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La marmita maravillosa

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Necesitábamos un libro que nos hiciera felices e Ignacio Peyró nos lo ha dado. Para el autor se diría que escribirlo ha sido como erigir un panteón; para los lectores, leerlo es como es entrar en un balneario. Tal es el primer mérito de Comimos y bebimos (Libros del Asteroide): abrir un paréntesis de goce puro y sin reserva en la vinagrera política en que flotamos. El remedio que tienta Peyró es conocido: destapar la marmita maravillosa de la memoria y hacernos sonreír ante las cosas de un mundo que no es, como suele decirse, el de ayer, lejano y soñado, sino el de anteayer, vivido y aún reconocible, como un galeón hundido que pudiera reflotarse para una última travesía.

Como todos los grandes libros –este lo es– solo en apariencia es lo que parece: un breviario sobre cocina. Es en realidad una crónica generacional, donde se juntan, grosso modo, dos nostalgias: la de la España vivida y la de la Inglaterra que fue, las dos amadas patrias del autor. Tampoco Peyró, el mejor escritor español de su generación, responde exactamente a la etiqueta que a veces se le pone, la de conservador. Más bien, cómo el mismo se define, «un rastreador de lo viejo», que sabe que no hay literatura como la que guiña un ojo cómplice al pasado inmoderado, ese país extranjero donde todo era más colorido y excesivo, como esas comilonas que describe y van camino de la extinción por obra de unas costumbres pasteurizadas en tiempos en los que «vende menos comer que correr». Por tanto, yo diría: Peyró es un anticuario. Sobre todo, un sabio, más juvenil de lo que se pregona, pero precozmente avisado de esa sabiduría que da en haber prescindido de las ilusiones para abrazar la alegría. Porque, como dice Peyró, a Dionisio hay que agradecerle hasta el menor de sus dones.

El libro, nótese, se llama Comimos y bebimos, y no Comamos y bebamos. Un bello título que nos reconforta en el hecho de que en lengua española no se haya perdido el pasado simple, ese tiempo que, enseña la gramática, hace que la acción enunciada se considere ya terminada. Dejamos atrás los tiempos del nunc est bibendum horaciano, como una estela de felicidad, y nos adentramos, con el corazón bien temperado, en la edad adulta. Adiós juergas y francachelas, el príncipe Hal se despide de Falstaff: es hora de estirar la esperanza de la vida. Pero antes de la dieta y el deporte, echemos un último vistazo a los clubs de caballeros de Londres y a las gasolineras de Castilla, anudadas en el mismo trance de extinción; a las barras de astracán y los alcanforados figones, a los restaurantes donde quisimos cortejar; a los vinos legendarios y las desteñidas etiquetas de las viejas gaseosas. A «los gordos de antes», que lo eran porque comían de más, pero siempre bien. Al primer bar.

Formalmente, el libro se escribe en breves apuntes semanales, a modo de almanaque no del todo arbitrario. No hay página que no provoque, sin esfuerzo, una sonrisa, fruto, a mi entender, de la facilidad del autor para la imagen sin gastar, la comparación feliz y sencilla, como para compensar la desbordante erudición de sus saberes. Para Peyró, por ejemplo, una botella se deja «cadáver», un emperador se «condecora con lamparones» y cierto restaurante es caro «como casar a un hija». Libro, en fin, para el disfrute de todos, pero que gozará hasta el pataleo quien tenga en común con el autor unas mocedades madrileñas. Yo mismo, que en el libro he visto reflejada mi bobalicona y pretenciosa adolescencia –fase que, en mi caso, va de la niñez al matrimonio– aunque con algunas zonas de discrepancia: ¡a las chicas, Ignacio, se las lleva a Segovia y no a Toledo! Tanto da: necesitábamos un libro que nos hiciera felices y Peyró nos lo ha dado.

 

Por Juan Claudio de Ramón

 

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