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Guillermo Ruiz Plaza y el día después de los días detenidos

Entrevista al escritor paceño Guillermo Ruiz Plaza, que acaba de ganar el Premio Nacional de Novela 2018, con la obra Días detenidos. El galardonado libro de Ruiz Plaza, uno de los más caros colaboradores de la RAMONA, será próximamente publicado por la editorial 3600. En esta edición incluimos, también, una serie de relatos breves de Dino Buzzati, presentados y traducidos al español, en exclusiva para nuestros lectores, por el también autor de El fuego y la fábula.

 

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Hay que leer a Guillermo Ruiz Plaza (La Paz, 1982). Hay que leer a este boliviano, afincado hace ya años en Francia, donde hizo estudios universitarios en Filología Hispánica y donde vive junto a su esposa e hijos, y desde donde escribe. Hay que leer sus libros de cuentos El fuego y la fábula (Gente Común, 2010), La última pieza del puzzle (3600, 2013), Sombras de verano (Edite-moi y 3600, 2015) y Cosas que se pierden (Surburbano, 2016), los dos primeros ganadores del Premio Municipal de Literatura de Santa Cruz. Hay que leer sus poemarios Prosas sacras (Plural, 2009) y El tacto y la niebla (Paroxismo, 2016), el primero Mención Honrosa del Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal. Hay que leer su ensayo Eduardo Mitre y la generación dispersa (3600, 2013). Hay que leer la antología del cuento fantástico boliviano que hizo en complicidad con Daniel Averanga, Vértigos (El Cuervo, 2013). Hay que leer sus textos que circulan en su blog y en otros sitios digitales. Hay que leer, modestia aparte, los artículos, ensayos, relatos, entrevistas y traducciones con los que viene colaborando desde hace años con la RAMONA. Y hay que leer, cómo no, esta entrevista en la que cuenta los pormenores de Días detenidos, el libro con el que debuta en la novela y que le ha merecido el Premio Nacional 2018 en esta categoría.

Hay que leer esta entrevista en la que habla de una teoría y práctica de la novela capaz de “apueblar” al lector. Hay que leer lo que dice sobre los porqués de su título. Hay que leerla para descubrir la forma en que Ruiz supo también enfrentar sus propios días detenidos. Hay que leerla para entender cómo hace para narrar esta novela desde el punto de vista de una mujer convulsionada ante tres meses en que su vida parece estar paralizada. Hay que leer lo que piensa de su relación con la novela, pero también con el cuento, el ensayo y la poesía, géneros que ha transitado y transita desde una fe irrevocable en la prosa. Hay que leer sobre su experiencia en la traducción literaria al español. Hay que leer sobre lo que planea para su vida en Francia, lejos de su tierra, pero donde se sabe siempre boliviano. Y hay que leer sus preocupaciones en torno a la Bolivia actual, de la que observa y condena los excesos varios de aquellos que se aferran al poder sin reparar en el daño que le hacen a la democracia ni en los odios que están atizando. Hay que leerlo cuando se remite a El hombre rebelde, de su admirado Camus, y recuerda que “el fin no justifica los medios; son los medios que, por su carácter íntegro, justifican el fin, es decir, lo hacen justo y legítimo. Y la democracia implica necesariamente el respeto de los contrapoderes y de la voluntad popular, si no deja de ser legítima”.

Hay que leer esta entrevista a Guillermo Ruiz Plaza, porque, como sus cuentos, poemas, ensayos y traducciones, ha sido escrita con un rigor y una precisión en el uso de la palabra, así como con una inteligencia y una erudición admirables, que siempre se agradecen.

Hay que leer esta entrevista sobre el día después de los días detenidos de Guillermo Ruiz Plaza. Y pronto habrá que leer (sus) Días detenidos.

-Asumiendo que Días detenidos es tu primera novela, al menos la primera que será publicada, ¿qué se siente estrenarse en este género y hacerlo con el listón del Premio Nacional de Novela?

Días detenidos ha sido una obra de aprendizaje. Mi principal desafío: lograr una novela digna de ese nombre: sólida y rica, dotada de personajes tratados con profundidad, que permitiera al lector perderse en un discreto laberinto durante un tiempo lo bastante largo como para sentirse atrapado. Creo que el objetivo de una novela es “apueblar” al lector, envolverlo en un mundo que le resulte a la vez familiar e intrigante, crear la ilusión de que los personajes cuyas acciones “espía” son personas vivas, y no soltarlo hasta el final. He puesto todo mi empeño en ello. Obtener este premio implica, claro, una gran alegría; pero para mi novela lo que cuenta son pruebas mayores: la de los lectores y la del tiempo. Le deseo buena suerte a Días detenidos. Ahora necesito seguir mi cauce.

-¿A qué aluden los días detenidos del título?

Días detenidos es un título que puede tener varias lecturas. Podría ser un oxímoron para designar la realidad del tiempo (no el tiempo del reloj, sino el tiempo psicológico, descrito por Bergson y Proust). El flujo temporal y el reflujo del pasado a través de la memoria aparecen como dos oleajes constantes y contradictorios. De ahí, en la novela, el juego de los tiempos verbales, que suelen alternar entre presente y pasado.

Luego, podría remitir a los tres meses que dura la acción, en los cuales ha quedado suspendido el cauce normal de la vida de la protagonista. Así traduciría igualmente el ámbito en que se mueven ciertos personajes. Por ejemplo, desde la muerte violenta de su marido y la pérdida de su casa, la madre de Lea ha quedado suspendida en un vacío que parece irremediable. Y esa parálisis es una amenaza que se cierne sobre la vida de Lea. Por fin, dando un salto a lo colectivo, Días detenidos podría plantear una pregunta antigua sobre la Historia: ¿Avanza o no avanza? ¿Tiene sentido o es solo un absurdo festín de violencia, destinado a borrarse y desaparecer como todo lo demás?

-¿Guillermo Ruiz Plaza ha tenido sus propios días detenidos? De ser así, ¿cómo los ha capeado?

Los últimos tres años han sido días, semanas y meses detenidos. Estaba tan sumergido en la escritura de mi novela, que, me parece, he descuidado muchos otros aspectos de mi vida y andaba en la luna (más que de costumbre, porque quienes me conocen saben que soy muy distraído). Solo ahora siento que estoy recuperando mi ajayu.

-El personaje central de la novela es una mujer, algo que ya probaste en cuentos. ¿Cuáles son los desafíos para un escritor hombre a la hora de meterse en la cabeza y las emociones de una mujer para narrar la forma en que vive, piensa y siente el mundo que le rodea?

El escritor es un camaleón, debe ser capaz de sumergirse en cualquier personaje. Para ello, necesita una lectura atenta de grandes autores y también mucha práctica.

Al principio, quería escribir una novela coral; la voz de Lea solo debía ser una entre otras. Pero me fui enamorando de mi personaje y vi que en ella residía una tensión que podía abarcar toda la obra. Lea es una mujer compleja y valiente, que trata de hacer otra cosa con lo que ha hecho de ella su familia, su país, su tiempo. He intentado construir una protagonista verosímil y profunda, y esto implicaba que no se conociera del todo a sí misma. Así, el campo de visión debía estar restringido para traducir las diversas sensaciones que la invaden, especialmente la pérdida de puntos de referencia y un viaje progresivo, que parece inexorable, hacia la locura. Cierto, hubiera podido contar lo mismo en tercera persona, pero habría instaurado de entrada una distancia gramatical que me interesaba suprimir, de tal forma que la narración fuera una especie de lucha cuerpo a cuerpo de la narradora consigo misma. Además, me parece que el papel del lector es más activo al encontrarse ante una voz que habla de sí misma sin conocerse del todo, que está un poco desorientada por las cosas que le suceden y que, por tanto, puede ser puesta en duda en más de una ocasión.

-Leí en una entrevista que la obsesión que antes te retuvo en la poesía y el cuento, en estos últimos tres años se ha redirigido hacia la novela. ¿Esta obsesión persiste? ¿Hay planes de retorno del Guillermo Ruiz Plaza cuentista, poeta o, incluso, ensayista?

Creo que mi forma de expresión natural es la prosa. Incluso en mi época de obsesión por la poesía, la forma que más me gustaba era la prosa poética. Escribí un ensayo al respecto, “El poema en prosa o la Hidra moderna”, que circula en Internet. Como ciertos cuentos y ciertas novelas, también ciertos ensayos (basta con leer “Nueva refutación del tiempo”, de Borges, para darse cuenta) despliegan una poesía magnética, flexible, poderosa, es evidente que la poesía no está vinculada a una forma o a un género sino que es independiente. Así, grandes momentos de poesía nos esperan en las novelas de Faulkner, García Márquez o Coetzee. Te confieso que Días detenidos me ha abierto el apetito: tengo ganas de seguir explorando este género caníbal que se alimenta de los demás géneros.

-En un diálogo que tuvimos hace unos años afirmabas que los premios son solo importantes en la medida en que dan un espaldarazo a las obras y sus autores. Ahora que has ganado el Nacional de Novela, ¿te mantienes en esta idea?

Así es. Aunque se trata del premio más importante del país, no ha cambiado mi visión de los concursos. Los premios son un medio, no un fin. La verdadera recompensa son los lectores.

-Al margen de tu dedicación a la novela, en el último tiempo has estado publicando –al menos en la RAMONA- ensayos entre filosóficos y científicos. ¿A qué obedecen estos intereses?

Me encanta la filosofía. En el liceo, tuvimos a un profesor carismático, Luc Gosset, que nos introdujo en el mundo de las ideas con muy buen tino. En aquella época, me obsesionaban los temas como el tiempo y el deseo (todavía me obsesionan), y no le encontraba ningún interés a la filosofía de la ciencia. Hoy es distinto, ya hice las paces con ella. Es posible discutir ad nauseam de cualquier filósofo y debatir de forma estéril sobre cualquier tema; pero no podemos discutir sobre los descubrimientos científicos que han sido probados (por ejemplo, que la tierra gira alrededor del sol y no al revés). Son rellanos seguros en la escalera del saber. Sin embargo, en el camino hacia la verdad, la ciencia sola no basta, necesita la filosofía como aliada. Gracias a las bases sólidas que nos brinda la ciencia, es posible filosofar sin caer en el bizantinismo.

-La traducción de cuentos (ver “Las últimas páginas de Dino Buzzati” en esta misma edición) es otra de las tareas a la que te vienes entregando más recientemente. ¿Qué complejidades y placeres depara el ejercicio de la traducción literaria?

En mi carrera universitaria, había dos asignaturas de traducción: del francés al español y del español al francés. Ahí aprendí que la traducción es un arte dificilísimo, quizá más arduo que la escritura misma. Y es que para traducir a una lengua x, uno debe tener una relación entrañable con la lengua x. No solo dominarla en todos sus planos, sino tener con ella los lazos ricos y complejos que solo se alberga con la lengua madre. Y además un respeto sagrado al espíritu del texto.

Por amor al arte, hace años traduje a poetas de lengua francesa. Eran poemas que yo mismo escogía (mis versiones de Michaux, Bernard Noël, Char, Bonnefoy, circulan en Internet). Este verano traduje al francés una selección de microrrelatos del escritor español Ángel Olgoso para una editorial de aquí. Y ahora lo intento con relatos de Buzzati, porque es un gran cuentista. La traducción me interesa ya que si uno se aplica puede aprender a escribir mejor.

-¿Guillermo Ruiz Plaza está ya casado con Francia o tiene planes de moverse, que no necesariamente volver a Bolivia?

Estoy casado, no con Francia, sino con una franco española, a quien le dedico esta novela, y tenemos dos hijos gemelos. Me gusta vivir en el país, aunque, como cualquier otro en el mundo, no es una taza de leche. Desde hace un par de años tengo la doble nacionalidad. En la ceremonia de naturalización, me emocioné al ver, durante una breve proyección, la figura de Albert Camus –uno de mis ídolos–, como antecedente de extranjeros que se naturalizaron. Eso sí, que quede claro: soy boliviano. Tener la doble nacionalidad no empobrece mi “bolivianidad”; al contrario, la enriquece, la hace única. Además, como escribe Norah Zapata, “las raíces son insaciables”. Sospecho que nunca dejaré de alimentarme de mi país, de mi gente, de los olores y sabores de lo nuestro. Nunca dejaré de volver a Bolivia y de soñar con ella. Y quizá algún día regrese de forma definitiva, ¿quién sabe?

-¿Cómo ves a la distancia la Bolivia actual?

La verdad es que me preocupa la situación de nuestro país.

Hace varios años ya que la independencia del poder judicial está puesta en tela de juicio, por decirlo con un eufemismo, y que los demás contrapoderes (el poder legislativo, la Defensoría del Pueblo y el llamado cuarto poder, la prensa, entre otros) son ahogados y hasta anulados, en ciertos casos, por el poder ejecutivo. En este sentido, no puede sorprendernos que el MAS haya pisoteado el voto popular expresado el 21 de febrero de 2016. Quien no se dé cuenta del enorme problema y de los terribles riesgos que entraña la concentración de poderes en manos de unas cuantas personas –sean estas de izquierda, de derecha o de centro, lo mismo da–, no ha entendido el largo y complejo proceso que ha llevado la razón a erigir la democracia como, de lejos, el “menos malo de los sistemas”. En efecto, no ha sido una creación del imperialismo, como maliciosamente afirma Evo Morales, sino una construcción colectiva de la razón a través de siglos y siglos de tiranías que le hicieron mucho daño a la dignidad humana. Como afirma Camus en El hombre rebelde, el fin no justifica los medios; son los medios que, por su carácter íntegro, justifican el fin, es decir, lo hacen justo y legítimo. Y la democracia implica necesariamente el respeto de los contrapoderes y de la voluntad popular, si no deja de ser legítima.

La llegada de Evo Morales al poder ha sido el resultado lógico de un proceso histórico. Por primera vez un indígena era presidente de Bolivia. No hay que restarle importancia a este hecho simbólico. Era necesario que eso ocurriera. Pero tampoco hay que darle demasiada. En efecto, ¿en qué medida la llegada Barack Obama al poder ha cambiado la situación que viven millones de personas de color en Estados Unidos? En Bolivia, sin duda alguna, la integración de los indígenas y de las clases marginadas era una tarea pendiente. Pero creo que, si bien el gobierno ha integrado, a través de los bonos, a sectores de la población que estaban históricamente excluidos, ahora estos mismos bonos sirven sobre todo para fidelizar electores; además, todo aquel que inquiete un poco al gobierno –sea pobre o no, indígena o no–, tiene sus días de libertad contados. Un ejemplo reciente y significativo: Franclin Gutiérrez, el líder yungueño, sigue encarcelado sin pruebas, y sin que los numerosos testimonios que lo exculpan hayan sido tomados en cuenta. Esto es quizá lo más preocupante: el hecho de que en Bolivia, actualmente, toda persona inocente pueda despertar convertida en un monstruoso insecto, como en La Metamorfosis, o condenada sin razón, como en El proceso, solo porque un poderoso así lo ha decidido. Kafka es grande porque presintió el horror de los totalitarismos del siglo XX y lo que hacían con la dignidad humana (en este sentido, pensemos en lo que ha sufrido el doctor Jhiery Fernández).

Por fin, me parece que el proyecto del MAS no es indigenista más que en el discurso. No lo digo yo sino una importante socióloga boliviana, Silvia Rivera Cusicanqui: “No hay indígenas en el poder, tenemos que tener eso claro. Evo Morales es un ex sindicalista cocalero, parcelario, mercantil, vinculado a la producción comercial y de monocultivo. No hay nada de indígena en su forma de ser, ni de percibir. Ni siquiera habla un idioma indígena. Es un recurso retórico decir que es indígena. Tampoco supone una ruptura de los modelos hegemónicos que nos vinculan a ser el patio trasero de las grandes transnacionales”, leemos en una entrevista.

Quien ha leído a Maquiavelo, sabe que la principal (si no la única) preocupación del poderoso es conservar el poder. Y quien ha leído a Platón, sabe que una persona es justa hasta que puede actuar impunemente, porque entonces da rienda suelta a sus deseos, en desmedro de la libertad de los demás.

A todas luces, en nuestro país, un puñado de personas ha decidido quedarse en el poder, con un mensaje mesiánico poco creíble, atizando los odios en lugar de trabajar en pos de la unidad, violando su propia Constitución y la decisión del pueblo al que dicen representar. Yo me considero de izquierda y me preocupa lo que está haciendo el gobierno con la democracia: una democracia joven y frágil, sí, pero que es una conquista exclusiva de nuestro pueblo.

En este contexto, me parece que la misión del ciudadano, antes que apoyar ciegamente proyectos que le van quitando los poderes conseguidos en luchas históricas para participar en la configuración de su propio destino, es la de permanecer alerta, ser lúcido en sus críticas y en sus acciones, no ceder nunca ante los insultos ni el odio ni las provocaciones de violencia. Pero sobre todo, permanecer de pie. No rendirse. No resignarse. El pueblo boliviano ya ha demostrado en más de una ocasión que es indoblegable.

Si se da la alternancia, la misión del ciudadano frente a un nuevo gobierno sigue siendo la misma. No perdamos la lucidez. Al poderoso hay que mantenerlo vigilado porque si no es él quien acaba vigilando tus pasos.

Al decir estas cosas, como tantos otros, no defiendo el pasado, sino el futuro de Bolivia.

 

Por Santiago Espinoza A.

 

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