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A cuarenta y cinco años de su muerte: regresa el Neruda incómodo*

cronicadigital.cl

En primer lugar, quisiera expresar en mi condición de socio de la institución de los escritores, el saludo de su Directorio Nacional, a la Fundación Pablo Neruda, por su responsabilidad de proteger el legado poético y cultural del poeta.   Saludar a cada una de las personas aquí presentes. Para la SECH el día 23 de septiembre de 1973, se instala como una procesión de la historia infame, a la que fuimos sometidos.

Para la SECH, la sola sospecha de asesinato de nuestro Premio Nobel, obliga al Estado chileno a cumplir sus compromisos y al mundo de la cultura, a exigir que se terminen los estudios necesarios en curso, que permitan despejar las dudas existentes, sobre los últimos días del poeta.

Nuestro continente vive momentos de tensión. Hoy, con más claridad que en otros momentos, podemos decir que habitamos la colonialidad, uso la categoría acuñada por Aníbal Quijano, para caracterizar un patrón de dominación global del sistema-mundo: moderno/mercantil/racista/patriarcal/clasista y genocida. Originado por la conquista europea, desde 1492.

Contemplo la realidad entonces, desde mi condición de mestizo indeterminado,  formado por las jerarquías de pensamiento de los colegios y universidades euro-centradas, mis costumbres, mis gustos, mi relación con las artes están mediadas por esa matriz.

Delimito un territorio que como comprenderán, no se refiere a un lugar geográfico, explicito la particularidad, que otros en su afán hegemónico nos han planteado como universalidad, no siendo más que la expresión de la experiencia; de un pequeño conjunto de seres humanos, hombres, blancos que difunden sus particularidades, en idiomas como: Inglés, francés, alemán e italiano.  Las llamadas “lenguas del conocimiento”.

Desde la línea demarcatoria del no ser, elaborada por Fanon, el psiquiatra y filósofo, nacido en la Martinica.   Sí, porque el ser se da en el espacio donde “yo pienso, yo conquisto”.   Así pues, desde el (No-lugar) vuelvo a encontrarme con Neruda, ese que a raíz de la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1971 manifestara: “Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes”.

Rescato en esta línea de acción y pensamiento, al Neruda que capta la herida colonial, las dimensiones del despojo, al poeta que escucha la voz de un otro que pide exprese su desconsuelo, a otro que no solo es el obrero precarizado, en horas extenuantes de trabajo. Se trata de escuchar el grito profundo del genocidio:

“Antes que la peluca y la casaca
fueron los ríos arteriales”.
…Nadie pudo
recordarlas después:
El viento las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio y sangre”.
                Canto General, Amor América

A mi juicio, este proceso de empatía, se da en el contexto de la persecución, de la condición de proscrito, tal vez -y lo más probable- sin medir siquiera el impacto de las palabras.

Enrique Lihn, en la revista Mensaje del año 1971, escribe un artículo titulado “20 años de la poesía chilena” donde exalta nada menos que “El Canto General” según el autor, este texto ubica al poeta “en cualquier tipo de alturas, empezando por las de Macchu Picchu”.

José Miguel Ibáñez Langlois, como no citarlo, en una recopilación de críticas literarias del año 1975, titulada “Poesía chilena e hispanoamericana actual”, se refiere a la influencia de Neruda en la poesía chilena, pero también a las dificultades de seguirla: “Neruda hipnotiza a sus discípulos y los absorbe; es único e inimitable, como una flor exótica de América. Puesto que ha tomado tan poco del pasado literario, no es mucho lo que entrega al porvenir de una cultura de la palabra. Neruda es una experiencia difícil de transferir, por su propio carácter telúrico; a esta clase de poetas debe -producirlos la naturaleza- no la cultura”.

La sentencia del sacerdote, nos sugiere que la posibilidad de un escritor de las características de Neruda, en el mismo país, con la misma capacidad de confluir en sí mismo; las fuerzas de la naturaleza y la historia, para convertirlas en palabra, y de manera más precisa en poesía, son remotas.  Incluso unas pocas líneas más adelante, el tono del crítico toma un sentido bastante hermético “…Los que han probado el sabor nerudiano, deben pasarse la vida librándose de él, para sacar voz propia y no repetir lo que hizo ya antes y mucho mejor el propio Neruda”.

La amenaza entonces, para las futuras generaciones se vuelve lacerante, estamos frente a una de las escrituras más potentes de habla hispana, no cualquiera puede aproximarse sin salir lastimado, extrañamente a pesar de la grandeza, de la potencia, estamos ante a una puerta clausurada.

Sartre, en el prólogo a “los condenados de la tierra” de Fanon, establece que el pensador afro-caribeño, incomoda las bases del pensamiento eurocéntrico, muchos de esos conceptos, pueden aplicarse al Canto General, obra que leída desde la desobediencia, la insubordinación epistémica y estética: cobra mayor sentido.

“Un ex indígena “de lengua francesa” adapta esa lengua a nuevas exigencias, la utiliza para dirigirse únicamente a los colonizados: “¡Indígenas de todos los países subdesarrollados, uníos!” Qué decadencia la nuestra: para sus padres, éramos los únicos interlocutores; los hijos no nos consideran ni siquiera interlocutores válidos: somos los objetos del razonamiento”.

Pese a los intentos por domar su mensaje, el niño de Parral, el adolescente de Temuco, regresa cada cierto tiempo y continúa siendo incómodo.

*Texto leído, en la conmemoración de los cuarenta y cinco años de la muerte de Pablo Neruda, realizado en La Casa Museo de Isla Negra.

Omar Cid
Escritor
Crónica Digital
Santiago de Chile 1 de octubre de 2018

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