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Una nueva vida para las palabras muertas

“Porfijar”, “sabejo”, “zato”, “lagrimacer” o “arañento”, expulsadas del diccionario hace años, recobran el aliento en una muestra en el Instituto Cervantes, en Madrid

 

farodevigo.es

Por Elena Fernández-Pello

Si pudiera devolver a las páginas del diccionario de la Real Academia Española una sola de las palabras que, a lo largo del último siglo, fueron cayéndose de sus páginas, Marta PCampos quizás elegiría “camasquince”, que significa “persona entrometida” y que a ella le hace especial gracia, porque se imagina una cama a rebosar de gente. Hay muchas otras, hasta 2.793, algunas tan raras como “arañento” (relativo a la araña), “porfijar” (adoptar como hijo), “sabejo” (sabueso) o “zato” (mendrugo de pan). “Hay muchas y muy curiosas”, comenta la artífice un proyecto que les ofrece una vida paralela, compendiadas en un libro de artista que ha titulado “1914-2014: diccionario cementerio del español”, con dos tomos y sin definiciones. El Instituto Cervantes de Madrid le ha abierto las puertas y hasta el 29 de septiembre muestra los volúmenes en su Caja de las Letras -la cámara acorazada donde se custodian los legados de personalidades literarias-, junto a varios ficheros con una selección de esas palabras en desuso, en cuyas tarjetas los visitantes pueden dejar anotaciones, opiniones y proponer definiciones.

Marta PCampos ha querido llevar a cabo una intervención artística con las palabras, no una investigación lingüística. Es algo que aclara al hablar de su particular “Cementerio del español”. Tuvo la idea mientras estudiaba en Austria, preparando la asignatura de Visualización de datos. Interesada como estaba en el asunto de la comunicación y sus interferencias, empezó a plantearse qué sería de las palabras muertas. Contactó con la RAE, la Real Academia Española, y le informaron de que carecían de un registro o una relación de palabras eliminadas de su diccionario. Fue entonces cuando decidió insuflarles un poco de nueva vida en las páginas de un libro, despojadas ahora del significado que les había dado sentido en su día.

Recopilación

Empezó entonces un capítulo tedioso, el de recopilación de las palabras eliminadas del diccionario de la RAE entre 1914 y 2014. Cuando empezó el trabajo, la última edición era la de 2014 y Marta PCampos quiso remontarse un siglo atrás. Cotejó archivos, creó una aplicación para rescatar las palabras eliminadas y se apoyó en un trabajo realizado previamente por Giusseppe Domínguez, un poeta que reclutó para su proyecto.

Los dos tomos del “Cementerio del español” de PCampos, y los materiales expositivos que lo complementan, fueron producidos y expuestos por el MUSAC, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León. Allí se sacudieron el polvo el año pasado, después de haber permanecido mucho tiempo acalladas, palabras como “lagrimacer” (derramar lágrimas), que a Marta PCampos le resulta especialmente bella, o “cadávera”, que es el femenino de cadáver.

Agonía y extinción

El Instituto Cervantes se interesó por la iniciativa, con la que Marta PCampos visibiliza la vida latente en las palabras, su agonía y su extinción. La artista comenta que los dos volúmenes, incluso cerrados, “transmiten la idea de la gran cantidad de entradas eliminadas”, sin la necesidad de abrirlos. La K, la Ñ y la W son las únicas letras que, en la lengua española, se han librado de la sangría de palabras. Acorde con los tiempos, la iniciativa de PCampos tiene una extensión en internet, en la que ha colaborado el artista y programador Martín Nadal, con la dirección http “19142014.es”, donde está disponible una base de datos con todas las voces expulsadas del diccionario, ordenadas alfabéticamente, y un foro donde los participantes pueden intercambiar comentarios, opinar sobre si una palabra está o no muerta y proponer futuros usos.

Allí, junto a palabras que perdieron el uso con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres, hay otras que los internautas extrañan y por cuyo regreso a las páginas del diccionario claman, como “aborrecido” (el que está aburrido), “abrumado” (agobiado), “acogotado” (acobardado) o “churruscarse” (empezar a quemarse). PCampos desconoce si a lo largo de los cien años sobre los que ella ha puesto el foco alguna de las palabras desahuciadas se salvó y volvió a la vida, pero nada es descartable y quizás alguna de ellas pueda recobrar el aliento. Quizás en su nueva vida puedan viajar por España. A la autora del libro le gustaría que visitaran su ciudad, Zaragoza.

 

 

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