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1978: el año en que Carmen Conde fue elegida “académico” de la lengua

lavanguardia.com

1978 fue también un año importante para el mundo de la lengua española: 264 años después de su fundación, la Real Academia aceptaba por primera vez que una mujer ocupara uno de sus sillones. Al día siguiente, uno de los principales diarios nacionales lo anunciaba así: “Carmen Conde, nuevo académico de la lengua”.

1978 fue también un año importante para el mundo de la lengua española: 264 años después de su fundación, la Real Academia aceptaba por primera vez que una mujer ocupara uno de sus sillones. Al día siguiente, uno de los principales diarios nacionales lo anunciaba así: “Carmen Conde, nuevo académico de la lengua”.

Una España a la que le faltaban aún tres años para que el femenino “ministra” recuperase su sentido tras décadas de gobiernos pura y exclusivamente masculinos.

En estos cuarenta años muchas cosas han cambiado en el ámbito de la igualdad de género, hasta el punto de que hace apenas unos meses la polémica lingüística fue si el actual Gobierno, de mayoría femenina, podía seguir llamándose “Consejo de Ministros”, o más bien debería ser un “Consejo de Ministros y Ministras” o hasta un “Consejo de Ministras” a secas.

La preocupación por si la lengua está reflejando adecuadamente los cambios sociales, y en particular el que se refiere al protagonismo femenino, es uno de los debates recurrentes en el mundo del idioma y ha llamado también a las puertas del texto constitucional.

¿UNA CONSTITUCIÓN EN MASCULINO?

El pasado mes de julio, la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, encargó a la RAE un estudio sobre “la adecuación” de la Constitución a un lenguaje “inclusivo, correcto y verdadero con la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres”.

El argumento del Ejecutivo es que la redacción del texto constitucional “en masculino” se corresponde con una sociedad de hace 40 años y traslada al cerebro solamente imágenes masculinas.

La postura de la Academia no parece muy a favor. Su director, Darío Villanueva, no cree que la española sea una Constitución “en masculino”, sino “escrita en español” y en español el masculino es el género no marcado que incluye a los dos sexos.

 

 

“No se debe confundir género gramatical con sexo biológico, ni aceptar esa forma perversa de censura posmoderna que es la corrección política”, asegura en declaraciones a EFE Villanueva, quien, no obstante, ha encargado un informe sobre el asunto a un grupo formado por dos académicos y dos académicas que luego deberán revisar y en su caso aprobar una comisión y más tarde el pleno de la Academia.

Otros colectivos, como el de las personas con discapacidad, han pedido también una revisión para eliminar de su artículo 49 la expresión “disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos”, quizá adecuada en 1978 (por extraño que hoy nos parezca, entonces se celebraba todavía el Día del Subnormal), pero que a estas alturas del siglo XXI es mayoritariamente rechazada por ese sector y por la sociedad en general.

¿ESPAÑOL O CASTELLANO?

Desde el punto de vista de la lengua, la Constitución de 1978 reconoce los demás idiomas de España, a los que no cita por sus nombres, como “oficiales en las respectivas comunidades autónomas de acuerdo con sus Estatutos de Autonomía” y establece el castellano como lengua oficial del Estado.

La decisión de llamar “castellano” y no “español” al idioma común, posiblemente influida por la necesidad de reconocer la existencia de otras lenguas tan españolas como él, fue muy debatida en su momento.

 

 

El entonces académico y senador Camilo José Cela propuso en una enmienda (finalmente rechazada) que el texto hablara del “castellano o español” pues son términos sinónimos.

Esta, la de la denominación del idioma, es otra polémica que aún hoy da algunos coletazos, pero que la Academia da por resuelta desde hace mucho: “Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos castellano y español” asegura en el “Diccionario panhispánico de dudas”.

Y EN LA CALLE…

Mientras las Cortes preparaban la ley fundamental de la nueva democracia y la Academia entreabría tímidamente sus puertas a las mujeres, en la calle de aquellos últimos años setenta muchos jóvenes adoptaron lo que se dio en llamar el lenguaje cheli.

“Era el lenguaje de la droga, de la cárcel, de la rumba, de los tenderos, de los taberneros, de los buscavidas. Los jóvenes de la movida tomaron muchas de estas palabras y las convirtieron en lo moderno, lo chachi, lo guay”, explica la periodista y escritora Mar Abad, autora de “De estraperlo a #postureo: Cada generación tiene sus palabras”.

Franco empezaba a ser un recuerdo para los más jóvenes, que “se sintieron libres y aprovecharon para rugir, para estirar el lenguaje tanto como les apetecía, para decir todo lo que no pudieron pronunciar sus padres ni ellos mismos cuando eran pequeños”.

 

 

“Empezaron a decir palabrotas, incluso a blasfemar; era una confirmación de su libertad de expresión. Vieron muy sexi el lenguaje de la droga y de las cárceles, y tomaron muchas palabras de ahí. Había una gran atracción por las voces de los mundos marginales y contraculturales”, asegura la periodista.

“Eran voces duras, ásperas, chulescas, desafiantes”, explica Abad, como pasar (y pasar millas, pasota, pasando), molar, guay, chachi, dabuten, demasié, flipar, movida, mogollón, mazo, teki (‘taxi’), keo (‘casa’), chupa (‘cazadora’), buga (‘coche’), caballo (‘heroína’), camello (‘traficante’), chungo (‘malo’)… Y los apelativos usuales eran tronco, tío, titi, colega…”.

Muchos de esos términos pasaron de moda. Algunos se quedaron, como tantas otras nuevas palabras y formas de expresarse surgidas en estas cuatro décadas de la mano de las nuevas generaciones, de internet y las redes sociales, de los medios de comunicación masivos, de los grandes cambios sociales y tecnológicos, de la presión de los anglicismos y hasta de la corrección política.

Y es que hoy hablamos una lengua que es la misma que la de hace cuarenta años y al mismo tiempo no lo es. Porque, como el río de Heráclito, aunque creemos que estamos inmersos en la misma lengua de entonces, sus elementos, su cauce, el caudal de palabras que corre por él (y también los propios hablantes), han cambiado siguiendo el compás del tiempo y sin que, a veces, nos hayamos dado cuenta.

Por Javier Lascurain

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