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El lenguaje como instrumento de manipulación política

El control del lenguaje ha sido siempre instrumento de dominación. El capitalismo de hoy en su versión neoliberal sólo profundizó y extendió prácticas anteriores.

 

nuevatribuna.es

Por CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN

En una sociedad para que una clase dominante a través de una fuerza política alcance el poder y pueda mantenerlo, debe conseguir la hegemonía cultural, concebida, no solamente como dirección política, sino también como dirección moral, cultural e ideológica sobre las clases sometidas. La clase dominante se sirve de un conjunto de instituciones como las políticas, las educativas, las religiosas, los medios de comunicación para “educar” a los dominados, para que estos vivan e interioricen su sometimiento y la supremacía de la primera como algo natural y conveniente, inhibiendo así cualquier potencialidad reivindicativaMas, ese poder monopolizado por una minoría y no repartido, cuando quiere gozar de estabilidad necesita gobernar también con argumentos. De ahí la necesidad de las palabras. En esta tarea son claves los intelectuales orgánicos que construyen un relato que fundamenta la ideología dominante. No escasean los que se prestan y se venden ante el poder. Profesores universitarios que desde sus cátedras, en revistas, libros y seminarios adaptan y refuerzan los discursos oficiales para hacerlos más creíbles, condenando los pensamientos alternativos. Periodistas que desde importantes púlpitos mediáticos difunden u ocultan parcialmente las noticias. En ese relato las palabras son tergiversadas, manipuladas, retorcidas y violentadas frecuentemente para ocultar determinadas realidades sociales. El control del lenguaje ha sido siempre instrumento de dominación. El capitalismo de hoy en su versión neoliberal sólo profundizó y extendió prácticas anteriores.

Existe un librito de una claridad extraordinaria de Clara Valverde, titulado No nos lo creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal, con un prólogo Carlos Jiménez Villarejo, en el cual  podemos observar una serie de términos emanados (eufemismos) desde los poderes económicos y que divulgan los medios y los intelectuales con el objetivo de implantar determinadas políticas y justificar las desigualdades. Ese lenguaje perverso tiene la función de inocular en gran parte de la sociedad la sumisión.

Se usa y abusa de los eufemismos para que lo malo nos parezca bueno, y lo desagradable, atractivo. Con ello, la población no se indigna y si no se indigna no se moviliza

Se usa y abusa de los eufemismos para que lo malo nos parezca bueno; y lo desagradable, atractivo. Con ello, la población no se indigna y si no se indigna no se moviliza. Voy a poner algunos de estos eufemismos, algunos resultan grotescos, que se utilizaron recientemente en esta España nuestra. Los brutales ataques a los servicios públicos puestos en marcha en Castilla La Mancha por Dolores de Cospedal, fueron camuflados con el rimbombante vocablo de “Plan de Garantía de los Servicios Sociales Básicos”. La vergonzosa amnistía fiscal de Cristóbal Montoro con el no menos rimbombante “proceso de regularización de activos ocultos”. En una entrevista al exministro José Manuel García-Margallo, a la pregunta sobre qué le parecía las mentiras de Cristina Cifuentes, contestó, hace falta tener cuajo, “si parece que ha economizado la verdad”. Flexibilidad en el despido = despido sin costo para el empresario. Recogida de beneficios = pastón que entra en las arcas de los bancos y grandes empresas. Es alucinante.

En esta misma línea del uso de los eufemismos, llegó a la pantalla de mi ordenador el siguiente artículo de agosto de 2018, publicado en La Jornada, periódico mejicano, 101 eufemismos del glosario neoliberal de José Steinsleger. Voy a reproducir los que me han parecido más llamativos. Capital productivo: anacronismo. Capital financiero: especulación. Capitalismo moderno: saqueo. Crecimiento económico: desarrollo excluyente. Daños colaterales: masacre de civiles. Derechos sociales: lastre económico. Deuda externa: chantaje financiero. Flexibilidad laboral: esclavitud posmoderna. Inequidad: desigualdad. Internauta: alienado voluntario. Informalidad laboral: desempleo programado. Inversión: capital especulativo. Izquierda moderna: derecha ambidextra. Liberalismo: impostura ideológica. Libertad de expresión: arbitrariedad mediática. Librepensador: derechista vergonzante. Meritocracia: casta de ineptos, con diploma y medalla de oro. Modernización: homogeneización. Pragmatismo: amoralidad. Posverdad: mentira razonadaPrivatización de la guerra: negocio con rentabilidad garantizada. Progreso: depredación del medio ambiente. Prosperidad: crecimiento excluyente. Relato: tergiversación a modo de la realidad. Wall Street: templo mayor de la civilización occidental. Zona de libre comercio: enclave neocolonial.

no es crisis es estafaSteinsleger terminaba: “Observación: el glosario queda abierto. Faltan vocablos que empiecen con las letras J, K, Q, U y V. Propuestas serán bienvenidas”. Poco días después en el mismo periódico apareció del mismo autor el artículo Del glosario neoliberal (51 eufemismos más). El inicio era así: “La primera compilación de eufemismos neoliberales (La Jornada, 15/8/18), tuvo una recepción insólita”. Voy a reproducir algunos de ellos, enviados generosamente por los lectores. Realmente algunos de ellos son muy sugestivos. Ahí van: Américas (Las): feudo de la Doctrina Monroe. Antisemita: crítico de la entidad genocida llamada Israel. Coca-Cola: agua bendita para obesos. Condición humana: anacronismo existencial. Contrapesos (de la democracia): subterfugios leguleyos. Cosmopolita: escritor con tarjeta de crédito platinum. Estado: empresa de demolición del sector público. Digitalización: habilidad con dos pulgares y ni un dedo de frente. Dictadura: cualquiera, con excepción de la plutocráticaPISA (pruebas): misil contra la educación públicaRobot: artefacto no previsto en la teoría de la evolución. Salario: variable del ajuste. Xenofobia: ADN anglosajón y europeo.

De la misma manera, es muy frecuente por nuestra clase política y los medios el uso de  otras palabras que además de biensonantes resultan incuestionables para el público: desarrollo, modernización, liberal, progresista, competitividad, crecimiento, reformas, democracia, etc. Son también eufemismos. Podríamos poner otras, aunque no muchas más, ya que los políticos repiten casi siempre las mismas. En la introducción del libro titulado “Palabras Plásticas” de Uwe Poerksen, el autor narra que en 1985 asistió a una conferencia sobre las ventajas de la nueva tecnología que tuvo lugar en la ciudad de Tepotzlan (México) y durante el receso le hizo notar a su compañero mexicano de que la charla dictada por uno de los expertos, tenía como base apenas cien palabras y este entre risas le contestó: ¡Qué va… si apenas fueron cincuenta pues con cien palabras ya sería presidente…!  Esta anécdota no está lejos de nuestra realidad política actual. Nuestros políticos repiten continuamente las mismas y escasas palabras.

Uwe Poerksen en su libro documentó cómo se impuso sobre el habla vernácula (común) la tiranía de un lenguaje modular formado por las que llama palabras plásticas. Palabras huecas, vacías, de plástico, sin sustancia que han sido alteradas en su significado y empobrecidas en su contenido para usarlas como simples módulos de ensamblaje que se ajustan a cualquier discurso, relato, necesidad, solución de problema o justificación de un atropello. Son contorsiones semánticas para ocultar y deformar los hechos políticos, sociales y económicos de cualquier sociedad.

En numerosas ocasiones al amparo o con la excusa del desarrollo o la democracia se han destrozado economías, sociedades y culturas en el mundo

Cuando nuestra clase política usa y abusa de esas palabras de plástico, me surgen unas preguntas: ¿Saben realmente lo que dicen? Me temo que no. ¿Y entonces por qué las utilizan? Porque saben que nadie las va discutir. ¿Quién va a estar en contra del desarrollo, de la modernización, del crecimiento, del progreso, de la democracia…? Y si alguno tiene la osadía de criticarlas, será sometido a furibundos ataques y además acusado de retrógrado. Pero no debemos olvidar que en numerosas ocasiones al amparo o con la excusa del desarrollo o la democracia se han destrozado economías, sociedades y culturas en el mundo.

Fijémonos en unos hechos de actualidad. El gobierno de México, de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), trata de poner en marcha su proyecto más ambicioso, el tren Maya, que recorrerá 1.500 kilómetros por el sureste de México, con el objetivo de comunicar las playas masificadas de Cancún -visitadas por unos 14 millones de turistas anuales- con las ciudades precolombinas de Chichén Itzá, Palenque y Calacmo. Es una zona de gran riqueza medioambiental y patrimonial donde los pueblos indígenas, los chol y los tzotzil – que protagonizaron en los años 90 las rebeliones en Chiapas– tratan de conservar su modo de vida, su cultura, su economía frente a la integración económica de México con el tratado de Libre Comercio con EEUU y Canadá. AMLO en Yucatán ha participado en una reunión explicando las bonanzas del proyecto. Todo camuflado bajo la palabra de plástico “desarrollo”. Según Francisco López Bárcenas en su artículo Kana’antik k-lu’umo’ob (preservando nuestro territorio): El horizonte Maya de La Jornada, organizaciones productivas, culturales, ejidales y colectivos han publicado un manifiesto tras dos días de deliberación en la ciudad de Mérida con las siguientes conclusiones: «Oleadas de promesas de cambio fluyen en los caminos de nuestros pueblos, en nuestras asambleas y nuestras familias; historias de un futuro luminoso, de la llegada del desarrollo y los beneficios para nuestras comunidades. La tierra de los pueblos mayas en la península de Yucatán está siendo, más que nunca, ofrecida y subastada al mejor postor, aquel quien engaña a nuestra gente y viola y desmiembra nuestros territorios con el afán de crecer sus capitales. La agroindustria, el turismo masivo, los megaproyectos solares y eólicos y los desarrollos inmobiliarios crecen de manera descomunal, recrudeciéndose el despojo y devorando insaciablemente la vida, nuestra vida. Así se conduce por manos ajenas el proyecto de reordenamiento integral de nuestra Madre Tierra, que busca cambiarle el rostro a la península de Yucatán y a sus habitantes mayas, aún poseedores legítimos y legales de la tierra que nos fue reconocida gracias a la lucha de nuestros antepasados».

Y otra palabra de plástico es democracia. ¿Quién va a estar en contra de ella? Pero, ¿Cuál es su significado? ¿La formulada por Lincoln «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»? Esta concepción de democracia hoy resulta radical, vista la involución desencadenada por el neoliberalismo. ¿O la de Schumpeter considerada como un conjunto de reglas y procedimientos desprovisto de cualquier contenido específico relacionado con la justicia distributiva o la equidad, y que es un mero dispositivo administrativo para la toma de decisiones? Hay otras democracias: orgánica, popular, liberal, representativa, participativa… Es un auténtico laberinto. Mas, lo cierto es que la democracia actual en España, cada cual la puede denominar como quiera, ha permitido y justificado “democráticamente” la imposición de grandes dosis de sufrimiento a amplios sectores de la sociedad modificando el artículo 135 de nuestra Constitución. Y en la Grecia del jubilado Dimitris Christoulas, que se suicidó ante el parlamento y al que dedicó una canción preciosa Joaquín Carbonell. E igualmente la democracia sirvió como pretexto para invadir Irak y Afganistán con las secuelas ya conocidas.

Cuando leemos o escuchamos a políticos, periodistas o intelectuales, deberíamos hacernos siempre una pregunta: ¿Por qué quieren que yo me crea esto?

Termino con unas ideas de Clara Valverde del libro citado al principio. Para oír  lo que nos están diciendo las élites, hay que aprender a escuchar y a liberar nuestras mentes de los esquemas de los poderosos. Hay que aprender a reflexionar y a escuchar de una forma crítica.

Cuando leemos o escuchamos a políticos, periodistas o intelectuales, deberíamos hacernos siempre una pregunta: ¿Por qué quieren que yo me crea esto? Quizá al escuchar la noticia por primera vez, la manipulación no se presenta clara. Lo que hay que hacer es hacernos esa pregunta una y otra vez, y reflexionar pausadamente para ir captando las estrategias lingüísticas y la manipulación. Todas las noticias que nos llegan debemos cuestionarlas. Insisto: ¿Por qué quieren que me crea esto? , ¿por qué usan esas palabras (eufemismos)?, ¿qué quieren decir realmente?, ¿qué estrategia lingüística están utilizando?, ¿qué otra parte de la noticia nos están ocultando?, ¿por qué nos dan eta noticia y no otras?

La vida en la sociedad neoliberal está organizada para que la gente no piense ni se haga preguntas. Nuestro ocio se llena de televisión, redes sociales, fútbol y consumismo. Por ello, es un acto revolucionario no asumir la información pasivamente y dedicar tiempo a reflexionar. Apagar la televisión y el ordenador para dedicar tiempo al pensar. Tener un tiempo de tranquilidad para pensar. Pensar “¿qué pienso yo de esto?”, en vez de “¿qué piensan los demás de esto?”. Antes del necesario diálogo con otros sobre la situación política, social y económica del momento, es conveniente reflexionar a nivel individual. Si no lo hacemos, adoptamos y decimos lo que piensan los demás, sin haber desarrollado nuestras propias ideas.

En definitiva el aprender a escuchar, reflexionar, analizar y a desarrollar nuestras ideas propias, hoy se ha convertido en urgente. Si no lo hacemos seguiremos hundidos en este infierno neoliberal. Y, por supuesto, también  en este dramático problema catalán.

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