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Quinientos millones de hablantes: ¿Mutación o una moda pasajera?

Masificar el uso de la neutra letra e en las terminaciones requeriría un esfuerzo de décadas en la enseñanza.

 

Clarín

A diferencia del latín, que es una lengua muerta, el español está muy vivo. Eso quiere decir que crece y se desarrolla. Y cambia. Sus cambios van atados casi siempre a los que se generan en la sociedad. Porque la lengua es, antes que nada, un hecho social. Y nadie puede dudar de que se están dando cambios sociales en este momento. Al menos en lo que a cuestiones de género se refiere. La irrupción de la mujer en la escena pública y su lucha por la conquista de derechos impulsan cambios en el lenguaje que, el tiempo lo dirá, son una moda efímera o una transformación incontestable.

Se han puesto en paralelo dos tipos de género: el género gramatical y el género social. El género gramatical se aplica a ciertas clases de palabras (el sustantivo, el pronombre) y en español puede ser femenino o masculino. El género social, por su parte, alude a la categoría sociocultural que, según el Diccionario panhispánico de dudas, “implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral” y que se relaciona con las identidades y los comportamientos de los sujetos.

Es evidente que esas dos acepciones de la palabra género pertenecen a órdenes diferentes. Pero no puede negarse la incidencia de una sobre la otra. No en el caso de los sustantivos generales, claro está; sí en el caso de los sustantivos y los pronombres que denotan seres sexuados.

De hecho, las últimas décadas han visto aparecer muchos femeninos construidos sobre masculinos. No hablo de los terminados en “ente” y su femenino en “enta” pues, además de que presidenta ha sido empleado desde 1906, el sustantivo sirvienta –del que nadie se ha quejado nunca– se registra ya en el siglo XIII. Hablo de títulos y cargos, como médica o ministra, que –con toda justicia (gramatical y social)– aluden a mujeres en femenino.

No es este, sin embargo, el caso que más preocupa a nuestro tiempo. Las discusiones del presente, cuando se habla de género en este sentido, se enfocan en la formación del genérico. En efecto, el empleo de los ciudadanos para referirse a los miembros activos de un Estado –tanto hombres cuanto mujeres–, por dar un ejemplo, ha comenzado a molestar a algunos grupos. Admitámoslo, existe un argumento: mientras el femenino es solo femenino (las ciudadanas), el masculino es masculino y es, a veces, el género que los abarca a los dos.

Para evitar esa molestia, se usó al principio la duplicación todos y todas, un uso no tan nuevo como se pretende (cualquier discurso que se precie, desde hace añares, empieza con el consabido señoras y señores).

Luego se prefirió el uso de la arroba (tod@s) y el de la equis (todxs), ambos, impronunciables. Ahora, en cambio, se ha optado por una e neutra y novedosa: todes. Hemos escuchado por televisión hablar de les diputades y hasta de les senaderes, construcción plural que ubica ese “nuevo neutro” en el singular masculino (senador) que le sirve de base. Y, para confirmar el uso, se ha hablado de une hije, de algunes alumnes y de ciertes legisladeres.

Puede ser que estas formas ajenas al español terminen prendiendo en el habla y se universalicen. Pero no hay dudas de que ese cambio llevará, como mínimo, varias décadas. Sería ilusorio pensar que, de manera inmediata, pudiera imponerse este uso desde las redes o desde los medios a la actividad lingüística de los más de 500 millones de hablantes del español.

Es que, en todo caso, se trata de una reforma monumental que agrega un género, el neutro, a todos (¡todos!) los sustantivos que aluden a seres sexuados, los pronombres que refieren a ellos y los adjetivos que los modifican. Un cambio como nunca se ha visto en la lengua española. Una transformación inusitada.

Más urgente es, quizás, por el momento, ocuparse de evitar las formas que molesten a quienes no sientan identificarse con los géneros tradicionales. Y de garantizarles la justicia que da la igualdad de derechos. Pero no solo en la lengua: también en el resto de la vida. Para el bienestar de todas. Y de todos. ¿O de todes?

 

Por Silvia Ramírez Gelbes

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