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2018, el año del lenguaje inclusivo y las academias

Por Silvia Ramírez Gelbes, columnista invitada (*). Nadie puede predecir si este cambio se arraigará entre los hablantes o no. Si lo hace, pasará a formar parte de la norma objetiva del español.

 

tn.com.ar

Tal cual explica Mercedes Isabel Blanco, hablar de norma a secas (en el sentido de la normativa lingüística) siempre implica referirse a dos sentidos diferentes y complementarios: el de la norma que puede llamarse prescriptiva y el de la norma que puede llamarse objetiva. En nuestra lengua, el primer sentido suele estar asociado a las Academias. Si se prefiere –aunque creo que no es apropiado soslayar a la Academia Argentina de Letras–, a la Real Academia Española (la RAE).

El segundo sentido, por su parte, se relaciona con la norma que puede inferirse del comportamiento efectivo de los hablantes. Esto es, aún cuando no sean conscientes de ello, los hablantes respetan las normas lingüísticas que les permiten comunicarse.

Al fin y al cabo, como ha afirmado el actual presidente de la RAE (Darío Villanueva), la lengua es propiedad del pueblo, de quienes la hablan.

Es por esto último que el primer sentido en que puede entenderse la norma, el sentido prescriptivo, siempre debería estar al servicio del segundo, el sentido objetivo. De hecho, eso es lo que ocurre en última instancia, aunque a veces la prescripción se tome su tiempo. Si bien el uso de “vos” (por dar solo un ejemplo) había sido estigmatizado desde los comienzos de la Argentina como Nación –mientras todos los argentinos lo usaban–, la Academia debió reconocerlo finalmente como variante culta en 1982.

Sin embargo, no solo la norma prescriptiva cambia con los tiempos, también lo hace la norma objetiva. Y es que la lengua cambia en consonancia con los cambios en la sociedad. Por caso, nadie es ajeno a la “revolución de los sexos” que nuestro tiempo atestigua: la presencia de las mujeres en el ámbito público, el derecho a la identidad de género, el matrimonio igualitario.

No es de extrañar, en este contexto, que el empleo del masculino como forma genérica –como forma que admite abarcar a todos los géneros cuando alude a seres sexuados– empiece a incomodar. Y es que, muy a pesar de lo que dictaminen las academias, el uso genérico del masculino ha comenzado a sentirse como ambiguo. Ya no queda tan claro si alude a hombres solamente o alude a hombres y mujeres o alude a hombres y mujeres y otros géneros sociales. O, lo que es igual, ya hay quienes rechazan incluirse en el masculino genérico.

Cierto es que los cambios en la lengua parecen darse de manera “natural”, no deliberada. Que la propuesta de un género neutro con “e” como en “todes” –en reemplazo de fórmulas impronunciables con “@” o con “x”, como “tod@s” o “todxs”– proviene de un colectivo reconocible. Y que su empleo –arduo en muchos casos– es una clara toma de posición ideológica.

Pero nadie puede predecir si este cambio se arraigará entre los hablantes o no.

De arraigarse, este rasgo de lo que ha dado en llamarse lenguaje inclusivo pasará a formar parte de la norma objetiva del español. Como tal y con el paso del tiempo, esa norma terminará por ser admitida como norma prescriptiva. Mientras tanto, queda a cargo de los hablantes tomar la decisión de evitar, en lo posible, los usos que puedan resultar ambiguos o discriminatorios. Las academias, desde luego, no tienen potestad para impedirlo.

(*) Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés

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