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El desastre de la lengua

El Cultural

Hace unos años, en Salamanca, en plena celebración del Congreso de Lengua Española, le preguntaron a Juan Rulfo por el estado de la misma lengua en la que escribió su inalcanzable Pedro Páramo. “Tal vez tendríamos que volver todos al latín”, dijo el novelista mexicano. Y sí, no era una boutade ni una salida de pata de banco, sino una llamada profunda y seria para con la maltratada lengua que hablamos tantísimos millones de personas en el mundo. ¿Qué ha pasado para que la gente, en general, hable tan mal su propia lengua española y los escritores escriban tan mal en una lengua que se supone que tendrán que conocer mejor que los demás? Sucede que se ha ido perdiendo el conocimiento gramatical de la lengua: ya se habla el español con menos de 1.000 palabras, con una pobreza léxica que clama al cielo y con una ignorancia total de las conjugaciones de los verbos, el valor de los adjetivos, el uso de las preposiciones y la etimología de las palabras. Se ha perdido el interés por el buen gusto al hablar, el culto a la lengua y se desconoce qué dicen las palabras cuando las pronunciamos. ¿Por qué? Porque se perdió por gusto de la moda el estudio y la disciplina del latín y el griego, que de ahí venimos cuando hablamos y pensamos.

Sí, tal vez habrá que darle la vuelta al error que estamos cometiendo en los planes de enseñanza y estudios desde que un pobre diablo llamado Villar Palasí, en 1973, se le ocurrió la locura de que las lenguas de las que venimos ya estaban muertas y que había que enterrarlas. Fue el principio de esta actualidad en la que no sabemos si echarnos a reír o llorar con los cabezazos que muchos se meten con su propia lengua al hablarla. Ya lo vemos: y encima no leemos. Antes, en un autobús o una guagua, en el metro o en cualquier “coche de hora”, incluso en los trenes y en el AVE veíamos gente leer libros mientras el viaje corría a su aire. Libros que, casi todos, eran para pensar, no sólo para entretener esas horas de intermedio de todos los días, de ida o vuelta del trabajo. Ahora, todo el mundo va con su telefónico y nadie lee, salvo honrosas y empecinadas excepciones. Y si no conocemos las lenguas de las que viene la nuestra, si no conocemos los mecanismos exactos de la lengua que hablamos y no leemos libros que nos hagan pensar, ocurrirá el desastre en el que ya andamos irremisiblemente metidos: no sabemos hablar, no leemos y tampoco sabemos escribir debidamente.

Y ese es el estado de la cuestión, sin paños calientes y sin llantinas celestiales. Da vergüenza escuchar de repente a un japonés que ha estudiado (y leído) español, por poner un ejemplo, hablar correctísimamente el español del mundo y escuchar a periodistas o profesionales de la comunicación que cometen errores garrafales por la falta de profundidad en sus estudios gramaticales y por el desdén con el que se expresan como si no hubieran estudiado nunca. De modo que volver al latín, estudiar el latín a fondo, volver a la gramática, volver a la lectura de libros de nuestra propia lengua, es todavía más importante que hablar la lengua inglesa con apenas 500 palabras, que es como habla el inglés la mayoría de la gente que dice haberla estudiado y dice hablarla.

La lengua es mucho más: es un placer hablarla bien y un desastre hablarla mal. Pero no importa: las autoridades políticas, ayudados no se sabe bien por qué expertos inútiles, siguen manteniendo que mientras el latín y el griego no sean lenguas que se hablen y se lean no sirven para nada. Error sobre error. Tanto el latín como el griego son las bases y los cimientos de esta lengua tan maltratada por todos nosotros, lo más seguro porque quienes la hablan y dicen conocerla la conocen mal y la hablan peor. Así nos va: de mal en peor, y de la pobreza léxica a la más vergonzosa miseria gramatical. Por eso se escucha cada vez más decir a cualquier mindundi que aparece en televisión que “discrepo contigo”, con un uso lingüístico que provoca sonrojo en quienes todavía tenemos un poco conocimiento de la gramática esencial de la lengua española, de aquellos que estudiamos latín y griego en el bachillerato y en la universidad para saber hablar y leer, para saber escribir, para enseñar a los demás a escribir y a pensar y hablar en una lengua riquísima que quienes mandan sobre nuestra educación, franquistas, demócratas, de izquierda y derecha, de centro y de media vuelta, desprecian porque ellos son los primeros que la ignoran. Pero, no: ya no regresará la sensatez, el buen decir, el mejor hablar, la sensación placentera de leer para pensar y pensar para leer. El desastre está servido, aunque un puñado de resistentes salgan a la calle, se planten ante el Ministerio de Educación y protesten porque se le den tantas alas al desastre lingüístico y tan pocas a la magnífica sapiencia de crear con nuestra lengua pensamientos abstractos.

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