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De ortografía

naiz.eus

Si alguien desea escribir correctamente sin faltas de ortografía, nada se lo impide. Si no lo hace, será porque no querrá. Es muy fácil culpar al sistema educativo de su incompetencia ortográfica.

 

16/11/2018

 

Para unos, la ortografía es rémora para la inteligencia lingüística y por lo mismo habría que jubilarla, como pedía García Márquez en el congreso de Zacatecas, en 1997; para otros, como Darío Villanueva, director de la RAE, sin una ortografía esplendorosa no se puede ir a ninguna parte; menos aún a unas oposiciones para maestro, porque el suspenso está más que anunciado.

Hoy sabemos que la buena ortografía depende, entre otros factores, de la competencia lingüística, que es resultado de un desarrollo óptimo de la competencia lectora y de la competencia escrita, además de la competencia metalingüística –esa capacidad que reflexiona sobre la lengua que uno utiliza cuando escribe y cuando habla, para saber si lo hace de un modo competente, eficaz y, en ocasiones, de forma literaria–. Pero conviene indicar que es la voluntad del hablante la condición esencial para ser competente. Sin ella cualquier ortopedia didáctica se vuelve inútil.

Si la buena ortografía se relaciona con el desarrollo de tales competencias, habría que inculpar, caso de hacerlo, a su déficit, y no a las redes sociales que, según dicen, han invadido todo de negrura gramatical. Las redes serían efecto, nunca causa. Y, desde luego, utilizar las redes sociales para mostrar la pésima formación lingüística que el individuo recibe a lo largo de su periplo curricular y culpar por ello a los maestros, es tan injusto como disparatado.

La incompetencia ortográfica de los individuos no es solo un signo del fracaso del sistema educativo. La ortografía nunca ha cotizado en la Bolsa de los valores apetecibles de la sociedad. A la sociedad le importa tres pepinos la ortografía. Por esta razón, que es más que suficiente, ya puede la escuela esmerarse en hacer virtuosos Nebrija de su alumnado que la sociedad en una legañada los hará trizas. La ortografía no tiene ningún prestigio social. ¿A quién se le exige escribir correctamente para acceder a un puesto de trabajo? Y mejor que sea así, porque, si no, estaríamos todos en el paro.

El aprendizaje lingüístico no se reduce únicamente a dominar la ortografía, ni a disecar oraciones. Se puede escribir correctamente y no decir nada. Y al revés. Escribir textos con errores y conseguir que, no solamente sean calificados como literarios, sino premiados por un hipócrita establishment que solo ve la paja en ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

Es cierto. Aunque los objetivos de leer, escribir y pensar lingüísticamente forman parte de las programaciones escolares, rara vez reciben un desarrollo pragmático en las aulas. Las prácticas lectoras, de escritura y de reflexión metalingüística dejan mucho que desear. De hecho, el mayor déficit del sistema educativo actualmente es la escritura. Y, si escribir no figura entre los objetivos del sistema educativo, tampoco habrá necesidad de hacerlo de ninguna forma, correcta o incorrecta.

Lo que importa es que una persona, además de salir del sistema educativo con una ortografía aceptable, es que adquiera una cierta predisposición responsable y ética hacia el uso de la lengua, tanto hablada como escrita. Y dispuesto a mejorar su formación lingüística, porque esta es de larga duración, para toda la vida. Recuerden al escritor Karl Kraus, cuando en el lecho de muerte, al oír la noticia de que los japoneses habían invadido Manchuria, dijo: «Nada de esto habría sucedido si hubiéramos sido más estrictos en el empleo de la coma».

Bromas metafísicas aparte, diré que, si alguien desea escribir correctamente sin faltas de ortografía, nada se lo impide. Si no lo hace, será porque no querrá. Es muy fácil culpar al sistema educativo de su incompetencia ortográfica. Es posible que en un primer momento la tuviera, pero sería ridículo culparlo después de haber abandonado la institución escolar hace un porrón de años. Pensemos. ¿Qué interés tiene una persona en escribir correctamente si en su vida ordinaria no tiene necesidad alguna de escribir, ni siquiera la lista de la compra? Y, cuando lo haga, ¿qué le importará escribir huevos que huebos?

El desarrollo de la competencia lingüística está ligado a formas autoritarias de enseñar la lengua. Mientras esta enseñanza no se convierta en un aprendizaje cálido y significativo, poco se mejorará esa competencia. Si una persona no encuentra en sí misma motivos para escribir, es inútil cualquier enseñanza de la ortografía y de la pasiva refleja. Cuando se siente la necesidad de escribir, no es necesario apremiar a nadie para que lo haga correctamente. Surge motu proprio, sea alumno de secundaria o profesor aspirante a una plaza.

Nuestro sistema autoritario de enseñanza considera que el aprendizaje de la ortografía se aprende por ósmosis o por el habitual sistema conductista, estímulo y respuesta, por el que se enseñan verbalmente la mayoría de los conceptos de cualquier materia. No existe tal milagro. Cualquier aprendizaje requiere una interiorización afectiva e intelectual personal. La ortografía, también. Si una persona no siente la necesidad de escribir, le dará igual utilizar la j que la g, la v que la b.

En estas circunstancias, aunque el profesorado conozca los procesos intelectuales que se concitan en este aprendizaje y los aplique, nada conseguirá de un alumnado que no ha interiorizado dicha necesidad por los motivos que sea.

Algunos bienintencionados aseguran que la mejor manera de adquirir una buena ortografía consiste en leer. Si fuese así, explicaría muy bien la situación actual de orfandad ortográfica. En la mayoría de las aulas, las prácticas lectoras no existen. Menos mal que la correspondencia entre leer y tener buena ortografía no es del todo exacta. Para que lo fuera, habría que leer como escritor, una modalidad de lectura que, tampoco, abunda en los predios escolares.

La buena ortografía del alumnado y la de los futuros opositores a maestros, a médicos, arquitectos o ingenieros, requiere un planteamiento interdisciplinar. Bien sabemos que no todos los profesores lo son de lengua, pero ninguno de ellos, sean de matemáticas o de física, se libra de usarla para transmitir sus conocimientos. Por tanto, como cualquier otro objetivo didáctico, el de la ortografía, sobre todo, si se le da importancia académica, tendría que formar parte del aprendizaje interdisciplinar en todas las áreas del currículum. Pues su uso correcto y funcional afecta a todas ellas. Si no, estaremos abocados a corregirla y puntuarla sin enseñarla, algo, por desgracia, muy habitual.

Además, el ejemplo que nos dan las autoridades gubernamentales educativas no es nada ejemplar. No, no lo digo porque muchos de sus funcionarios cometan cantidad de errores gramaticales en sus escritos. Solo quien usa la lengua cae en ellos. Seguro que los analfabetos nos los cometen. Por eso, decir, como dice el director de la RAE, que en el franquismo se cometían menos faltas de ortografía que hoy, suena a sarcasmo.

Lo decía por el hecho de que ya es hora de que las autoridades educativas encarguen a los expertos una investigación sobre este particular, deparándonos un método para hacer del ciudadano un ciudadano ejemplar, ortográficamente hablando. Caso de que exista dicho método, claro.

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