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Día del lunfardo: por qué la “voz de la calle” está más viva que nunca

Tuvo sus orígenes en las últimas décadas del siglo XIX, a partir de los dialectos que trajeron los europeos al Río de la Plata. Si bien es asociado al tango, continúa expandiéndose con aportes tan variados como los del freestyle, el feminismo, el chat o la ficción tumbera

 

infobae

Cuando camina por las calles de San Cristóbal, Doña Otilia Da Veiga aguza el oído. “Entre la muchachada de mi barrio se escucha: ‘A Cacho hacele caso porque es un garbarino‘… O: ‘La vieja de Quique está re buena. ¡Ahre!'”. Otilia sonríe y anota mentalmente: “El tiempo dirá”.

Tal vez algún día no lejano, “garbarino“, “ahre“, como también “tinchísimo” o “same“, pasarán al olvido, o se depositarán en los diccionarios de lunfardo. En cualquier caso hoy, igual que hace un siglo, “el pueblo agranda el idioma”, para emplear el lema de la Academia Porteña del Lunfardo que preside Doña Otilia Da Veiga. Eso es justamente lo que se celebra cada 5 de septiembre en el Día del Lunfardo.

Lunfardo. Jerga empleada originalmente por la gente de clase baja de Buenos Aires, parte de cuyos vocablos y locuciones se introdujeron posteriormente en el español popular de la Argentina y Uruguay”, dice la Real Academia Española. Digamos algo más, junto con Luis Alposta (Mosaicos porteños, Planeta, 2017): “es, esencialmente, un conjunto de voces de muy diversos orígenes que se introducen en la conversación familiar de todas las clases sociales con fines expresivos, irónicos o humorísticos”.

Ya en 1928, Roberto Arlt ilustró magistralmente estos fines expresivos, en sus Aguafuertes porteñas del diario Crítica, cuando salió a defender al lunfardo de la ira de los puristas gramaticales “de cuello palomita”, como él los llamó, con ejemplos inapelables: “Cuando un malandrín que le va a dar una puñalada en el pecho a un consocio, le dice: ‘te voy a dar un puntazo en la persiana’, es mucho más elocuente que si dijera: ‘voy a ubicar mi daga en su esternón’. Cuando un maleante exclama, al ver entrar a una pandilla de pesquisas: ‘¡los relojié de abanico!’, es mucho más gráfico que si dijera: ‘al socaire examiné a los corchetes’.”

Roberto Arlt

El núcleo histórico del lunfardo se constituyó, entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, con voces traídas al Río de la Plata por la inmigración europea. “Otros argots nacen de la misma lengua a la que acompañan, de la lengua madre, digamos. Pero el lunfardo no nació del castellano –le explica Da Veiga a Infobae Cultura–. Nació sobre todo de los dialectos que se dieron cita en el patio de los conventillos, principalmente italianos, y también de otras lenguas europeas, pero en menor medida.”

Junto con el patio del conventillo, el lunfardo pasó de la vida real a la literatura, como lo explicó el cantor Edmundo Rivero, conspicuo lunfardista: “Al lunfardo concurren voces de la inmigración laboriosa, del lenguaje rural también orillero pero en retirada, todo un mundo cuyos caracteres y personajes se decantan en el sainete, pero cuyo lenguaje sólo quedará fijado por las letras de los tangos y las milongas, sobre todo a partir de los años veinte. No es solamente un paso de las orillas al centro, es una inserción decisiva de un modo de nombrar hechos y objetos, de chamuyar el mundo, que iba a ser asumida por casi toda la ciudad” (Una luz de almacén, Emecé, 1982).

El tango, en definitiva, le devolvió a la calle, embellecidas por la poesía, las invenciones que le pertenecen, y su divulgación masiva fijó el vocabulario en el habla cotidiana, porque como define José Edmundo Clemente: “El lenguaje viene de abajo, es demagógico, mandan los más”.

Del formidable uso que el tango clásico hizo del lunfardo proviene la presunción errónea de que el lunfardo se limita al vocabulario ligado a la producción histórica de ese género. Pero así como no todo el tango es lunfardo –el tango lunfardo es apenas una de las vertientes del género–, tampoco todo el lunfardo es tanguero, ni mucho menos.

Toda nueva voz que los hablantes rioplatenses ponen en circulación como alternativa consciente a otra oficial, y con su mismo sentido, puede ser considerada lunfardo. E incluso, también, ciertas palabras del español cuando se las emplea con un sentido que se aparta de la norma o en el contexto de una fraseología alternativa. “¿Cuándo una voz obtiene la carta de ciudadanía lunfarda? –se pregunta Otilia Da Veiga–. Pues cuando entra en la literatura… y eso suele depender de la frecuencia con la que esté fluctuando en el habla popular”.

El repertorio crece continuamente, con aportes tan variados como los del freestyle, el feminismo, el chat o la ficción tumbera. En palabras de otro experto, Oscar Conde: “El lunfardo está muy lejos de ser un vocabulario cerrado e histórico. Vive, crece, se modifica con nosotros y por nosotros. Carga un valor expresivo y afectivo –aun cuando se trate de palabras peyorativas o groseras– que dice mucho más de los argentinos que diez volúmenes de sociología. Lunfardo es la mejor palabra que tenemos para describir un habla popular detrás de la cual hay un simbólico único e intransferible.” (Lunfardo, Taurus, 2011).

Otro viejo mito, al que contribuye el origen de la propia palabra “lunfardo” (del romanesco “lombardo” = ladrón) es el que circunscribe el lunfardo al ambiente delictivo. En el imprescindible libro Lunfardía (Argos, 1953), el especialista José Gobello, fundador de la Academia Porteña del Lunfardo, afirmó: “Los lunfardos acuñaron en el ocio de las cárceles, con travieso concepto de la sinécdoque, tal vez algunas docenas de palabras: al reloj, lo llamaron bobo porque trabaja día y noche y no cobra, o quizás por la facilidad con que se lo podía robar; al anillo, brillo, por el resplandor de la gema; al preso que en los penales limpiaba las cloacas, tigrero y al excremento, tigre, por el color. Palabras de esa laya han ingresado oficialmente en la literatura rea”.

No obstante, desde el poemario de Carlos De La Púa La crencha engrasada (de 1928) hasta la serie televisiva El Marginal, noventa años más tarde, el lunfardo y la imaginería delictiva se conectan de modo recurrente. Como también confluyen en la definición del lunfardo formulada por Borges, que lo rebajó a una “tecnología de la furca y del cuchillo”.

Y a propósito, no fue el único desaire de Borges hacia el lunfardo. Se le atribuye este ocurrente retruque en una entrevista:

Señor Borges, ¿el lunfardo se está extinguiendo o sigue vital?

Borges: ¡Seamos optimistas y digamos que no existió nunca!

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