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Debate por el lenguaje inclusivo Nuestro idioma en el banquillo por machista

Como el idioma es determinante para la percepción y valoración de los géneros, diversos grupos batallan por una mayor visibilización de la mujer en las palabras. Un análisis y opiniones enfrentadas.

 

Clarín

Este año tomó protagonismo el uso de la letra e como nueva marca de género (“todes”). Si bien muchos especialistas lo limitan a los militantes del feminismo y del colectivo LGBTQI, su empleo se ha extendido entre adolescentes y jóvenes de todo el país. Por ejemplo, Emma de 12 años, de Bariloche, y Violeta de 16 años, de la Ciudad de Buenos Aires, lo utilizan de manera frecuente. “Lo uso en el colegio todo el tiempo, ya sea en las clases o en los recreos con mis amigues y compañeres, porque la mayoría de elles también lo usan”, comenta Violeta Méndez, alumna del Liceo 9. “Los pronombres masculino y femenino ya no son suficientes, y es necesario ampliar nuestro lenguaje para no encontrarnos en la situación de estar dejando de lado a un grupo amplio de personas”, agrega. De acuerdo con María Marta García Negroni, doctora en Ciencias del Lenguaje e investigadora principal del Conicet, esta discusión “pone en primer plano la necesaria reivindicación de la mujer en el mundo contemporáneo, así como también de las otras elecciones genéricas”.

En este sentido, el uso de la forma -e plantea una alternativa para dar cuenta de la diversidad de géneros y escapar del sistema binario. Por eso también se registra el uso en singular: “Estoy contente” o “Soy niñe”. Aquí la -e funciona como una marca de reparo ante el género impuesto socialmente. Tiene la ventaja, a diferencia del @ y de la x, que puede usarse en la oralidad, aunque conlleva sustanciales transformaciones morfológicas. Al respecto, García Negroni cuestiona la factibilidad de su sistematización, porque “implica un cambio fuerte del sistema del español, que pasaría de un sistema morfológico con dos géneros (y un neutro en casos como esto, lo, etc.) a otro distinto en el que, por un lado, se mantendrían dos géneros (para los sustantivos y adjetivos que no remiten a seres humanos) y, por el otro, tendría un único género (terminado en -e) para sustantivos y adjetivos que remiten a seres humanos”. De ahí que la sistematización de esta variante sea una incertidumbre. Por ahora, la usan algunas comunidades de hablantes en determinadas situaciones y géneros discursivos.

Sin dudas, todas estas formas de lenguaje inclusivo generan efectos de sentido que nos interpelan como hablantes y por eso muchas veces nos incomodan y desestabilizan. Son marcas lingüísticas de disenso, funcionan como espacios de puesta en escena de la otredad, emergen como huellas de la diversidad históricamente soslayada.

Si bien los movimientos que cuestionan el carácter patriarcal y sexista del español surgieron hace unas cuantas décadas, el debate sobre el uso del lenguaje inclusivo se instaló con fuerza en los últimos años. Comenzó con los reclamos feministas, se cimentó a través de los estudios de género y de la lucha del colectivo LGBTQI, se plasmó en cuantiosas guías de lenguaje no sexista y ahora fluye en el discurso de gran cantidad de hablantes, para escándalo de muchos.

Cabe tener presente que, en los 90, los estudios de Judith Butler propiciaron la idea de que el lenguaje constituye un factor determinante en la construcción del género. Desde esa perspectiva, puede considerarse que el lenguaje actúa sobre los imaginarios sociales y, por ello, es necesario intervenirlo, con el fin de lograr la visibilización de la mujer y mostrar una apertura hacia la diversidad de género.

Respecto del español, ya en 1995, Carmen Alario, Mercedes Bengoechea y Ana Vargas, integrantes de la Comisión Asesora sobre el Lenguaje del Instituto de la Mujer, de Madrid, sostenían que el uso del masculino genérico “se basa en un pensamiento androcéntrico que considera a los hombres como sujetos de referencia y a las mujeres seres dependientes”.

Recordemos que, según la gramática de la RAE, cuando se hace referencia a sustantivos que designan seres animados, el masculino designa la clase que corresponde a todos los individuos, sin distinción de sexos. Por ejemplo en la frase “Los científicos defienden sus derechos” se estaría incluyendo tanto a hombres como a mujeres. Por eso, se dice que el masculino es un género no marcado, ya que alude al miembro de una oposición binaria que puede abarcarla en su conjunto, lo que hace innecesario mencionar el término marcado (el femenino).

Por el contrario, los movimientos que abogan por el lenguaje inclusivo sostienen que el uso del masculino genérico produce ambigüedades y confusiones. Por ejemplo, en el caso anterior se estaría ocultando a “las científicas”. Entonces, y a partir del postulado de que la utilización del masculino para referirse a los dos sexos no consigue visualizar a la mujer, diversas guías –especialmente a partir del año 2000– propusieron formas alternativas para tender a un lenguaje no sexista, como el desdoblamiento o doble mención (“chicos y chicas”) y el reemplazo por sustantivos abstractos (“el estudiantado” por “los estudiantes”), así como el uso de barras (“los/as trabadores/as”), el arroba (l@s trabajador@s) y la x (“lxs trabajadorxs”) en los textos escritos.

La postura de la RAE resulta categórica: desestima estos usos, por agramaticales en el caso del @ y la x, o por artificiosos e innecesarios respecto de los desdoblamientos. En cuanto a la doble mención, la Nueva gramática de la RAE explica: “El circunloquio es innecesario cuando el empleo del género no marcado se considera suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo”. Por su parte, Ignacio Bosque, miembro académico de la RAE, sostiene que no debe sacrificarse la eficacia, la economía y “naturalidad” del español frente a una pretensión de visibilidad.

Pero como bien se sabe, las academias y las normas no pueden dominar el uso de la lengua, y las formas lingüísticas inclusivas circulan con ímpetu. Aparecen principalmente en intercambios orales y en ciertos géneros escritos de las nuevas tecnologías, de índole informal, como en las redes sociales. Pero ¿qué sucede en los textos escritos que escapan a la mera decisión personal y deben adecuarse a políticas editoriales? ¿Qué postura toman los profesionales de la edición?

Para delinear algunas respuestas, en primer lugar es preciso aclarar que la representación de los editores y correctores como fundamentalistas de la RAE y guardianes del purismo caducó. Lejos de ello, en la actualidad, es necesario que se manejen con sensibilidad y flexibilidad para adaptarse a los géneros discursivos, los destinatarios, las variedades lingüísticas y las hojas de estilo de cada editorial o medio de comunicación donde trabajan. Obviamente, tienen que conocer la normativa a la perfección, pues deben atender a los aspectos ortográficos y gramaticales de los textos. Sin embargo, algunas cuestiones pueden ser fruto del debate y consenso del equipo editorial. El uso del lenguaje no sexista es una de ellas. Por ejemplo, en las guías de estilo de revistas científicas o bien de organismos públicos, como el Ministerio Público de la Defensa de la Nación o la Cámara de Diputados, suelen figurar pautas de lenguaje inclusivo. En un libro editado por el Ministerio de Salud, una nota inicial fundamenta el uso de la x a lo largo de la obra: “No se han utilizado pronombres como el y la, sino que se han marcado con una x las vocales que generizan los pronombres, reconociendo y visibilizando así los paradigmas e identidades que cuestionan el sistema binarista”.

¿Pero qué sucede en los otros ámbitos? Generalmente, las hojas de estilo de las editoriales comerciales, como las académicas o escolares, no suelen presentar aspectos de lenguaje inclusivo. Las pautas siguen las indicaciones de la RAE y, por ejemplo, los desdoblamientos suelen percibirse como redundantes y como “obstaculizadores” de la lectura. No obstante, estos aparecen cada vez con más frecuencia. Por ejemplo, en un manual escolar editado este año se encuentra en varias secciones: “los chicos y las chicas que leen este libro”. Casos como este evidencian que, a pesar de que los desdoblamientos no figuren en las hojas de estilo, la necesidad de visibilización del género femenino se impone. Tal vez, con el tiempo, su uso encuentre un consenso y se incluya en las pautas editoriales, jurídicas y de toda índole.

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