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Por qué hay tanto cachondeo con el acento andaluz: de Chiquito a Arrimadas

elespanol.com

El acento andaluz nunca anda exento de polémica y guasa: chirría siempre a los centralistas. La última chanza al respecto la ha protagonizado Inés Arrimadas a cuenta del vídeo electoral en el que charla con una vecina del Barrio de la Viña, en Cádiz. A la política de Ciudadanos se le han echado las redes encima por su insólita manera de aspirar las eses, al más puro estilo gaditano, mientras conversaba con su interlocutora andaluza. Muchos le han afeado que forzase el habla sureño para recaudar votos. Otros recuerdan que nació en Jerez de la Frontera, donde vivió hasta los 18 años. Unos últimos apuntan que es habitual emular un acento ajeno para fomentar la interacción, la empatía y la comprensión.

Sea como sea, el andaluz arrastra prejuicios: ahí están los “catetos”, “los graciosos”, los “pobres”, los “incultos”… el sonido de su acento provoca risa. Provoca que el mensaje no se tome en serio. Hay ahí una condescendencia clasista, incluso en los casos en los que la sociedad se ha encariñado con un andaluz a partir del humor, como con el ecuménico Chiquito de la Calzada.

Bajo todo ese aprecio late el: “¿Eres andaluz? Cuéntame un chiste”. Suerte que el malagueño era cubista, reventaba a vanguardias y creó un diccionario propio que partía del andaluz pero también se independizaba de él, allá donde nadie pudiese decir que estaba “hablando mal”.

La riqueza del andaluz

Dijo el escritor Fernando Quiñones que el andaluz “lleva enriqueciendo al español y contribuyendo a desenquilosarlo desde el siglo XVII”, pero lo cierto es que ni siquiera su excepcionalmente prolífica tradición literaria -de Góngora a Antonio Gala pasando por Machado, Lorca o Alberti- ha conseguido sacudirle el estigma. Poco importa a los prejuiciosos que la primera Gramática castellana, que data de 1492, fuese escrita por el sevillano Antonio de Nebrija: ahí el estudio inaugural de nuestra lengua y sus reglas. Este humanista, consciente de las aportaciones creativas del andaluz, afirmaba que “el idioma es el instrumento del imperio; el dialecto, la afirmación de la personalidad”. Otros especialistas consideran que el andaluz es un “habla” por su parecido con el español respecto a estructuras y léxico.

Más allá de esta reyerta, los filólogos llevan décadas tratando de desmontar el tópico de que el español puro es el que se habla en Valladolid -y que el andaluz es un mal castellano-, pero su divulgación no surte efecto. “Ninguna modalidad lingüística es inferior a otra si cumple la función de la comunicación”, aprietan los expertos, pero hay quien no supera los efectos del seseo, del ceceo, del lleísmo, de la alternancia, de la aspiración de la “s”, de la elisión de la “d” o del “jejeo”. Relacionan estos dejes con incorrección, aunque sólo hablan de mezcla cultural, como veremos más adelante.

No hay un “andaluz”, hay “hablas andaluzas”

Partiendo de la idea de que no existe un andaluz homogéneo -y que hay grandes diferencias de acento entre el occidental y el oriental-, ¿de dónde proviene esa forma de hablar tan característica? Los lingüistas apuntan que sus alteraciones fonéticas surgieron en el castellano medieval y en el español clásico y moderno, entre los siglos XIII y XVII, mientras la Reconquista del sur de la Península Ibérica seguía su curso por parte de los reinos cristianos, con su posterior repoblación. No obstante, según algunos especialistas como el catedrático de Filología Española José Mondéjar, el andaluz no se puede considerar una variante lingüística cohesionada hasta el siglo XVIII.

Hubo autores, ya en el XV y el XVI, que se referían a las particularidades de este habla, pero no fue hasta las Cartas marruecas de José Cadalso que encontramos una primera referencia clara al concepto “andaluz”. En cuanto a los fenómenos lingüísticos de los que hace gala -del ceceo al seseo-, huelga decir que están condicionados por los distintos repobladores de Andalucía: castellanos, leoneses, aragoneses y catalanes, amén de extranjeros como los genoveses, los francos, los gascones o los portugueses. De ahí su variedad y su riqueza sonora, que no ha afectado sin embargo a su pertinente construcción. Decía Mondéjar que “la mejor sintaxis del español se conserva en Andalucía”. 

El estigma clasista del andaluz

En pleno 2018, y en el contexto de las elecciones andaluzas, el andaluz sigue siendo ridiculizado: no sólo por parte del dedo infantil que señala al que habla diferente, sino como consecuencia de un verdadero estigma socioeconómico y cultural. “El prejuicio de que hablar andaluz supone incultura está asociado al movimiento de las clases trabajadoras, que han migrado durante algunas etapas históricamente más pobres de nuestro país, como la posguerra o la recuperación económica, cuando los llamados ‘charnegos’ -una palabra un poco fea- se fueron hacia Barcelona y se asentaron en los barrios periféricos de las grandes urbes”, explicó a este periódico el filólogo, editor y poeta Juan F. Rivero.

Es una cadena de arbitrariedades: “Primero piensan ‘los andaluces no saben escribir’, luego ‘son incultos’, después ‘son incultos porque son pobres’, y por último, ‘no pueden opinar”. La filóloga Elena A. Mellado, por su parte, contó que “además de las razones históricas, tienen mucha responsabilidad los medios de comunicación y la ficción, que siempre han hecho una representación equivocada y prejuiciosa del andaluz”.

Se refería a que en televisión, por ejemplo, el andaluz siempre es el personaje gracioso de la serie, y, qué casualidad, de clase obrera. Nunca va mucho más allá del tonto o del pícaro. “¿Por qué nunca sale ese tipo de personaje hablando con acento catalán?”, sugirió Mellado. Ahí la mítica Juani de Médico de FamiliaAna y los siete, Aquí no hay quien viva, Mis adorables vecinos, Los Serrano y un largo etcétera. La conclusión es contundente: “Si te estás riendo del andaluz, del gallego o del murciano es porque, en el fondo, te estás riendo de cómo hablan los pobres”.

 

Por Lorena G. Maldonado

 

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