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La fortaleza de nuestro idioma

eltribuno.com

Por Liliana Bellone

Sin duda alguna las diferencias léxicas y fonéticas que existen en el castellano de América no llegan a alterar el sistema lingüístico, como bien lo señalan filólogos como el argentino-venezolano Ángel Rosenblat, estudioso del idioma español en Europa y en América, tanto en su nivel culto como coloquial y vulgar, las lenguas indígenas y el mestizaje, el origen de nombres de países como la Argentina y Venezuela, el uso del “che” en la Argentina, el uso de “las buenas y malas palabras” en Caracas.

Esto implica que la difundida idea de variedades del castellano que sostuvieron algunos expositores en el 8vo. Congreso de la Lengua de la Real Academia Española realizado en Córdoba recientemente, no se ajusta al concepto de lengua como sistema, mutable e inmutable.

Las variaciones de la lengua castellana en América, comprobables geográfica, social y cronológicamente, no superan un número más o menos aceptable de vocablos que tienen que ver con regionalismos, manifestaciones folklóricas y sustratos de los pueblos originarios; pero que no alteran el cuerpo y las reglas del idioma como tal.

Además, la literatura actúa como una superestructura unificadora. Recordemos al Inca Garcilaso de la Vega y a Sor Juana Inés de la Cruz, los primeros, en el Perú y en México respectivamente, cuyas escrituras surgen del encuentro de culturas en una América que se caracteriza por su pluralidad étnica, lo que tan bien puede leerse en escritores como el cubano Alejo Carpentier.

Unidad en el mestizaje

El castellano, como solía denominarse el estudio de nuestra lengua en los manuales de enseñanza media, muestra en su evolución la presencia y la irrupción de otras lenguas y culturas.

En sus orígenes que provienen del indoeuropeo, está el sustrato de las formas del ibero, celta, celtíbero, griego, fenicio, latín (el latín vulgar, hablado por los soldados romanos en Hispania legó el 70 por ciento del léxico español), godo, visigodo, vándalo (Vandalucía -Andalucía, por ejemplo).

Los pueblos germánicos invasores de la península dejaron palabras como guerra (ya que eran grandes guerreros por cierto) en lugar de la latina bellum, de la que viene el cultismo “bélico”, o yelmo o cofia o feudo.

Los árabes, en los ocho siglos que estuvieron en España, aportaron no sólo elementos léxicos sino culturales: zafiro, como el que evoca Dante en el Paraíso, el cero y el sistema decimal para realizar los cálculos de la aritmética y de las matemáticas, de la arquitectura, que hábiles albañiles llevaban adelante, para construir azoteas, atalayas, acequias y aljibes. Después, desde América llegaron colibríes y caciques, y surgió el mestizaje, con ángeles, con maracas, en las iglesias de Cuba como los viera Carpentier, los ríos profundos de Arguedas, entre el quechua de la Lima incaica y el pasado virreinal y luego emancipador durante el protectorado del criollo (hijo de españoles) el general José de San Martín.

Unidad sin dialectos

Berta Elena Vidal de Battini señala en sus importantes estudios de dialectológicos las características del español en la Argentina (voseo, seseo, yeísmo, etc.) pero considera que las regiones de la Argentina no poseen marcas suficientes ni siquiera para hablar de dialectos. Y mucho menos variantes del castellano. El castellano de la Argentina mantiene una notable unidad. Hablamos (además de “la tonada” solamente perceptible entre los argentinos y alguna peculiaridades de vocabulario) exactamente igual desde Buenos Aires a La Quiaca.

El filólogo venezolano Ángel Rosenblat en “El castellano de España y el castellano de América. Unidad y diferenciación”, describe la notable unidad en el habla de los usuarios de la lengua en toda la América hispana ya que los cambios no llegan a ser a pesar de las diferentes identidades regionales, ni siguiera dialectales. Son diferencias léxicas, pero que no atañen al funcionamiento de la lengua como sistema. Reconocemos que hay una pluralidad de lenguas indígenas que exigen su lugar en la conformación cultural del país; pero no será por decreto su expansión y conservación, sino que esto ocurrirá por los cauces mismos del mestizaje, la igualdad y la inclusión, el acceso a los bienes materiales y culturales de todos los argentinos, dejando a un lado el aislamiento y la discriminación.

Hay poesía en lenguas originarias, hay también presencia de lenguas indígenas en la narrativa argentina, en novelas y cuentos de escritores de las provincias poco reconocidos y difundidos a causa del centralismo obcecado de la burguesía porteña, el mismo que luego exige respetar la “diversidad”.

Conquista y emancipación

Si seguimos la dialéctica hegeliana, es necesario considerar que la evolución histórica avanza por el movimiento antagónico de fuerzas progresivas. Así, el castellano que fue instrumento de conquista y colonización en América Hispánica, se convertirá dialécticamente en instrumento de emancipación a principios del siglo XIX, cuando los pueblos decidieron su independencia del Rey de España.

¿En qué idioma se redactaron las actas independistas desde México a Buenos Aires? ¿En qué idioma hablaron y se escribieron San Martín y Bolívar? ¿O el mítico general Sucre y el heroico Belgrano? ¿En qué idioma se organizaron los ejércitos y se dictaban los informes y partes de batalla? ¿En qué idioma se establecieron las primeras constituciones y en qué idioma debatieron los congresistas y constituyentes de los primeras gobiernos patrios? ¿En qué idioma escribieron Andrés Bello y Mariano Moreno? ¿En qué idioma se entonan las Canciones Patrias o Himnos Nacionales de los países hispanoamericanos?

El mestizaje que señalo la investigadora y académica chilena Ana Pizarro, en su brillante exposición, creo que sintetiza en gran medida este debate. El castellano o español mantiene su vitalidad, a tal punto que en Estados Unidos los hispanohablantes lo continúan usando a pesar de la presión del inglés, el idioma de mayor hegemonía comunicacional y de intereses del siglo XXI.

La lengua es múltiple y aunque como todo cuerpo social responde a las estructuras del poder, de la política, la ideología, la técnica y la ciencia, pero es libre por antonomasia, no se reglamenta con decretos, es hablada y vivida por sus usuarios, sus verdaderos dueños y cuya evolución depende de la tríada que el lingüista Eugenio Coseriu sintetiza en “Sistema, norma y habla”, otorgando rol fundamental al “uso”. Esto lo saben muy bien los escritores y poetas que navegan en el mar del lenguaje (a veces no de la lengua), en ese espacio que es la palabra, surgida en la grieta, la hiancia (o espacio a ser llenado por el sujeto) entre el ser y el no ser, entre la nada y el ser (Sartre, perdón).

 

 

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