lengua es dinámica por naturaleza. Hay expresiones de otros tiempos, aceptadas por la Academia, que hoy pueden dañar gratuitamente. ¿Por qué definir al “hombre” como “ser animado racional, varón o mujer”, y definir a la mujer apenas como “persona del sexo femenino”. ¿Por qué insistir en “judiada” como una acción mala tendenciosamente adjudicada a judíos, o por qué mantener como tercera acepción de la voz “jesuita”, hipócrita, taimado?

El Tribunal Constitucional de Alemania dispuso tiempo atrás que en los registros civiles se registre un tercer género, entre masculino y femenino, llamado “diverso”. En ese renglón podrían entrar, entre otros, los que antepongan una cuestión de sensibilidad a los dictados más o menos objetivos de la ciencia médica. Es ese un asunto delicado, pero no lo ha sido de menor grado la aceptación en tantos países, entre los que figura el nuestro, del matrimonio civil entre personas de igual sexo.

No debe perderse la calma en los debates en curso ni cabe a nadie encerrarse en posiciones endogámicas, refractarias a aperturas del lenguaje coherentes con la dirección en la que marcha el mundo. Pero tampoco se trata de aceptar transformaciones lingüísticas a tontas y locas. La semiología enseña que las palabras no son más que códigos para entendernos y por eso, aunque haya resultado raro al principio, tiene alguna razonabilidad que el diccionario inglés Merriam-Webster agregara el denotativo “Mx”. Lo colocó entre el “Mr” del masculino y el “Ms” del femenino para denotar algún género no debidamente conocido. De lo que se trata, en definitiva, es de preservar, nada menos que en el uso de la lengua, el sano criterio que permita decirnos que la lógica de nuestras decisiones sigue ocupando un espacio entre nosotros, seres supuestamente cerebrales.

Cuidado con la caza de brujas al revés. Como bien sugiere el presidente de la RAE, que no se exija de nadie un exceso de corrección política que termine convirtiéndose en una censura perversa ajena a los partidos, a los gobiernos, a las iglesias. Que las minorías no atropellen injustamente a las mayorías, que también tienen sus derechos, y que nadie se olvide de que si una palabra o el modo en que se usa han sido receptados por el diccionario es porque la gente los había consagrado antes de tal forma.

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