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La neurosis de época en el uso del lenguaje

La RAE no se opone a lo razonable; sí a que se apliquen cambios en el lenguaje formal cuando no obedecen a discriminaciones

 

lanacion.com.ar

El consejo directivo de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Patagonia ha aprobado por unanimidad una norma que ha de ser grata a quienes se empeñan en revolucionar la lenta, y naturalmente cautelosa, evolución de la lengua española a lo largo de once siglos. En adelante, los estudiantes y graduados de esa universidad podrán presentar “en lenguaje inclusivo”, sin correr el riesgo de recibir correcciones o sanciones, los trabajos prácticos, las tesis de grado, las monografías y, en fin, todo lo que es propio de las labores académicas.

La Real Academia Española (RAE) tiene dicho que no le parecen mal tales contemplaciones cuando resulten razonables. Deja a un lado, por cierto, la exageración de querer terminar con el lenguaje formal en el que las terminaciones en masculino no obedecen a una discriminación de sexo, sino que, por el contrario, incluyen en sí el femenino.

Como decía un reconocido lingüista: “Es agotador decir todo el tiempo los hijos y las hijas, los hermanos y las hermanas…”, y así sucesivamente. Otra cosa es cuando el sexismo es claramente intencional: “Murieron dos suecos y sus mujeres”.

La RAE depuró años atrás el diccionario que viene actualizando desde la primera edición, de 1781. Eliminó acepciones como “femenino” por débil, enclenque, por ejemplo. La RAE no baja la guardia tampoco frente a posturas como la de la mencionada universidad patagónica, que abren la puerta al uso de la arroba, la letra “e” y la “x” con carácter de supuestas marcas de género inclusivo. “Eso es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género”, reconviene Luis García Montero, poeta, director del Instituto Cervantes.

Sancho Panza era inculto, pero de una sabiduría feroz para poner a salvo el pellejo y otros bienes de su humilde persona en medio de los menesteres aciagos a los que lo impulsaba el desaforado Don Quijote. En esa lengua en la que ambos conversan genialmente de la mano de Cervantes, cabe preguntarse qué dirían hoy, a propósito de las observaciones de García Montero, si se encontraran con un disparate lexicográfico como el que sigue: “Para todes lxs compañeres”.

La lengua no es solo la primera manifestación de una cultura. Es una creación colectiva articulada para entendernos a través del habla común adaptada a la evolución de las épocas y los países.

En El idioma de los argentinos, Borges observa que el lector se queda maravillado frente al sinfín de voces que están en el diccionario y que no están en ninguna boca. A pesar de eso, en los últimos cien años casi tres mil voces han sido apartadas del diccionario de la RAE en razón del desuso en que habían caído.

La RAE no inventa palabras. Se limita a legitimar lo que es de gestación popular a condición de que se cumplan dos reglas: las de su uso sostenido durante un cierto tiempo y acotado en un espacio geográfico igualmente mensurable. A veces entran en escena persistentes vocablos que se ponen de moda, como ocurre ahora mismo entre nosotros con palabras como “resiliente”, “empoderados”, “disruptivos”, entre otras.

Nuestro antiguo colaborador Adolfo Bioy Casares, escribió risueñamente, en los años setenta, sobre un probable Diccionario del argentino exquisito. Objetaba el temor, generalmente ridículo, a repetir palabras, de resultas de lo cual el decaído “carnaval” de la primera línea reaparecía en la segunda como “Rey Momo”. O la apelación al enfático “subsiguiente” por el más liso y llano de “siguiente”.

Desde la Academia Argentina de Letras se señala, con acierto, que la lengua común de más de quinientos millones de hablantes no ha de ser exclusiva responsabilidad de la RAE cuando veintitrés academias nacionales, agrupadas desde 1951 en la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), consensúan regularmente las normas respetando la variedad lingüística claramente observable en más de veinte naciones que convienen conservar una matriz común en una suerte de soberanía compartida.

Con una cuota suficiente de sano criterio que prevalezca en la mayoría de nosotros, la lógica interna de la lengua que comenzó a hablarse por Valladolid en el siglo VIII vencerá sobre las neurosis lingüísticas de época. Sonriamos, entretanto, con esas licencias indebidas, aunque impulsadas por fuerza mayor, que Bioy imputaba a los argentinos: “Llamamos cabo al vigilante que nos hace la boleta…”.

 

 

 

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