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Me gustan Los Ángeles Azules, pero sus letras son de acosadores: Concepción Company Company

Lo primero que la atrapó de México fue el valedor, su esposo, explica la investigadora emérita de la UNAM y miembro de El Colegio Nacional, quien considera al lenguaje incluyente una batalla superficial y sin resultados.

 

milenio.com

JOSÉ LUIS MEDINA

Madrileña de nacimiento y mexicana por convicción, Concepción Company Company (Madrid, España, 8 de diciembre de 1954) estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, así como la maestría y el doctorado en Letras (Lingüística Hispánica) en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ella se define como obrera de la lengua, que significa “ser alguien que está al servicio del objeto de estudio: mi gran pasión son la lengua y la gramática.

Me pagan por hacer lo que verdaderamente me gusta, no hay que decirlo en voz alta porque con los tiempos actuales nos van a recortar salarios a los que nos sentimos afortunados”, dice con humor. También es que “sean cuales sean los reconocimientos uno debe tener muy claro cuál es la jerarquía y en mi caso es la lengua, la investigación”.

Para la investigadora, quedarse en su escritorio vestida con pants son vacaciones, “es mi momento de estar relajada.”

La también integrante de El Colegio Nacional considera que lenguaje incluyente “es una batalla sin resultados y superficial, a mí me da igual si me llaman arquitecto o arquitecta siempre y cuando me paguen lo mismo que a un hombre. Da visibilidad a las mujeres, les da un motivo de batalla, pero hay que pelear el gran problema de brecha salarial, estamos 30 por ciento abajo salarialmente en iniciativa privada, el acceso a educación superior es menor en comparación de los hombres. Esa pelea hay que darla desde las instancias de gobierno o empresariales.

Para que haya un cambio lingüístico se requiere de generaciones haciendo y repitiendo el mismo hábito lingüístico sin garantía de que vaya a quedar.”

Company cuenta a MILENIO sobre su esposo, a quien llama el valedor o el mexicano, su gusto por los asesinos seriales y el fracaso que la impulsó a no rendirse.

Parafraseando a Chavela Vargas, los mexicanos nacen donde se les pega la gana, ¿en su caso aplica?

Aplica cabalmente, por azares de la vida llegué a los 19 años a México y recién cumplidos los 20 decidí que este era mi país en el 1975, y en 1978 decidí ser mexicana por voluntad. Es un país que atrapa, sorprende y no termina de conocerse. Yo me considero mexicana absolutamente.

¿Qué la atrapó de México?

Al inicio fue un mexicano quien me atrapó, o fue mutuo, no lo sé, chilango de corazón con el que sigo, no sé si es mérito de él o mío.

¿Su valedor?

Ese es mi valedor. Yo digo que es una gran ceiba, es un hombre muy inteligente, con el que se puede convivir sin sentir restricciones de ningún tipo.

¿Él fue su primer amor?

No, lo conocí joven pero había tenido, como cualquier adolescente y mujer, otras relaciones afectivas en España, pero cuando encontré al mexicano dije: “¡Esto es otro mundo!”

Investigadora Emérita y profesora de la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, entre otras actividades, ¿pues cuál es la receta?

Ser organizado y la receta de alcohólicos anónimos: “Solo por hoy y una cosa a la vez”.

¿Qué hace en sus tiempos libres, tiene algún hobby?

Sí, aparte de los tiempos libres como ir al súper, un hobby es coleccionar cajitas, me producen curiosidad y me parecen un objeto hermoso, aunque no tengo muchas, todavía no llega la del ataúd, seguramente la tendré que coleccionar. Me gusta repensar los espacios en los que vivo, decorarlos, redecorarlos. Voy a decirlo abiertamente, cuando tengo un rato libre me encanta ver aparadores, me encanta ir de frívola, en el sentido de que disfruto ese rato para mí, tengo que ir sola. Me gusta leer novelas negras o de fondo político y soy experta en asesinos seriales de series de Netflix o Amazon.

¿Cuál le gusta?

Hace poco vi de una sentada una serie francesa llamada La Mantis. Me puedo echar una serie con un güisqui y palomitas.

¿Le gusta escuchar música?

Sí, pero poco. No puedo trabajar con música. Tengo tres preferencias un poco extremosas, me gusta la música barroca, el otro extremo es rock heavy, porque cuando mis hijos eran aborrecentes había que oír Nirvana y me quedé un poco enganchada y, haré una confesión, me encanta la buena música tropical, me encantaría saber bailar. Los Ángeles Azules, de Iztapalapa, son buenísimos.

¿Le gustan Los Ángeles Azules?

Sí, me encantan. Tengo un defecto y es que cuando empiezo a oír letras las empiezo a analizar, eso es una deformación profesional y Los Ángeles Azules tienen demasiadas canciones de acoso como la de “17 años” y ese es mi problema, que en vez de estar oyendo la música en el fondo oigo la letra. No me gusta la música norteña.

¿Qué fracaso la impulsó a no rendirse?

La primera vez que envié un artículo a una revista de alto arbitraje fuera de México me dijeron: “No porque son Well-known facts (Hechos bien conocidos)

¿cómo hechos bien conocidos si a mí me costó sangre, sudor y lágrimas?

Luego al cabo de los años me invitaron a ser miembro del comité editorial de esa revista porque no hay que rendirse.

¿Qué está leyendo?

Estoy por acabar Sapiens: de animales a dioses, de Yuval Noah Harari.

 

 

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