Reseñas

La «Ortografía de la lengua española» de 2010, una obra imprescindible

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La Ortografía de la lengua española de 2010, más allá de las polémicas que suscitaron en su momento algunas de sus propuestas, es la más completa de las ortografías académicas publicadas hasta ahora, pues no solo se limita a describir el sistema ortográfico de la lengua española, sino que se ocupa también de explicar detalladamente las normas que lo rigen.

Se trata, a todas luces, de una obra imprescindible, y por eso le dedicamos este artículo.

 

  1. La Ortografía de 1999, un insoslayable antecedente

El uso apropiado del léxico, el respeto por las reglas ortográficas y el conocimiento cabal de las reglas gramaticales son algunos de los valores que, a lo largo de los años, la Real Academia Española ha procurado transmitir a los hablantes de lengua castellana. Es por eso por lo que, de un tiempo a esta parte, la institución ha venido concentrando sus esfuerzos en tres publicaciones por demás representativas: el Diccionario, la Ortografía y la Gramática. La sola existencia de este clásico corpus normativo supone la aceptación de un muy trabajado y consensuado marco regulatorio que, sin embargo, no podrá ser nunca inamovible; de ahí que las obras aludidas deban actualizarse cada tanto, aunque, como es lógico, algunas precisen hacerlo con más frecuencia que las otras.[1]

En lo concerniente a nuestro tema, podemos decir que, desde la aparición de la primera Ortografía académica en 1741, se han publicado más de quince ediciones de la obra, aparte de manuales y compendios pensados para el uso exclusivo del estudiante.[2] Como es sabido, en las sucesivas ediciones se fueron simplificando o adaptando muchas de las reglas originales, siempre en aras de conseguir la tan deseada unidad idiomática,[3] unidad que recién se lograría en 1999 con la Ortografía de la lengua española, la primera en recibir el consentimiento de todos los países integrantes de la ASALE y la primera en ser presentada en América antes que en España.

La Ortografía de 1999 era una obra breve, sencilla y clara, que consiguió gran aceptación en toda la comunidad hispánica. Pero justamente por su brevedad y sencillez, el texto omitía muchos detalles, casos puntuales y problemas prácticos que se les presentaban de manera reiterada a los hablantes. Esta falta se resolvió mediante el servicio de consultas lingüísticas del Departamento de «Español al día» de la RAE, servicio que incluso en la actualidad asiste a miles de usuarios de Internet interesados en mejorar su conocimiento de la lengua. El resultado de este continuo intercambio fue una nutrida base de datos —con dificultades y soluciones concretas— que, en su momento, fue aprovechada para la elaboración del Diccionario panhispánico de dudas (2005) y que, años más tarde, proporcionó el material para que se redactara una nueva Ortografía, que sería esta vez más amplia, más profunda y más exacta.

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  1. La necesidad de una nueva Ortografía

 El camino hacia la elaboración de la nueva Ortografía estaba trazado, así que enseguida se tomaron cartas en el asunto. En el congreso de San Juan de Puerto Rico realizado en 2002, la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) tomó la decisión de revisar la Ortografía de 1999. Se dio inicio entonces a un exhaustivo examen en el que, naturalmente, participaron todas las academias. El escrutinio se complementó con el estudio de las reseñas y comentarios de otros especialistas de fuste y culminó en la ponencia que, por encargo de la presidencia de la ASALE, presentó el director de la Academia Chilena de la Lengua, don Alfredo Matus Olivier, en el XIII Congreso de la Asociación, que se llevó a cabo en 2007 en la ciudad de Medellín. El documento final, que recogía las conclusiones del análisis del texto de 1999 e instituía los lineamientos básicos de la nueva edición, fue aprobado por la totalidad de los académicos del congreso y, a la postre, revalidado por el pleno de las academias durante una reunión celebrada en Madrid ese mismo año. Según lo que nos cuenta sobre este episodio el prólogo de la nueva edición de la Ortografía, el documento en cuestión establecía lo siguiente:

  1. a) Las academias consideran necesaria una revisión de la Ortografía, pero se descarta la idea de una reforma ortográfica exhaustiva.
  2. b) Es conveniente eliminar, dentro de lo razonable, la opcionalidad abierta por las llamadas normas potestativas.
  3. c) Es necesario vigilar su coherencia con otras obras académicas.[4]

Siguiendo estas premisas, se le encargó al Departamento de «Español al día» dos tareas primordiales: la preparación de los borradores del texto y la creación de una Comisión Interacadémica que coordinara las actividades subsidiarias. Los borradores fueron revisados por los miembros de la ASALE designados para el caso, y sus observaciones fueron incorporadas de inmediato. La Comisión Interacadémica, no obstante, tuvo que reunirse en un par de ocasiones —primero en Santiago y Valparaíso (Chile), y después en San Millán de la Cogolla (España)— para debatir los puntos más controvertidos y garantizar así el anhelado (aunque por momentos difícil) consenso. El texto básico de la obra terminó por aprobarse el 28 de noviembre de 2010 en la FIL de Guadalajara, en el marco del homenaje que la Feria le rendía a Castilla y León ese año. La obra impresa se presentó oficialmente en Madrid al mes siguiente, en una sesión conjunta del pleno de la RAE y de las consabidas academias asociadas.[5]

ASALE
Asociación de Academias de la Lengua Española

3. Características de la obra

La redacción de la nueva Ortografía se llevó a cabo desde un enfoque teórico que se basaba en la siguiente premisa: la Ortografía es esencial para el funcionamiento de la lengua. Este postulado, que bien puede parecer una obviedad, comporta de algún modo una reivindicación de la escritura. Como se sabe, las corrientes lingüísticas iniciadas a principios del siglo XX le concedieron al lenguaje oral una importancia superlativa, relegando así las disciplinas relacionadas con la escritura a un plano poco menos que marginal. Indiscutiblemente, la Ortografía fue víctima de esta tendencia. En la nueva obra, no obstante, se vislumbra una puesta en valor de la disciplina, que se «presenta como un conjunto de sistemas convencionales de representación gráfica que, aun hallándose en relación estrecha con los sistemas de la lengua oral, poseen autonomía»[6]. Esta autonomía, por ejemplo, puede advertirse en el hecho irrefutable de que la evolución de la lengua y la de los sistemas ortográficos no es en absoluto pareja, y esto se debe a que, mientras las demás áreas lingüísticas (fonología, morfología, sintaxis y léxico) se encuentran supeditadas a variaciones geográficas, sociales y culturales, la Ortografía se concibe a sí misma como un código uniforme en el que ninguna de estas variaciones tiene mayor injerencia.

Como si todo esto fuera poco, la nueva edición de la Ortografía de la lengua española posee características que la convierten en una obra imprescindible. Se trata de un texto coherente, es decir, de un texto que procura evitar tanto las normas ambiguas como los preceptos contradictorios,[7] pero también se trata de un texto que presenta una minuciosidad descriptiva muy superior a la de la edición de 1999, aspecto este que seguramente habrá influido en su volumen.

Sucede que la mayoría de los tratados ortográficos anteriores estaban pensados para ser aplicados en niveles básicos de enseñanza. De ahí que su contenido se redujera a un número ajustado de reglas orientativas sobre acentuación gráfica, puntuación, uso de mayúsculas y minúsculas, abreviaturas y otros tantos elementos del sistema. El nuevo texto académico se presenta, en cambio, «como una ortografía razonada, por cuanto reflexiona sobre sus fundamentos, sobre su ámbito y campo de aplicación, sobre su naturaleza de convención gráfica, sobre sus relaciones con otras disciplinas lingüísticas, sobre su autonomía, sobre sus principios, sobre los ideales que persigue, sobre las causas de su evolución, sobre las reformas, etc.».[8]

Pero lo que hace más interesante a la nueva Ortografía de la lengua española es su carácter panhispánico. Dicho de otro modo, los méritos que se enumeraron más arriba fueron fruto del trabajo coordinado de las veintidós academias que integran la ASALE. Esta vocación panhispánica puede observarse incluso en los ejemplos propuestos para cada norma o recomendación —tanto las históricas como las que forman parte de las novedades[9]—, ejemplos que fueron tomados de las distintas variedades lingüísticas que existen en el territorio de habla hispana.

[1] Por la constante incorporación de neologismos, tecnicismos, regionalismos y extranjerismos, el Diccionario es la obra que más frecuentemente se actualiza. En el extremo opuesto se encuentra la Gramática, que, por la relativa estabilidad de su materia, no ha sufrido modificaciones significativas desde 1931 hasta 2009, año en el que se publicó la esperada Nueva gramática de la lengua española.

[2] Las primeras reglas ortográficas formuladas por la Academia aparecen en el Discurso proemial de la orthographía de la lengua castellana, que estaba incluido en el primer tomo del Diccionario de autoridades de 1726. Por otra parte, vale la pena recordar que, en las sucesivas ediciones de las Gramáticas, la Ortografía aparece, o bien como una de sus partes (hasta la edición de 1931, la Gramática se dividía en Analogía, Sintaxis, Prosodia y Ortografía), o bien como la transustanciación de los códigos fonológicos en el código gráfico de la lengua (en el Esbozo, la Ortografía aparece como un apartado de la sección correspondiente a la Fonología).

[3] Actualmente, junto a la obligación de «establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección», la RAE tiene como objetivo prioritario velar por la unidad del idioma, con el propósito de que «los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de los hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico» (art. i). Esta idea de unidad ha estimulado la vocación panhispánica que se observa en la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005), la Nueva gramática de la lengua española (2009), el Manual de la Nueva gramática, el Diccionario de americanismos y, por supuesto, en la obra que aquí comentamos, fruto todas ellas del trabajo mancomunado de la RAE y de la ASALE.

[4] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010.

[5] La Ortografía de la lengua española se presenta en la actualidad en tres versiones: la original, la básica y la escolar.

[6] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Óp. cit.

[7] Si bien en términos generales esto es cierto, la ambigüedad del apartado dedicado a la «prohibición» de la tilde en el adverbio solo suscitó una polémica que perduró casi hasta el día de hoy. Como es sabido, los defensores de la tilde (entre los que se encontraban escritores, periodistas, editores e incluso miembros de la RAE) se ampararon en esta ambigüedad para desestimar el contenido del apartado en cuestión, pues, a diferencia de otra importante novedad como lo fue el de las palabras guionfietruhan, etc., en donde se precisa que estas «se escribirán obligatoriamente sin tilde, sin que resulten admisibles, como establecía la Ortografía de 1999, las grafías con tilde», el controvertido apartado dice lo siguiente: «a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en estas formas [refiriéndose al adverbio solo y a los pronombres demostrativos] incluso en casos de doble interpretación». Está claro que el sintagma se podrá prescindir no expresa una prohibición, sino más bien una alternativa. A raíz de este aparente problema interpretativo, el mismo coordinador de la Ortografía de 2010, Salvador Gutiérrez Ordóñez, tuvo que reconocer que en la obra se presentaron una serie de «propuestas normativas», cuyo incumplimiento constituiría, en efecto, una falta ortográfica, y una serie de «recomendaciones», que no necesariamente debían interpretarse como normas. Así pues, la última Ortografía, luego de explicar los fundamentos por los cuales no debe usarse la tilde en solo, «recomienda» que no se use, aunque no condena a quienes, «por costumbre», quieran seguir utilizándola. Los partidarios de la tilde lograron así una victoria parcial que se coronó con una entrada del mismísimo DLE, que, en su versión digital de 2017, muestra al adverbio sólo, con su histórica tilde diacrítica, como alternativa a la palabra solo en caso de que haya riesgo de ambigüedad, es decir, tal como se la admitía hasta 1999. La recomendación de la Ortografía de 2010, no obstante, sigue en pie, y cada día son más los usuarios de la lengua que la siguen. Así que es posible que, más temprano que tarde, alcance el estatuto de norma.

[8] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Óp. cit.

[9] Aquellos que deseen saber cuáles son las principales novedades de la Ortografía de 2010 no tienen más que seguir este enlace.

 

Por Flavio Crescenzi

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