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El misterio que esconden los genes y las redes neuronales de las personas que hablan decenas de idiomas

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Los hiperpolíglotas podrían tener un talento secreto en el sistema de funciones ejecutivas del cerebro. O podrían tener una variación genética específica: muchos son hijos de políglotas y tienen hijos que lo son. Esas y otras hipótesis se analizan en una investigación sobre el fenómeno que, desde la mención del “don de lenguas” en el Nuevo Testamento, fascina a los seres humanos.

Adul Sam-on, uno de los niños futbolistas que quedaron atrapados con su entrenador, y fueron rescatados, en la cueva de Tham Luang, en Tailandia había nacido en una zona de Myanmar, dentro de la etnia wa. Esa era su lengua, que también se habla en partes de China. Pero por la múltiple frontera —y por las actividades que allí se desarrollan— hablaba también no sólo birmano y tailandés, sino mandarín e inglés.

El chico de 14 años, emigrado a los seis, jugó un papel clave en el rescatefue el intérprete de los buzos británicos. Su condición de políglota resultó clave para que él, sus compañeros y su entrenador salieran con vida. Y también se reveló como algo característico del mundo globalizado: por sus condiciones de vida, muchas personas hablan varios idiomas.

“La gente que vive en una encrucijada de culturas —Melanesia, el sudeste asiático, América Latina, Europa Central, África subsahariana— aprende idiomas sin considerarlo un logro digno de atención“, escribió Judith Thurman en The New Yorker, en una exploración del fenómeno más misterioso detrás de la capacidad lingüística del ser humano: los hiperpolíglotas, las personas que hablan 20, 30 o más idiomas.

Thurman —también autora de una biografía de Isak Dinesen y otra de Colette, entre sus libros— viajaba hacia el aeropuerto JFK cuando escuchó que el taxista hablaba una lengua tonal muy extraña. “Es jausa”, le dijo. “Lo hablo con mi padre, cuya familia proviene de Nigeria”. Él era de Ghana, donde hablaba chuí con su madre. Pero con sus amigos también hablaba en ga, de Togo y Nigeria, y en ewé, común en Benín, Ghana y Togo.“Nuestra lingua franca es el inglés”, le explicó el hombre.

Aunque la palabra hiperpolíglota es reciente —la acuñó hace dos décadas el lingüista británico Richard Hudson, cuando comenzó la búsqueda internacional de la persona que hablase más idiomas— “el fenómeno y su mística son antiguos”, recordó la autora. En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos de Jesús y les da el don de lenguas, de manera tal que pueden predicar en los idiomas “de todas las naciones”bajo el cielo.

Durante el siglo I aC el greco-persa Mitrídates VI, rey del Ponto, que dominó 22 pueblos, “administró sus leyes en todos sus idiomas, y podía hablar cada uno de ellos sin emplear intérprete”, según el historiador Plinio el Viejo. Y Cleopatra —estableció Plutarco— rara vez necesitaba intérpretes.

La definición de hiperpolíglota le cabe a quien hable más de 11 lenguas. El más antiguo documentado, el cardenal italiano Giuseppe Mezzofanti (1774-1849) “dominaba al menos 30 idiomas y estudiaba otros 42”, escribió Thurman. Su nota se ocupa de sus pares del siglo XXI, que se inspiran “en grupos de Facebook, videos de YouTube, chats y gurúes del lenguaje como el británico Richard Simcott”, el organizador del encuentro anual Conferencia Políglota desde 2009, a la que asisten cientos de aficionados del mundo.

Thurman quiso ver cómo hacía un hiperpolíglota para aprender un idioma nuevo de cero. Acompañó al peruano Luis Miguel Rojas-Berscia —quien prepara su doctorado en el Instituto Max Planck de Psicolingüística, en Holanda— a Malta durante una semana.

Rojas-Berscia hablaba ya 22 lenguas vivas (castellano, italiano, piamontés, inglés, mandarín, francés, esperanto, portugués, rumano, quichua, chayahuita, aymará, alemán, holandés, catalán, ruso, chino hakka, japonés, coreano, guaraní, persa y serbio), de las cuales dominaba perfectamente 13. También conocía seis lenguas muertas, entre ellas latín, griego y el idioma ona o selk’nam, sobre el que había hecho su tesis de maestría. Por eso había sido el perito en el caso de un joven chileno que decía ser el último hablantede la lengua indígena de Tierra del Fuego.

Pero ese juego requiere sacrificios —Rojas-Berscia debió dejar una posible carrera en el tenis profesional para seguir sus estudios de lenguas— y, posiblemente, ciertas características genéticas y determinadas redes neuronales.

 

“A partir de una pequeña muestra de prodigios que estudiaron los neurolingüistas, que respondieron a encuestas en internet o que compartieron sus experiencias en foros, ha surgido un perfil parcial“, escribió la periodista de The New Yorker. “Un aprendiz extremo de idiomas tiene probabilidades más que promedio de ser homosexual, zurdo y varón, y ubicarse dentro del espectro del autismo, con un trastorno autoinmune como asma o alergias“.

Giuseppe Mezzofanti es el primer hiperpolíglota que registra la historia: hablaba 30 idiomas y estudiaba 42.

La parcialidad se evidencia, por ejemplo, en que Simcott, a quien no sorprendió la descripción que le presentó Thurman, es ambidextro, heterosexual y muy sociable. De los idiomas que domina, habla seis tan impecablemente que lo confunden con un nativo.

 

Hudson no logró encontrar al hiperpolíglota más extremo del mundo. Pero Michael Erard, un periodista estadounidense, continuó su pesquisa con otros métodos. Tras seis años de consultar bibliografía y archivos, entrevistar expertos y rastrear a todos los prodigios de los idiomas que pudo, en 2009 hizo una encuesta en línea que resultó “el primer panorama sistemático del virtuosismo lingüístico”: unas 400 personas identificaron su género, sus preferencias sexuales y otros numerosos detalles personales, entre ellos su coeficiente intelectual, que resultó superior al promedio.

 

Erard publicó su trabajo con el título Babel No More, en 2012, y lo definió como la etnografía de “una tribu neuronal”.

Debido a la globalización es cada vez más normal que las personas hablen varios idiomas. (iStock)

Uno de los líderes principales de ese grupo, Alexander Argüelles, tenía un método de aprendizaje: se levantaba a las 3 de la madrugada y transcribía dos páginas de árabe, dos de sánscrito y dos de chino —”las grandes fuentes etimológicas”— y continuaba con otros idiomas, de diferentes familias, hasta llegar a 24 carillas. Entonces —en general, ya amanecido el día— salía a correr con audífonos para escuchar sonidos ajenos, que repetía a los gritos. Al regresar estudiaba gramática y fonética.

 

En una hoja de cálculo anotó cuánto tiempo dedicó a distintos idiomas. Erard estudió 16 meses de registros diarios de Argüelles y encontró que había pasado el 40% de sus horas despierto estudiando 52 idiomas, con dedicación variada (466 horas de árabe, por ejemplo, y 4 de vietnamita).

 

Pero otros encuestados ni siquiera se acercaban a la dedicación de Argüelles. “Acepto los errores y la incertidumbre”, dijo uno, vagamente; “creo anclas mnemotécnicas”, dijo otro.“Tengo buena memoria para palabras sin sentido”, contó Simcott. En esa variedad, Erard distinguió tres tipos de hiperpolíglotas: los “genios definitivos”, “los que son buenos con los idiomas” y la gente como él. Sólo se consideraba un aprendiz esforzado como un estajanovista.

Michael Erard hizo la primera encuesta mundial de hiperpolíglotas y les dedicó su libro “Babel No More”. Cree que sus redes neuronales tienen características especiales. (michaelerard.com)

Erard, en cambio, los dividió en dos: los que tenían una estructura neuronal diferente —una imperativa “voluntad de plasticidad” del cerebro— y los que tenían una obsesión y la cultivaban.

 

Thurman habló con un neurogenetista, Simon Fisher, sobre la posibilidad de un cableado mental específico de los hiperpolíglotas. En 2001 Fisher participó en el descubrimento del gen FOXP2 y de su mutación hereditaria responsable de la dispraxia verbal, un trastorno que dificulta la pronunciación de sonidos, sílabas y hasta palabras. Ahora en el mismo Instituto Max Planck que Rojas-Berscia, estudia las variantes del ADN que se pueden correlacionar con el talento lingüístico.

 

“La genética del talento es terreno desconocido”, dijo. “Y una cuestión delicada. Pero no se puede negar el hecho de que el genoma nos predispone de ciertas maneras“. Argüelles, por ejemplo, es hijo de un políglota. Y la hija de Simcott era trilingüe a los 16 meses.

Alexander Argüelles es un hiperpolíglota extremo, que pasa el 40% de sus horas diurnas en la práctica de idiomas. (ProfASAr/YouTube)

Por ahora, Fisher conserva muestras de ADN de todos ellos; espera que alguna vez sea lo suficientemente grande como para permitir conclusiones. Pero le sugirió a Thurman que hablara con una colega de él en el Hospital General de Massachusetts, Evelina Fedorenko, quien también dirige un laboratorio en el MIT donde ha observado a varios hiperpolílotas en un resonador magnético.

 

Su pregunta de origen fue cómo encaja el lenguaje en la arquitectura general de la mente. “Es una invención tardía, en términos evolutivos, cuando ya mucho de la estructura del cerebro estaba tendida”, explicó la neurocientífica. Para averiguar si el lenguaje comparte un mecanismo con otras funciones cognitivas, o si es autónomo, inició sus exploraciones.

 

En las resonancias magnéticas que analizó, observó que las áreas sensitivas de la corteza cerebral (somatosensitiva primaria, visual, auditiva, gustativa y olfatoria) son distintas de las áreas que participan en el pensamiento complejo. “La gente que sabe leer y escribir utiliza una zona de la corteza para reconocer las letras”, ilustró Fedorenko. “La gente analfabeta no la tiene, pero la desarrolla si aprenden a leer”.

La neurocientífica Evelina Fedorenko, del MIT, estudia el cerebro de los hiperpolíglotas mediante resonancias magnéticas. (Carta/YouTube)

Todas las personas que pasaron por su resonador muestran menos actividad cerebral cuando emplean su lengua materna: les da menos trabajo. Cuanto más difícil se vuelve el desafío que presenta una lengua aprendida, en cambio, más zonas del cerebro se comprometen. Pero ese esfuerzo es menor para los hiperpolíglotas, observó. “No importa hasta la dificultad de la tarea, usan un área más pequeña del cerebro para procesar el lenguaje: menos tejido, menos energía”, señaló Thurman.

 

El hallazgo más llamativo es que el sistema de funciones ejecutivas del cerebro (que domina el control inhibitorio, la atención, la flexibilidad cognitiva y la memoria, entre otras), aunque está completamente separado de la parte del lenguaje en la corteza cerebral, no se altera cuando una persona común se enfrenta a un idioma desconocido. En cambio, en el cerebro de los políglotas se activa visiblemente. “Quizá muestra su lucha por captar una señal lingüística”, observó Fedorenko. “O quizá es donde reside su genio“, arriesgó la periodista de The New Yorker.

 

Por fin Rojas-Berscia aprendió maltés en una semana. Comenzó desde el aeropuerto, apenas llegó, preguntándole palabras al taxista. Pasó los días escuchando conversaciones ajenas en mercados y cafés y autobuses. Llegaba a cada noche con una pequeña cosecha de palabras nuevas para iniciar una conversación.

Los hiperpolíglotas se reúnen una vez por año en una conferencia global. (iStock)

El segundo día, cuando ya había comprendido los elementos esenciales (“formación del predicado, cómo cuantificar, la negación, los pronombres, los números, las calificaciones”; también “verbos de supervivencia como necesitar, comer, ver, beber, querer, caminar, comprar y enfermarse”) del idioma desconocido, buscó un guía. Pero no se adaptó fácilmente a la ayuda: “Por favor no me digas si el verbo es regular o no. Quiero que mi cerebro haga el trabajo de clasificar“, le dijo una tarde.

 

Al cabo del séptimo día, cuando Thurman y Rojas-Berscia se separaron, el peruano evaluó el pequeño experimento: “La gramática fue fácil. La ortografía es un poquito difícil, y los verbos son caóticos”. Podía leer fragmentos de las noticias en los periódicos y mantener una conversación mínima. Había aprendido unas mil palabras. El taxista que lo llevó al aeropuerto para que tomara su vuelo de regreso a Holanda le preguntó si había pasado un año estudiando la lengua en Malta.

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