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El retorno del fifí

En los últimos meses, la palabra “fifí” ha ganado popularidad en el debate y la conversación coloquial. No es del todo cierto que solo se trate de una expresión inofensiva, de una reacción a las desigualdades sociales.

 

Por Sandra BarbaEduardo Huchín Sosa

letraslibres.com

Hay que morderse los labios dos veces para pronunciarlo. Fifí. (A mayor protagonismo de los dientes, mayor sonido de desprecio.) Empezamos a hacerlo desde que, en ese momento candidato, Andrés Manuel López Obrador desempolvó la palabra para arrojarla contra los rivales, críticos y opositores de su campaña presidencial

Desde entonces la palabra no ha hecho sino ganar terreno en la arena pública. Según la herramienta Google Trends, hacia finales de 2018 su popularidad se disparó gracias a personas que buscaron su definición y los detalles de la llamada “marcha fifí”, la manifestación del 11 de noviembre contra la cancelación del aeropuerto, que despertó más de una burla en las redes sociales. Se acudió a diccionarios, a interpretaciones sociológicas, a las citas de López Obrador para desentrañar un adjetivo que describía lo mismo medios de comunicación, protestas, bodas y personas.

Para Gibrán Ramírez Reyes, palabras como fifí o catrín “desnudan el privilegio que se defiende y se reivindica como legítimo impúdicamente”. A su vez, el periodista Luis G. Hernández, acudiendo a una crónica a Alfonso Taracena sobre los fifís de los años treinta, quiso demostrar que “fifí” era y es “un simpático calificativo, que no un insulto”.

Pero ¿de verdad nunca nadie en ninguna de las anteriores tres transformaciones del país quiso insultar a otro llamándolo “fifí”? Una revisión de las obras literarias, periodísticas y gráficas de principios del siglo xx revela que “fifí” significó afeminado, aunque de manera peyorativa y satírica, no reivindicatoria. Otra peculiaridad es que la palabra solía dirigirse contra los jóvenes por su ocio urbano e inclinaciones estéticas. Con el tiempo, fifí incluso se emparentó con la acusación de que alguien era fascista, sin perder por ello la observación burlona de que sus simpatizantes eran hombres afeminados. En suma, el término que hoy se defiende porque expuso la desigualdad económica durante la Revolución mexicana y la posrevolución también discriminó a un tipo de masculinidad que se alejó de lo heterosexual.

 

Afeminados que andan por ahí llamando la atención

A menudo la palabra fifí aparece en la prensa y la literatura de las décadas de los veinte y treinta: en columnas, cuentos breves, novelas, en las páginas de una autobiografía en ese momento inédita (La estatua de sal, de Salvador Novo) y como subtítulo de un semanario (donde también colaboró Novo), en las narraciones y comentarios moralinos a la sección de la nota roja. Lo que vincula esos textos es su deleite en la descripción minuciosa del atuendo fifí. No están escritos con una prosa sobria, sino frenética por el detalle. Delatan, con ella, su obsesión por el gusto de otros hombres de vestir a la moda.

ATUENDO

Vestido: Trajes de dos piezas. Sacos cortos a cuadros o pantalones de rayas. Gabardina ajustada.

Accesorios: Sombrero fino de paja, “echado hacia atrás como manda la moda”. (Bombín en otoño e invierno.) Bastón y monóculo, pañuelo de seda, zapatos con broche, “calcetín albeante entre el pantalón alto y el choclo demasiado bajo”.

Para quienes redactaron estas listas, el esmero de los hombres en su atuendo no podía significar otra cosa más que su afeminamiento. Por decreto social, a los hombres no les aflige la ropa –entonces era, debía ser, un asunto propio y exclusivo de las mujeres–. La vanidad era un defecto tolerable o incluso grato, por coqueto, en ellas, pero repugnante en ellos.

Resultaba todavía más reprochable cuando la vanidad masculina escapaba de casa para mostrarse en público: los paseos de los afeminados preocuparon a la prensa. El fifí “no se vale de ningún vehículo porque considera que viajando de esa forma pierde la oportunidad de exhibir su sirosa figura”. Adornado, se detiene en la calle de Madero: “su vida la pasa de pie en una esquina de las calles animadas siempre con una actitud hierática e inmóvil, a la manera de esas aves esbeltas y estáticas”. Las citas son parte de una entrega de Gregorio López y Fuentes a El Universal Gráfico. En la década de los veinte, al escritor le dio por publicar una columna de narraciones satíricas y moralinas basadas en los crímenes reportados en los diarios.

La sorna posrevolucionaria no se detuvo en los paseos y el vestido. La sospecha, era de esperarse, se desbordó al cuerpo. El fifí es delgado, no musculoso ni fornido como los verdaderos hombres. López y Fuentes lo compara con un ave esbelta. La investigadora Guadalupe Caro Cocotle coincide y agrega que el fifí, según fuentes de la época, “era asiduo a usar corsé […] no usaba bigote ni barba” (es posible que esa descripción del cuerpo afeminado sea un eco mexicano del cuento de Guy de Maupassant, Mademoiselle Fifi, 1882, que describe a un personaje varón pero identificado burlonamente por sus compañeros como “señorita” por la coquetería de su vestido, “su cintura esbelta, que parece ceñida por un corsé”, su “bigote incipiente”.)

La crítica y la sátira del afeminamiento, que no es sutil en el cuento de Maupassant, se desborda en los escritos mexicanos. En la misma columna de El Universal Gráfico, López y Fuentes escribe –y quizá exagera– que los miembros de la banda fifí recién capturada olían “a polvo de arroz” y tenían “los labios un poco recargados de carmín”.

Los afeminados –¡escándalo!– se maquillan. Salvador Novo repite ese rasgo en Lota de loco (1931), proyecto de novela de la que solo conocemos fragmentos. Pepito, hermano de la protagonista es un fifí “que se levanta a las diez de la mañana a pinzarse las cejas” y su hermana Adelaida sospecha que Pepito usa en secreto su rímel, su rubor, su polvo.

Las distintas referencias al fifí en esas décadas coinciden en su significado de afeminado, aunque no necesariamente se le acuse de homosexual. Para López y Fuentes, el fifí es “un algo, sí, garboso y bonito pero sin acercarse al hombre ni asemejarse a la mujer, es un ser híbrido”. Esa acepción no se perdió del todo con el tiempo. Por ejemplo, El libro de las malas palabras (2001), un compendio de “insultos, maldiciones y palabrotas de uso diario en América Latina” del caricaturista Rius, consigna todavía “fifí” como “afeminado”.

 

Joven e inútil como un junior

Hay otro rasgo de la palabra fifí que con frecuencia se pasa por alto: solía dirigirse a los jóvenes. López y Fuentes, por ejemplo, no hacía mofa de cualquier rico… sino de aquellos hombres que apenas se volvieron adultos. A ratos, fifí se siente como escarmiento, como regaño de los mayores, lo que hoy llamamos “juvenear”. En su columna del 7 de julio de 1923, narra el caso del asesinato de un joven a manos de su padre: el primero es fifí pero el segundo –don Josef Molina, un hombre “maduro”, padre y esposo– es un viejo verde. Comparte el refinamiento, la coquetería y el ocio de su hijo pero pertenece a otro grupo “que pudiéramos llamar verde, el de los vejetes, [que] hace migas con otro gremio, más afortunado porque se cimienta sobre la juventud”.

En Lota de loco –otro ejemplo– se dice que el padre de Pepito deseaba que fuera dentista, pero el muchacho abandonó sus estudios. El cuento hace hincapié en su desempleo, ocupado por completo en el ocio: casi todos los días se despierta tarde, se la pasa de fiesta con amigos, su padre le da dinero para esos y otros gastos. Su hermana Adelaida lo resiente: ella sí se levanta temprano, trabaja el día entero como mecanógrafa y fantasea con obreros, hombres muy viriles –hasta en la clase de cuerpo– por el trabajo manual que desempeñan, a diferencia de su hermano Pepito y de los chicos de la escuela.

En tanto, los fifís son improductivos, indolentes y ociosos, López y Fuentes escribe que no trabajan, solo estorban en las aceras. No viven para producir, sino para ser contemplados. El fifí “no tiene ambiciones”, salvo por el atuendo. “No fuma salvo cuando le obsequian tabaco”. Es “un inútil”, “una cosa y no un hombre”. Se libran de la acusación de  afeminamiento quienes trabajan, producen.

En una entrevista con Carmen Aristegui y a la pregunta “¿qué significa fifí?”, López Obrador respondió: “es un junior conservador”. Junior no es senior. El junior es el hijo de un hombre rico, ocupado y productivo. En la imaginación colectiva no es la fuente de la riqueza sino quien vive de ella. Un joven mantenido, al que también podemos imaginar mimado, imberbe, ocioso, inútil. Es decir, no del todo un hombre.

 

Y, por si fuera poco, facho

En 1924, una comisión del gobierno de Álvaro Obregón fue encomendada a recibir a la nave Italia, que llegaba al país con propaganda artística fascista de parte del gobierno de Benito Mussolini. En el número 11 de El Machete (28 de agosto-4 de septiembre del mismo año), la revista del Partido Comunista de México en la que participaban artistas como Diego Rivera y José Clemente Orozco, entre otros, se incluye un corrido llamado “Los rorros fachistas”, acompañado de un grabado de Orozco. Las razones de aquellos versos aparecen en la misma publicación: “La Secretaría de Estado que, formando parte de un gobierno revolucionario, gasta dinero del pueblo en festejar la llegada de una expedición reaccionaria, con delegaciones de fifís, jotitos y empleados retrógrados, con paseos, festivales y comelitones, insultan a los trabajadores de México.”

El grabado no distingue entre fifís, jotitos y empleados retrógrados acaso porque para Orozco no existen las diferencias: se trata de seis hombres en posturas afeminadas, con ropa ajustada y elegante, rodeados de símbolos cursis que aluden al arte (una lira, unos libros, una pluma de ganso). La referencia a Salvador Novo y compañía, que encajaban en el estereotipo de fifí, es bastante evidente. De acuerdo con Jairo Antonio Hoyos Galvis –Los laberintos de la jotería: una historia sexual de la estética mexicana (1917-1934)– la burla entrelaza “las características corporales, las prácticas sexuales y las expresiones artísticas”. No se trata de afeminados cualesquiera, sino unos con preferencias políticas determinadas y gustos artísticos identificables. El corrido comienza satirizando las predilecciones estéticas de los rorros (“los bellos salones / llenos de pinturas y de mascarones”, “las pinturas del genial Sartorio”) en contraste con el arte de los muralistas (que les da por “pintar su proletariado, / tan sucio, tan cursi y tan desgastado”) para terminar con un canto de desprecio por la clase obrera en clave genocida: “masacremos campesinos / aplastemos sindicatos / de esos obreros cochinos”. Qué tan ligados estaban los gustos, las ideas políticas, la forma de vestir, el modo de comportarse como para presentarlos como un mismo paquete fifí era algo que poco importaba a la sátira. Lo mismo hoy que ayer.

No es difícil establecer un paralelo entre estas caracterizaciones y las que, bajo el hashtag #marchafifi, imaginaban en redes sociales las consignas de quienes habían salido a manifestarse: “Los fifís se cansan de tanta pinche raza”, “Lucha, lucha, no dejes de luchar, por un gobierno facho represor y cupular”, “¿Qué importan los muertos? ¡Queremos aeropuertos!”

 

Pero, por fortuna, hay gente que no es fifí

En una novela de 1927, justamente olvidada, El fifí de Plateros, el escritor español Joaquín Belda describe el periplo de Jaime Bragela, un escritor también español, en el México de los veinte. El fifí del título no es el protagonista de la historia sino el hijo de un millonario amigo suyo: un veinteañero llamado Pepe Coutiño que “era el tipo perfecto del fifí, de esa plaga afeminada que padece la ciudad viril y corajuda de Cortés, donde los hombres son más hombres que en ninguna parte del mundo”.

El mal sabor de boca que siente el protagonista por culpa de Pepito se le quita en el capítulo en que se topa, ahora sí, con un hombre de verdad, alguien que habla “con palabras sinceras y viriles” y con ademanes que denotan su “mano de conductor de pueblos”. Se trata de un político que intenta remediar los males que conoció “en el bajo pueblo”, cuando se desempeñaba como maestro de la normal. A diferencia de otros personajes del libro, este tiene un nombre real. Se llama Plutarco Elías Calles. “Jaime”, dice el narrador, “experimentaba la sensación de estar en el laboratorio donde se estaba forjando el porvenir de un pueblo: y Plutarco Elías Calles era el alquimista de aquella transformación”.

Después de aquel encuentro con Pepito Coutiño y Calles, Bragela concluye: “[Los fifís], y no los revolucionarios ni los revoltosos, eran la plaga de México.” Siempre resulta provechoso, para caracterizar al fifí, tener muy en claro quiénes no son parte del gremio.

 

Ahora dilo sin llorar

¿Qué sentido tiene recuperar una palabra que se usó contra los hombres“afeminados”, reduciéndola ahora a mera denuncia de desigualdad de ingresos o diferencia de clase? Si la historia se cuenta a medias, ignorando las partes inconvenientes, es probable que fifí tenga esa potencia política que muchos le atribuyen, pero si uno pone un poco más de atención puede darse cuenta de que el significado de “afeminado”, y otros más, son ineludibles. La historia del género y la sexualidad en México –estudiando fuentes distintas a las nuestras– coincide en ello. (Robert M. Buffington, Adriana González Mateos, Víctor M. Macías-González y Nathaly Rodríguez Sánchez han publicado trabajos indispensables sobre el término fifí tanto en el porfiriato como en la Revolución y la posrevolución mexicanas.)

Lo interesante de rastrear los significados de fifí es que la palabra ha sabido empaquetar tu ubicación en el espectro político, tus gustos, tu vestimenta, tu edad, tus modales, tu sexualidad, tu hombría y hasta tus defectos de carácter. Nunca ha sido una mera descripción de desigualdad económica. De hecho, el problema con la palabra no es que ponga la desigualdad sobre la mesa sino que se detiene precisamente ahí donde es relevante seguir pensando en ella. La forma en que los grupos que se debatían la nación a principios del siglo xx capitalizaron lo mismo las desigualdades sociales que los prejuicios de la época debería darnos pistas sobre cómo las palabras que quieren ser ofensivas ofrecen trazos muy gruesos del adversario y, con frecuencia, mezclan significados que hoy sí consideramos discriminatorios. Fifí no fue solo el término inocente que usaba el pueblo para evidenciar la blanquitud y los privilegios. Ver qué prejuicios mueve ahora, y a qué propositos sirve, para ser un concepto tan exitoso no es asunto menor. ~

Esta es una versión editada del texto que aparece en la revista impresa.

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