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El nuevo analfabetismo: descuido y deterioro en el uso del lenguaje / La Jornada Semanal

jornada.com.mx

Por Juan Domingo Argüelles

Doctor en lingüística, filólogo, investigador y académico experto en el estudio de la lengua española, el mexicano José G. Moreno de Alba (1940-2013) precisó la razón más importante para defender el buen uso de la lengua: su unidad. Esta “unidad”, en el sentido de “unión o conformidad”, propicia una mejor comunicación y un mayor entendimiento entre los hablantes y escribientes. Explicó el lingüista y lexicógrafo mexicano:

Una de las más evidentes ventajas de contar con una normatividad lingüística, aceptada por todos, es la unidad del idioma. Y quizá donde esto se manifiesta con mayor claridad es en la ortografía. Así se trate, en su mayoría, de reglas arbitrarias, las normas ortográficas garantizan, en este nivel, la unidad de la lengua.

Si hoy son evidentes y palpables los atentados a la lengua española es porque se reflejan, sobre todo, en la falta de ortografía, sin que sean menos importantes, por supuesto, la incapacidad sintáctica, la precariedad de vocabulario, el uso y el abuso de anglicismos y el desconocimiento del significado de las palabras y de su uso adecuado para expresar ideas. Estos problemas no son nuevos, pero se agravaron a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando las instancias oficiales de normar y proteger, justamente, la “unidad de la lengua”, fueron renunciando, poco a poco, a su función normativa, para entregarse a una muy cómoda y despreocupada labor descriptiva.

Que la gente hable y escriba a su capricho no quiere decir que tenga razón. La tendrá, únicamente, cuando su capricho sea compartido por la generalidad de los hablantes y escribientes de su lengua, ya que entonces se convertirá en norma para todos. En esto consiste la evolución del idioma, impuesta siempre por la realidad. Incluso el arte literario más ficticio tiene como asidero la realidad, y a veces se da el lujo, y la licencia, de transformar el idioma, pero salvo algún neologismo afortunado, muy poco influye dicho arte en el uso cotidiano del idioma, a partir de sus “vanguardismos” y “novedades” (falta de puntuación, ausencia de mayúsculas, etcétera) que muy pronto se vuelven antiguallas.

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En los poemas de Pablo Neruda, por ejemplo, seguirán apareciendo (quién sabe hasta cuándo) sus preguntas y sus exclamaciones sin los signos iniciales de interrogación y admiración, como calco del inglés. Pero ello no modificó ni el uso ni la norma de escribir, en español, las preguntas entre dos signos interrogativos (¿?) y las exclamaciones entre dos admirativos (¡!): “¿Quién ha mentido?” y no “Quién ha mentido?”, “¡Azul fortificado!” y no “Azul fortificado!”. Con Neruda, el idioma español ganó muchísimo, pero no por cierto con estas ingenuidades caprichosas. Lo mismo hay que decir de la “j” que Juan Ramón Jiménez impuso en su poesía para homologarla con el uso simple de la “g” ante “e” e “i”: “antolojía” en lugar de “antología”, “elejía” en lugar de “elegía”, “lijera” en lugar de “ligera”, “májico” en lugar de “mágico”, etcétera. Nada ganaron con ello ni la poesía ni la lengua. Pero el capricho del poeta español sigue en sus libros, y ahí seguirá, hasta que un editor sensato decida eliminar dicho anacronismo. Y que el “vanguardismo” lleve incluso a escribir el nombre de un poeta estadunidense (Edward Estlin Cummings) sin puntuación y con minúsculas (e e cummings) es otra licencia poética extrema que no modifica en absoluto a la lengua inglesa y que, en el caso del español, únicamente los editores poco sensatos obedecen al pie de la letra, pues para todos los demás el nombre correcto de este poeta es E.E. Cummings, tal como aparece hasta en las mejores ediciones estadunidenses e inglesas en los últimos años.

Quiere esto decir que ni siquiera los grandes escritores, por muy grandes que sean, pueden imponer (más allá de los límites de sus obras) sus usos particulares y sus códigos personales al idioma en general. Son los hablantes (a veces, ni siquiera los escribientes) los que modifican el idioma, y esto a lo largo de mucho tiempo, en una lenta evolución que nada tiene que ver ni con licencias literarias ni con caprichos políticos, moralismos, ideologías y presiones de sectores que alteran, sólo por un instante y por motivos ajenos a la lengua, la lógica del idioma, de cualquier idioma cuyo poder de resiliencia lo devuelve, más pronto que tarde, a la “normalidad”, esto es, a su cualidad o condición de normal, pero también a su forma que sirve de norma o regla, pues un idioma sin reglas, sin normas, simplemente deja de ser un sistema, ¡y no hay idiomas así!

Disparate vs. norma

Cuando los hablantes y escribientes evitan las normas o ni siquiera las conocen, lo que tenemos son disparates, barbarismos, errores ortográficos, fallas de ortoepía (capacidad de articular una pronunciación correcta partiendo de la forma escrita) y demás maleza en el idioma. Y debemos señalarlos por el bien de la comunicación y de la lógica gramatical y lingüística, pero, especialmente, para consolidar la unidad del idioma y, con ello, el patrimonio cultural que nos sirve para entendernos claramente, evitando en todo lo posible la ambigüedad, la confusión, la incomunicación.

Los hábitos y los vicios se afianzan a tal grado en nosotros que eliminarlos resulta muy difícil. En el uso del lenguaje, hábitos y vicios son aún más empecinados por su carácter cotidiano, por su frecuencia. Hoy no son muchas las personas que saben qué es una anfibología y, por tanto, no comprenden que no es lo mismo decir y escribir “Rock en tu idioma sinfónico” que “Rock sinfónico en tu idioma”. Parece lo mismo, pero no lo es. En el primer caso, lo sinfónico es el idioma, en el segundo, lo sinfónico es el rock. Pero así hablamos hoy y así escribimos, y no nos damos por enterados de si expresamos lo contrario de lo que queremos dar a entender.

Antes de ocupar la dirección de la Academia Mexicana de la Lengua, Moreno de Alba sentenció:

En aspectos ortográficos la Academia no debe limitarse a comprobar costumbres o hábitos, sino que debe fijar reglas claras; o, en todo caso, después de la comprobación debe decidirse por una norma, voz que aquí tiene el significado de “regla que obliga por igual” a todos los que escriban en español. En otras palabras, una regla ortográfica no puede, por definición, ser potestativa, pues en tal caso pierde precisamente su carácter de regla. […] Si una regla obligatoria tiene como resultado la unidad lingüística, una regla potestativa ocasiona precisamente lo contrario.

Si una academia de la lengua únicamente sirve para “registrar”, “consignar” y “describir” los usos del habla y la escritura y no para guiar al hablante y al escribiente, entonces que cierre sus puertas y que sus integrantes se dediquen a otra cosa; al cabo que cada cual tiene la potestad de escribir como se le pegue la gana, aunque contribuya a empobrecer, cada vez más, el idioma y socave la unidad lingüística.

Treinta y cinco palabras

Pero ¿cuándo empezó este deterioro del idioma que hoy llega a grados patológicos, esto es, a enfermedad de la lengua? Podemos estar seguros de que hasta la primera mitad del siglo XX las personas se esforzaban en hablar y en escribir con corrección, no sólo para darse a entender mucho mejor, sino porque la materia del idioma era indispensable desde la educación básica, y por eso había médicos que escribían bien, abogados que escribían bien, ingenieros que escribían bien, profesores que escribían bien, etcétera, pero hoy no escriben bien ni siquiera los graduados en Letras y, muchas veces, ni siquiera los escritores celebrados y galardonados. La evidencia más notoria del uso incompetente del idioma no está en los individuos que no pasaron por la universidad, sino en los profesionistas, de las más diversas carreras, que incluso han alcanzado doctorados y postdoctorados y no saben utilizar, con competencia, el idioma. Entre los primeros estudios e investigaciones para constatar este problema está el del lingüista español José Polo, recogido en la primera parte de su libro Ortografía y ciencia del lenguaje (1974).

En 1970, el doctor Polo dirigió un curso experimental con quinientos alumnos del primer año de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, de Madrid. Una parte del curso incluyó ortografía y ejercicios de puntuación y separación silábica. Lo revelador vino cuando se les dictó, para que escribieran, treinta y cinco palabras, “escogidas con vista a posibles errores”. He aquí la lista: 1=desahuciar, 2=exhausto, 3=exuberancia, 4=ilación, 5=hibernación, 6=bovino, 7=víbora, 8=bóveda, 9=verbena, 10=vendaval, 11=lavabo, 12=breva, 13=brebaje, 14=toalla, 15=exégesis, 16=para ti, 17=sintaxis, 18=superfluo, 19=Feijoo, 20=aljibe, 21=berenjena, 22=objeción, 23=ictericia, 24=vestigio, 25=absorber, 26=ábside, 27=gavilla, 28=exhibe, 29=prohíbe, 30=cónyuge, 31=tenue, 32=ahuyentar, 33=expectativa, 34=zahúrda, 35=eccema.

El examen no incluyó la definición o el significado aproximado de dichas palabras, sino sólo la ortografía. Entre esos quinientos alumnos del primer año de Filosofía y Letras, ninguno escribió correctamente las treinta y cinco palabras, pero hubo uno (el más aventajado) que sólo cometió un error, y, después de él, siete con cuatro errores, que constituyeron la élite. “El grueso de los estudiantes osciló entre 15 y 24 palabras mal; es decir, que hubo algunos casos extremos –o “más extremos”– hasta con 28 y 30 errores”. Entre las formas erróneas escritas por estos estudiantes de Filosofía y Letras, Polo consigna algunas: histericiaesaustoivernaciónverengenaberbenabrebaauyentarhauyentarvovinobívorahexégesisexibiriptericiaescemaesuveranciaténuesintáxisespectativaexemaalgivedeshauciarexcemaobjecciónsupérfluoexséjecipara tíilacciónadsorverexáhustoexsuberanciavóbedatohallaeshibeexérgesishictericiaintericiaconyuge.

Queda claro, con los resultados de este ejercicio, que muchos de los quinientos estudiantes universitarios escribían por primera vez algunas de estas palabras, no sabían ni su ortografía ni mucho menos su significado y no las habían visto escritas jamás debido a una falta alarmante de lectura, ¡tratándose incluso de estudiantes de Filosofía y Letras!

Pero faltaba lo peor. Escribe el doctor Polo: “En el curso 1970-71 hicimos el mismo experimento con alumnos a un año de distancia de acabar la especialidad de Lingüística Hispánica dentro de la Facultad de Filosofía y Letras de la mencionada universidad madrileña. Se les dictó 50 palabras de cultura general para el contexto del estudiante. Resultados: de esas 50 palabras, 30 fueron mal escritas por un alumno; 26/1, 24/1, 21/1, 20/1, 19/2, 17/4, 15/2, 14/2, 13/2, 11/1, 9/4, 8/2, 7/1, 6/5, 1/1”. La conclusión de José Polo no puede ser otra:

No estará de más advertir que en estos mismos estudiantes aparecían, en trabajos hechos fuera de clase, gran variedad de errores de puntuación, acentuación, etc., aparte, naturalmente, de los más graves, sintácticos y léxicos. También hemos contemplado tales bellezas en tesis de Licenciatura y de Doctorado; digamos que, incluso en esta clase de trabajos coronadores del paso por la Madre Nutricia, lo normal es encontrar errores ortográficos netos (no los discutibles) de puntuación y de acentuación. A la vista de los resultados –todo un señor doctor–, deberá pensarse que esas cuestiones de la ortografía más sistematizable (puntuación y acentuación) son normalmente tan complejas, que habremos de crear cursillos posdoctorales para proveer a la gente con tan sibilinas herramientas, casi “ciencias ocultas”. Muchos de los profesores de Lengua Española (diremos sólo de enseñanza media por si acaso) no son conscientes ellos mismos de su deficiente ortografía, por más que les parezca increíble que todo lo “narrado” en este capítulo pueda ser verdad (ajena). Habrá ocasión de mostrar más explícitamente esta idea, que ahora, dicha así, podría escandalizar. Como preparación remota a la misma, acabaremos este epígrafe con las siguientes palabras de Américo Castro: “Las Facultades de Letras son fundamentalmente ágrafas. Se puede salir de ellas con el título de doctor, escribiendo con los pies e incluso con faltas de ortografía.”

Pero este ejemplo no es privativo de España. Por lo menos desde las últimas tres décadas del siglo xx (cuando las academias y las universidades descuidaron y descarrilaron la normativa del idioma por una falsa idea de libertad “democrática” de expresión), el español, en todos los países donde es lengua nativa, sufre una involución cuyas causas son múltiples, pero, entre las principales, hay tres señaladas por la doctora Hilda Basulto:

Aumento de los medios de difusión audiovisuales, que tienden a evitar esfuerzos de análisis en la escritura; disminución (comparativamente) de la costumbre de leer por entretenimiento o vocación las buenas obras, constructivas idiomáticamente; y sustitución de lecturas de fondo por historietas y fotonovelas, que descuidan absolutamente el esfuerzo de la corrección expresiva en aras del argumento.

Tal como ironiza José Polo, estamos instalados ya (¡y desde cuándo!) en la era de “los nuevos analfabetos”, para decirlo con la atinada expresión de Pedro Salinas. Más aún, vivimos en una sociedad que no entiende, ni le interesa entender, por qué es importante la defensa de la lengua frente a la corrupción que la agobia. Ignorar las normas idiomáticas es socavar nuestra cultura de la comunicación, pero también de la creación estética.

En cuanto a la ortografía, particularmente, que es, como afirmó Moreno de Alba, donde se manifiesta con mayor claridad la exigencia de la unidad lingüística, digamos con José Polo que vivimos en una sociedad disortográfica, sin conciencia de la función social de expresarnos correctamente, en gran medida porque hoy, y desde hace al menos medio siglo, “no existe presión social para enderezar el entuerto” ni siquiera en las universidades donde, por el contrario, el idioma se politiza, se ideologiza y se deforma por razones ajenas a la lógica. Obviamente, no se mejora, pues la corrección idiomática se menosprecia, se infravalora, en tanto que se sobrevalora la corrección política. Todo ello conduce a una pobreza intelectual cada vez más acentuada.

En 1974, José Polo estimaba que si uno de los requisitos para ingresar a la carrera universitaria fuese un examen de ortografía, probablemente el noventa y ocho por ciento de los estudiantes sería rechazado. Y concluía que, ante el conformismo (y muchas veces el cinismo) de los licenciados, maestros y doctores que se preguntan para qué deben aprender a escribir bien si eso lo resuelven, a fin de cuentas, los especialistas y editores que han de enfrentarse a sus galimatías, y ante el fracaso de los pasos previos de la educación del español, debería ser la universidad la que se haga cargo de enseñarles lo que no aprendieron en la primaria, el ciclo medio y el bachillerato.

De otro modo, concluye el lingüista, lo coherente sería suspender o reprobar a quienes, aunque hayan asimilado el contenido de una carrera o de un curso, no sepan expresar, con corrección ortográfica y sintáctica, eso que supuestamente asimilaron. Parece rigorista y hasta impiadoso, pero lo otro es más bien absurdo: tener profesionistas más o menos “competentes” en su campo, pero, al mismo tiempo, “incompetentes” en su idioma.

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