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La pretensión de uniformar (y empobrecer) la lengua

Una reflexión sobre el último Congreso de la Lengua de Córdoba que habla de la necesidad de sostener las diversas identidades del español para preservar la riqueza de las culturas locales

 

infobae.com

Por Diego Di Vincenzo

Acaba de terminar el Congreso de la Lengua y ya pudimos observar que el encuentro dejó notas de humor, disidencia, acuerdos y discrepancias. Pero también dejó cuestiones para pensar políticas culturales y educativas, por ejemplo, el de la uniformidad de las variedades del castellano que se habla en los diferentes países como estrategia de las industrias culturales, cuyos contenidos se globalizan desde casas matrices con proyección para todo el mundo de habla hispana, en una especie de Urbi et orbi lingüística.

En este sentido, no es extraño que el interés por las lenguas y los lenguajes sea parte de la agenda de las grandes compañías vinculadas con la comunicación y la cultura, que también estuvieron presentes en el Congreso. Un interés que, por cierto, se encuentra con dificultades de diverso tipo cuando se intenta crear materialmente un contenido cultural o educativo que resulte, al mismo tiempo, lo suficientemente neutro como para que circule en diferentes países con variedades del castellano disímiles entre sí, y que, por otra parte, no entre en colisión con las legislaciones locales en materia de Derechos de autor (la Argentina es un país que protege con mucho celo esos derechos).

Claudia Piñeiro en el Congreso de la Lengua

Claudia Piñeiro en el Congreso de la Lengua

En este sentido, no resulta extraño que el castellano (el español, como se lo llama con pretensión globalizante y panhispanista) sea objeto de interés no solo cultural y educativo, sino también político y económico, por el reporte de ingresos provenientes de las acciones culturales y pedagógicas del “español en el mundo”. Existe una institución estatal española que acredita “este español”, el Instituto Cervantes, que certifica esta lengua “oficial”, como las titulaciones que se otorgan con el inglés o el francés, y que aspira a vastas zonas no hispanoparlantes como China o los Estados Unidos.

Aquellos procesos de uniformización lingüística para el diseño de contenidos requieren de escrituras obedientes y dóciles a esa especie de protolengua llamada “neutro” y necesitan un elenco de actores culturales (editores, correctores, adaptadores) que sean capaces de propiciar una lengua artificial para ser leída. Pero también para ser escuchada: por eso se deben considerar, también, difusores en pronunciación y lexicografía que operen sobre las particularidades dialectales. Se trata de industrias que ya conocemos bien por Netflix y otras plataformas en streaming.

En motivaciones de este tipo se encuentra la preservación del español en el mundo; preservación que vigilan, con censura y rechazo a la impronta al cambio, la Academia monárquica española de la lengua y las diferentes academias de los países en los que se habla castellano. Y también la motivación desmedida por la unidad de la lengua española. Como señala el español Ángel López García, muchos otros pueblos comparten el uso de una cierta lengua, y no por eso se sienten miembros de una comunidad superior: no existen los anglanos y la Anglidad, ni los francanos y la Franquidad. Tal vez porque, como cree este autor, en la tradición hay que encontrar la causa: el único elemento aglutinador de los variados pueblos que componían la Península Ibérica en la Edad Media llegó a ser esa lengua común que surgió uniendo los rasgos de todas; así lo sintieron quienes la iban adoptando sin renunciar por ello a su lengua materna. En otras palabras, un intercambio motivado en necesidades comunicativas, entras las cuales, obviamente, estaba la de comerciar.

Este asunto también debería volverse materia de reflexión pedagógica, porque los procesos de uniformización del castellano se relacionan con la lengua (materna) en la que nuestros chicos y chicas aprenden en la escuela. En un contexto como el actual, en el que la producción editorial cae con cifras alarmantes, no es extraño que las casas matrices adopten políticas editoriales de masificación de autores y libros, y distribución en países en los que tienen presencia, en desmedro de las producciones locales, que sí ocurren en contextos macroeconómicos más benignos.

(Mario Sar)

(Mario Sar)

Costos, políticas cambiarias… cuando los insumos materiales e intelectuales para la creación de un contenido educativo, literario o de otro tipo, no pueden recuperarse con los precios, las sucursales tienden a relegar la producción local en propuestas de carácter global desde las casas matrices y con lenguas o traducciones que optan por una variante en desmedro de otra, o con aspiraciones a esa especie de neutro universal que borra matices, improntas propias, jergas, palabras all’ uso nostro. Y esos términos de identidad a partir de los cuales reconocerse en la lectura desaparecen, no están en la literatura que leen, lo cual implica recibir ofertas poco motivadas en estas inquietudes pedagógicas o lingüísticas pertenecientes a la educación en la primera lengua, en la lengua materna. Y, ya se sabe, la importancia de educarse en la lengua materna no implica solo frecuentar el castellano general o estándar en la cultura de la que se forma parte, sino también reconocer las particularidades lingüísticas propias de un pasado común y una proyección hacia formas que varían por grupos, épocas, generaciones.

En esa riqueza que puede ser local (lo más inmediato, el Río de la Plata) o conocedora de las notas distintivas del castellano andino, o del de Cuyo, o de la zona de influencia del guaraní… Castellanos con sus ricas literaturas, improntas de palabras y frases propias, que los vuelven únicos y por eso adorables. Allí está la potencia de la educación lingüística como educación cultural. En este sentido, el Congreso de la Lengua también debería dejar una invitación a pensar no solo en los derechos a la educación lingüística en las variadas formas del castellano de la Argentina, sino también en estos asuntos de políticas culturales, pedagógicas y educativas.

 

*Diego Di Vincenzo es editor y docente en la escuela secundaria, en el nivel terciario y universitario. Ha escrito y editado más de 200 libros de enseñanza entre Santillana, la tradicional editorial Estrada (donde fue director editorial) y el grupo Norma/Kapelusz Argentina (donde fue Gerente de Contenidos durante diez años).

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