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El sentir

paula.cl

Hay pocas cosas más complejas que identificar y traducir nuestras emociones al lenguaje verbal, pero al mismo tiempo no hay nada más tranquilizador que poder verbalizar lo que nos pasa internamente. El lenguaje escrito es una de las herramientas de comunicación más efectivas que tenemos, y para periodos convulsionados las palabras están -más que nunca- al servicio de lo que sentimos. El fin de la comunicación es conectar. Y no hay conexión más potente que la que ocurre a través de las emociones. Nos sirve de red, de referente y de inspiración. Por eso quisimos darle un espacio al sentir de nuestras lectoras, y así contenernos, conectar y aprender desde la experiencia de otras. Del sentir de todas. Del sentimiento colectivo.

“Tengo 25 años y todo el anhelo del mundo de cambiar la desigualdad e injusticia social del país. Conozco bien ambos términos; mis padres de 74 y 62 años viven con pensiones miserables, mi hermana mayor con una enfermedad mental crónica sin cobertura GES y vivo en Puente Alto, por lo que la conectividad nunca fue buena a pesar del metro y arrastro el estigma social de pertenecer a la comuna, cosa que al final uno aprende a tomarse con humor. Ver el desinterés y poca empatía de parte del gobierno con la gente de sectores económicos medios y bajos fue pan de cada día, pero me impacta y me tiene muy angustiada ver que, a pesar de todo lo que ha ocurrido, siguen haciendo oídos sordos al sufrimiento económico y social. Me causa pena que la televisión mienta y genere pánico colectivo, que los uniformados no hayan protegido nuestros espacios y que nos repriman de manera indiscriminada a la hora de manifestarnos pacíficamente y con ambiente familiar.
Nunca nos escucharon. Nunca se preocuparon por nosotros. Siempre fuimos discriminados y llamados de la periferia. Nunca tuvimos cultura. Nunca tuvimos educación cívica. Nunca nos dijeron que el materialismo no era lo importante, sino ser buena persona y estar feliz con uno mismo. Nunca les importó lo que sentíamos. Y nos siguen ignorando.
Dan discursos lamentándose de la quema de metros por mi sector. ¿Cómo creerles si nunca han andando en metro y mucho menos llegado a Plaza de Puente Alto? Lamentan los saqueos y quemas de supermercados. ¿Por qué les sorprende esa situación si nunca se preocuparon de darnos educación y recursos dignos? Eso es lo que crea la cultura de sálvate como puedas.
Si bien me angustia lo que estamos viviendo, a la vez me siento esperanzada. Porque lamentablemente era necesario que ocurriera de un modo violento, sino las miles de marchas por la educación, anti AFP o por la salud hubieran dado resultado desde un comienzo. Nunca escucharon.
Es el momento en el que Chile debe seguir luchando. No podemos bajar los brazos ni permitir que el movimiento pierda fuerza. Me gusta mucho ver que los periodistas están desconcertados al no ver un líder de todo esto. Y es porque no hay líderes. No estamos siguiendo a nadie. Estamos siguiendo a nuestro corazón. Que, aunque destrozado, cansado y lastimado, aún tiene esperanza de lograr igualdad y dignidad.
Paula Espinoza (25), matrona.

“Soy peruana y llegué a Chile hace 13 años con la esperanza de encontrar mejores oportunidades y darles a mis hijas una vida mejor que la que yo tuve. Trabajo haciendo aseo en distintas casas. Mis dos hijas mayores -Sandra (22) y Madeline (18) -están en Perú al cuidado de mi madre, y la más pequeña, Sofía de dos años, está conmigo. Las dos vivimos en un departamento en Las Rejas. Trabajo lo que más puedo para mandar dinero a Perú. Y con lo poco que me queda, debo arreglármelas para pagar el departamento, comida, leche y pañales para mi niña. Ella sufre de bronquitis crónica y he tenido que llevarla a sesiones de kinesiología para que la ayuden. Todo esto en el sector privado, porque en los hospitales no hay hora. No sé cómo lo he hecho. Gano cerca de $450 mil mensuales, y me mato trabajando, pero aun así no me alcanza. Como trabajo por día no tengo contrato, tampoco salud y para qué hablar de una futura pensión. Todas las demandas me identifican, pero lo que está pasando me tiene muy asustada. Cuando hago aseo en dos casas al día gasto casi $3.500 diarios en locomoción, y eso es mucho. Es por eso que estoy a favor de que bajen las tarifas del metro, que bajen el precio de los remedios, que mejore la salud y suban los sueldos. Pero durante estos días no he podido salir a trabajar y eso significa que a fin de mes no tendré la plata necesaria. Cuando no tienes contrato, no todos respetan tus días y te pagan solo si vas”.
Ana Jara (38), asesora del hogar

“Estoy muy triste. Siento que hay muchos prejuicios. Me duele escuchar cuando le gritan a los militares y carabineros que son asesinos. Porque los hay, pero no son todos malos. Me imagino que hay muchos que están a favor de las manifestaciones porque probablemente los cambios también beneficiarían a sus vecinos, a sus madres, a sus hermanos y a sus hijos, pero ellos no puede sumarse a las marchas porque tienen que trabajar para proteger a la ciudadanía. No hay que olvidar que todos somos personas. Todos sentimos rabia, miedo, tristeza, odio. Pero también amor. Y si bien tenemos muchas diferencias, hay una cosa que nos une: todos somos chilenos y queremos una vida más justa”.
Celeste Martín (33), artista.

“Mi corazón me grita que merecemos el cambio, pero viendo la violencia siento desesperanza”.
Carolina Ureta (41), ingeniero en administración de empresas.

“Estoy cansada y no puedo dormir. A ratos lo que siento se torna confuso y abrir los ojos y el corazón se torna complejo. Este despertar nos muestra tal cual somos; cada uno revela su interior y devela heridas, historia, anhelos y sueños”.
Jesús Sáez (31), artista textil

“Lo que hoy ocurre a lo largo de nuestro país es histórico. Es valentía, es compañerismo, es empatía, es solidaridad. Es todo menos Guerra. Y todo se da para que nunca más un derecho vuelva a significar tener que luchar por él”.
Javiera Velásquez (20), estudiante.

“Estoy en el segundo piso de mi casa viendo el atardecer mientras mis gatos juegan en el techo. Hay un silencio sepulcral que se interrumpe por los caceroleos, que se vuelven cada vez más fuertes. Mi vecina escucha El derecho de vivir en paz de Víctor Jara en el patio. La calle se vacía como si fuese un pueblo fantasma y la gente se encierra con miedo, apurados, sintiendo que el día se corta de manera abrupta e injusta. Hace ya cuatro días que pasa esto y hace cuatro días que en mi interior siento una combinación de cosas: miedo, rabia, pena, angustia, esperanza, desolación. Me despierto ansiosa a prender la tele a ver qué pasó y las noticias pasan como un loop infinito donde nada parece mejorar, y la apago con la esperanza de que algo sea mejor el día de mañana. Siento pena y ganas de gritar ¡basta! cuando veo como todo a mi alrededor se destruye, cómo los lugares por los que tránsito a diario se sienten inseguros y empiezan a arder. Siento rabia cuando veo lentitud e ineptitud de parte de quienes deben hacernos sentir tranquilos y seguros y que al parecer viven en un país totalmente distinto al resto de los chilenos. Siento esperanza porque sé que después de esto nunca más el lugar donde vivo volverá a ser el mismo”.
Cecilia Tapia (32), publicista.

“Para mí todo esto es nuevo. Lo siento como un romper con la estructura con la que hemos vivido toda la vida. Yo nací en democracia, entonces no estoy acostumbrada a ver a militares en las calles o a carabineros en posición de superioridad. Es raro que alguien que no es ni tu mamá ni tu papá te diga que no puedes salir. Obviamente lo respeto y no llevo la contra, no salgo a cacerolear ni marchar después del toque, pero si me dieran a elegir, obviamente no lo elegiría. El toque de queda es una restricción que me incomoda.
Ver a militares armados en las calles, más que darme susto, me resulta incómodo. Ver los lugares que siempre frecuento con tanquetas, milicos armados, pacos tirando lacrimógenas, me hace sentir en guerra, cuando no es así. Para mis papás es complicado porque obviamente ellos tienen el trauma de la dictadura, algo que para mí es incomprensible porque no lo viví. Entienden que tengo derecho a salir a expresarme, pero me doy cuenta que tienen susto de que no vuelva, o que vuelva ensangrentada o que me lleguen lacrimógenas. Ese es un miedo que me cuesta entender.
Tengo sentimientos encontrados, pero todos van para el mismo lado; no me genera en ningún caso alegría ni emoción todo lo que está pasando, al contrario, me da pena ver la violencia de algunos, las quemas y saqueos, pero también impotencia al ver cómo reaccionan los políticos frente a la crisis, ver cómo se lavan las manos, cómo se quedan pegados en discusiones sin importancia en vez de buscar soluciones reales.
Tengo rabia al ver cómo las redes sociales son el único medio por el cual la gente se puede dar cuenta de lo que realmente pasa en las calles, porque muchos medios de comunicación, sobre todo la televisión, transmiten lo que quieren y se centran en los destrozos y saqueos, que en verdad son un porcentaje muy pequeño en comparación a todo lo que pasa el resto del día, que es que miles de personas se movilizan pacíficamente, que la mayoría de los chilenos estamos unidos en la misma causa”.
Sofía Jaramillo (19), estudiante universitaria.

“Tengo tantos sentimientos en la cabeza que no puedo hilarlos bien”.
Rocío Sánchez (31), químico farmacéutica.

“Estábamos perdidos entre el individualismo y la falta de empatía hacia aquellos que de verdad lo están pasando mal; abuelos con
pensiones indignas, gente luchando para poder terminar el mes. Siento que gracias a estas movilizaciones podremos avanzar”.
Estefany Johnson (33), técnico en enfermería.

“Nací cuando mis padres estudiaban en el Pedagógico, en plena dictadura militar. Como eran estudiantes, no tuvieron otra opción que ponerme en el jardín infantil del instituto. Ese lugar se transformaba en un verdadero campo de batalla cuando había manifestaciones. Recuerdo que a todos los niños nos ponían en una fila, nos daban limón y sal, y nos hacían cruzar a una casa que estaba al frente. Siempre le preguntaba a mi mamá por qué los carabineros tiraban bombas cuando los jóvenes cantaban. Me costaba entenderlo.
Ahora vivo esto siendo madre de Leonardo, mi hijo mayor de 7 años, quien hace unos días me preguntó: ¿mamá, los carabineros son buenos o son malos? Recordé lo que me decían mis papás cuando niña y le expliqué que no son todos malos, pero que hay algunos que están haciendo uso excesivo de la fuerza. Que ellos nos tienen que cuidar y no atacar. Me ha tocado replicar con mis hijos lo mismo que hicieron mis padres conmigo. Ellos nunca me ocultaron nada, siempre me hicieron parte, obviamente cuidando de que no me expusiera a una situación o a una información violenta. Trabajo en Villa Grimaldi y aunque mis niños han ido varias veces, aún no les he hablado directamente de la tortura porque a su edad es difícil de entender algo tan doloroso y delicado. Pero sí les digo que hubo gente que sufrió mucho, que eso no puede volver a pasar y que por eso estamos peleando también ahora.
No tengo miedo de que mis hijos sientan la ansiedad que algunas veces sentí cuando niña, porque aunque me tocó convivir con algunas de las protestas más duras de esa época, no lo recuerdo como una experiencia traumática, justamente porque siempre sentí el apoyo de mis papás, su contención y comunicación. Me gusta compartir con ellos la esperanza de un país mejor. Por supuesto también hay algo de ansiedad al no saber cómo y cuándo se va a resolver, pero cuando nació mi segundo hijo con Síndrome de Down aprendí a no tener ansiedad por lo que va a pasar en el futuro y a vivir el día a día. Y así es como vivo ahora”.
Carola Zuleta (40), periodista.

“Participé de una organización de mujeres pobladoras durante la dictadura. Fui a muchas reuniones, manifestaciones y se hacían muchas ollas comunes en esa época. Pero nunca cociné una hasta ahora. Fue en la Plaza de Armas del Quisco, en una manifestación familiar convocada por distintas organizaciones sociales del litoral. Era la primera olla común que se hacía en la comuna en el marco de este estallido social. Yo ni había pensado en cocinar, fue totalmente espontáneo. Eran las dos de la tarde y había mucha gente y niños con hambre. Nunca en mi vida había hecho arroz para tantas personas. Como todos, había llevado mi taza y mi cuchara para cacerolear, pero la taza también sirvió para medir el agua y el arroz.
Pusieron una mesa plegable y prepararon ensaladas. De a poco fue llegando gente a servirse. Fue maravilloso. No había nada y de repente le dimos vida a algo. Con eso le mostramos a la nueva generación que podemos hacer cosas, reunirnos, hacer comunidad.
Me complica que este proceso de resistencia sea en vano. Que nuevamente nos repleguemos a nuestras casas y que nada se transforme. Eso me revuelve la guata y es algo que he visto en otras personas también. Porque así como se conjuga la esperanza, también se conjuga la desesperanza.
Más allá de lo que pase, esto nos ha dado la oportunidad de reunirnos, organizarnos, hacer comunidad. De fomentar la solidaridad. Llevamos más de 30 años viviendo de forma individualista, cada quien cuidando su espacio y sus cosas. Por eso me sentí tan contenta de la olla común que preparé. Guardé la taza con la que medí el arroz y cuando llegué a mi casa agarré un plumón y le escribí la fecha”.
Verónica Arias (56), terapeuta floral y de reiki.

“En general en nuestro país se castiga a quienes cambian de opinión, pero para mí ese desplazamiento puede ser un valor. Creo que pasar de tener una opinión a otra es una oportunidad de hacerse consiente y me parece que hoy estamos llamadas a ser más flexibles y a darle su tiempo a cada una. Tiempo de pensar, reflexionar y formarse una opinión.
Hasta el sábado 19 de octubre de l 2019 yo sólo había ido a una marcha a favor del aborto y había seguido las demandas sociales de otras manifestaciones con atención pero distancia. Las evasiones por el alza del pasaje del metro y las protestas del viernes hicieron que algo cambiara dentro mío. Primero me sentí incómoda por la distancia que me separaba de esa inconformidad de quienes manifestaban y luego convocada. Convocada a salir a la calle, a sumarme, a gritar, a visibilizar un descontento general.
El viernes en la noche nos juntamos con un amigo en un local de Providencia y aunque a los dos nos gusta comer conversando, esa vez escuchamos más el ruido de nuestras cucharas que el uno al otro. Aunque al principio nuestro silencio fue cómodo, al rato nos sorprendí a los dos buscando excusas para explicar la situación: habíamos tenido un día intenso, estábamos cansados, ya no teníamos veinte años.
Nada de eso era cierto. Lo que nos incomodaba realmente era estar ahí mirándonos las caras y no en la calle. Cuando pagamos, decidimos dar una vuelta. La noche estaba fresca y afuera del metro Los Leones nos encontramos con un grupo de manifestantes con cucharas de palo, cacerolas y carteles. Entre ellos reconocí a dos amigos. La distancia que me separaba de ellos me aislaba, y eso me dolía. Caminando de vuelta a mi casa tuve enfrentar a mi vergüenza: la de no haberme echo consiente que yo era parte de la desigualdad que define a nuestro país.
Me sentí mal por no haberme dado cuenta antes. Esa noche dormí pésimo, con sentimientos contradictorios y al otro día entendí que no estaba atrasada un día. Tampoco una semana, ni un mes, ni un año. Estaba atrasada toda una vida. La empatía es una palabra que ha sido manoseada estos días, pero me empujó a entender que no puedo pedir un trato digno para mí si no hay una base común de dignidad para todos.
El tiempo que cada una de nosotras se demore en hacerse consciente de esto no es el mismo para todas. Me gustaría que nos respetáramos independiente de cuándo nos sumamos. Este radical proceso de cambio requiere -para empezar- sentirnos convocadas a sentir y reflexionar. Hacernos consientes de que no estamos solos, de que somos parte de un tejido. De que lo que pedimos para nosotras es lo mínimo que debiéramos pedir para el resto”.
Ariel Richards (38), ilustradora botánica.

“No logro ordenar mis ideas, ni argumentar, ni controlar mis emociones. Me convence casi todo lo que escucho, y eso me tiene en un columpio moral”.
Soledad Hidalgo (31), periodista.

“No viví en dictadura, pero crecí con miedo que se repitiera, por eso cuando estalló este movimiento social me interesó lo que estaba pasando. Tengo amigos de derecha y de izquierda, pero la verdad es que soy bien neutra. Quizás eso viene de mi casa, porque mis papás nunca nos hablaron mucho de política. Me acuerdo que cuando salí del clóset a los 17 años se empezó a marcar una diferencia con mis dos hermanas: ellas podían salir y quedarse con sus pololos en la casa, pero a mí me pusieron más restricciones. Creo que esa diferencia también fue política, y desde entonces estoy atenta a esos gestos.
Salí todos los días a manifestarme, pero recién el domingo 21 me acordé de que tenía una bandera con los colores LGBTI y quise ponerle un mensaje, así que escribí con letras negras: “Somos los gays que mataron en dictadura”. Siento que la calle es un buen espacio para honrar quién soy. Me pareció importante hacer aparecer mi propia causa en este contexto: la lucha por la identidad y la demanda transversal por los derechos humanos. Siento que es desde la celebración de nuestra identidad que podemos contribuir al cambio”.
Catalina Acevedo (28), cineasta.

“Quiero que esto se acabe pronto”.
Pía Hernández (33), médico veterinaria.

“Solo he podido enterarme de todo lo que pasa desde mi casa. Tengo una hija de dos años y medio con la que debo quedarme todo el día, ya que desde que ocurrió el despertar de Chile ha estado varios días sin ir al jardín. Me habría encantado salir a la calle, pero obviamente mi prioridad es mantenerla segura, no exponerla y no sacarla de su rutina. Pero encontré en el arte de la arpillera la forma perfecta para expresarm. Este es un oficio utilizado como registro de la historia chilena, y quiero que lo que he bordado sirva para no olvidar”.
Javiera García (30), diseñadora.

“Lo esencial es ahora visible”.
Sandra Marín (34), creadora de Estudio repisa.

“Por mucho tiempo escuchamos a políticos usar las palabras con liviandad. Me gusta que en tiempos como estos la discusión incluya lo explícito y lo implícito; que nos fijemos en los simbolismos, en las formas y los tonos. Apareció el lenguaje no verbal y el paraverbal, y con ellos la emoción y lo humano. Y es que empezamos a exigir discursos verdaderos. Nos estamos sincerando y estamos analizando más allá de lo literal. Estamos queriendo coherencia entre lo que se dice, cómo se dice y lo que se hace. Creo que esto nos hace bien, porque nos permite exigir más, querer más”.
Ignacia Núñez (31), diseñadora.

“¿Tendremos algún plan de contingencia para resolver todos los conflictos internos que esto no va a dejar? Porque podremos tener cambios en el sistema, pero también tendremos que tenerlos en nuestra mentalidad”.
Cecilia Rivera (37), analista de recursos humanos.

“Siento gran emoción porque me di cuenta de que hay más voces como la mía, todas gritando lo mismo. Todas queriendo un nuevo futuro”.
Aylin Sartore (33), vestuarista. 

“La rabia contenida hace tantos años ya salió. Ahora hay que empezar a reactivarnos y actuar. Seamos todos partícipes de las políticas públicas para que los gobernantes sepan que como ciudadanos estamos claros de nuestros derechos, como también de nuestros deberes”.
Javiera Olmedo (29), trabajadora social.

“Tengo rabia. Rabia de vivir en dos países tan distintos; el de las oportunidades, del 1%, y el real del 99% restante. Yo lo tengo todo. Mis papás me pagaron la universidad, nunca me faltó nada. Hoy vivo en la misma burbuja de siempre, pero justo al lado del Chile de verdad: Puente Alto. Amo esa comuna, el caos, los gritos, la incertidumbre, la picardía de su gente, su estilo, su manera de caminar. Admiro esa capacidad de andar de choros y luchar cada día. Tienen una fuerza interior que no se ve en cualquier parte. No sé si ellos lo notan, pero a un puentealtino se le ve venir de lejos: abuelas, jóvenes, mamás con sus niños a cuestas. Estos días han sido duros para todos, pero para ellos ha sido peor. Mientras la gente linda se toma fotos protestando en Plaza Italia, acá en Puente Alto la horda arrasa con todos los negocios que encuentre a su paso. “Estamos peor que ayer”, me dice cada persona que subo a mi auto. Ayer nos quejábamos del metro, que vamos muy apretujados, de los supermercados, demasiado llenos los fines de semana. Ahora no hay metro, sólo queda un supermercado abierto en toda la comuna, de 600 mil habitantes. Siento rabia de ver cómo los que lo pasan mal, lo están pasando peor. ¿Será el precio a pagar por un futuro mejor? Por qué será que los que pagan son los mismos de siempre. Pasarán semanas y meses sin tener dónde comprar comida, cómo irse al trabajo. ¿Se van a acordar de ellos cuando estén negociando las reformas?, ¿Vendrán a devolverles la mano por su sacrificio?”.
Ignacia Rojas (39), periodista.

“Estos días he sentido mucha ansiedad. Mi cerebro y corazón se sienten pesados y no sé qué me pasa que estoy durmiendo once horas. Apago la alarma y me doy media vuelta hacia el otro lado de mi cama. Tengo pena con tanto balazo; tengo rabia con tanto abuso y maltrato; tengo esperanza con tanta protesta y marcha. La única guerra que tengo es con mis emociones. Trato de informarme en dosis pequeñas, filtrando mis redes sociales, pendiente de avisos importantes de mis padres. Hablo con mis amigos, amigas y familia de lo que siento y de lo que ellos sienten, porque es necesario saber del otro. Chequearnos. Asegurarnos que no estamos solos”.
Javiera Pérez (24), intérprete.

“El odio no construye, el odio no lleva a nada. No permitamos que este país se vuelva a dividir. Es trabajo de los políticos dejar de generar odio entre nosotros solo por pensar diferente”.
Marcela Puyol (43), ingeniera comercial.

“Trabajo como peluquera desde que tengo 17 años y con mucho esfuerzo, hace 10, abrí mi propia peluquería en Providencia. Vivo en Renca, todos los días salgo a las 7:30 para partir atendiendo a las 9:30 y no paro hasta las 20 hrs. Este es un negocio familiar, conmigo trabajan mis hermanas Olga (47) y Rita (35). Vivimos el día a día. Nos alcanza, pero no nos sobra, y trabajamos muchísimo, casi no nos sentamos. Después de los incidentes, la peluquería estuvo toda una semana parada. Ni cuando partí atendí tan poca gente. Eso me da mucha pena. ¿Cómo voy a pagar el arriendo y los sueldos? Solo espero que la situación mejore. También me preocupa mi comuna, donde quemaron los supermercados e incluso, saquearon a los feriantes. Gente trabajadora como nosotros no merecemos esto. Apoyo las causas, yo misma me demoro dos horas en llegar hasta acá, pero no apoyo la violencia”.
Victoria Pavez (49), peluquera

“Nunca había visto militares en las calles. Esas eran historias que contaban mis papás, eran escenas de películas basadas en los años 80, eran parte de los cuentos de terror que crecí escuchando. Sin embargo, no hago más que sonreír mientras un camión militar pasa por afuera de mi balcón.
¿Por qué estoy sollozando de emoción en pleno toque de queda? Porque mi vecina está conmigo tocando el sartén, porque los de al frente cantan El derecho de vivir en paz, porque, aunque nos tienen encerrados, seguimos luchando con lo que tenemos en las manos. Resuenan miles de voces desde mi ventana y no puedo dejar de cantar. No puedo dejar de hacer ruido, de poner una y otra vez esa canción de Victor Jara, para que suene en todo el barrio, para que llegue a la Alameda, para que la cantemos todos.
¿Por qué sonrío en pleno toque de queda? Porque estoy luchando con aquellos con los que nunca pensé estar. Por ahí escuché la frase: ´no es guerra, es unión´, y pucha que es verdad. Unión es lo que hay esta noche llena de ruidos y cantos.
Me encanta ver las ventanas iluminadas, ventanas que no se cansan de gritar libertad, que aunque son oprimidas siguen abiertas. Porque no es sólo el alza del pasaje; estamos cansados de la indolencia de los poderosos, porque cuando ellos evaden millones, nada pasa, pero cuando el ciudadano común no paga 830 pesos, le tiran bombas.
¿Por qué sonrío en pleno toque de queda? Porque sé que tengo el derecho de vivir en paz. Y no es sólo porque mi vecino la tiene puesta a todo volumen”.
Valentina Deneken (26), periodista.

“Siento un nudo en la garganta. Vivo en Buenos Aires desde 2015, y desde acá siento lo que está pasando en Chile. Mi hermana es militar. Entró este año a la escuela y ahora le está tocando vivir esto desde ese otro lado. Somos muy diferentes, nuestras posturas también lo son. Y aunque ella defienda el estado de emergencia y me de mil argumentos, mi opinión sobre la opresión que representan prevalecerá. Pero es mi hermana. Me da pena ver tanques en las calles que algún día transite, me da horror ver a militares jóvenes e inexpertos con armas en la mano. Me da rabia ver como saquean y destruyen ocupando las manifestaciones pacíficas como cortina, pero siento esperanzas al saber que ellos son son solo el 10%, porque el otro 90 sale a las calles con ollas y sartenes a cantar por un Chile más justo, por el derecho de vivir en una sociedad más justa”.
Nicole Vallejos (25), ilustradora.

“Mis padres están a pocos años de jubilarse y siempre he visto cómo, con mucho esfuerzo, nos han sacado adelante. Temo que mi país no sea capaz de darles un buen pasar el último tercio de sus vidas. Mis hermanos y yo somos profesionales y podemos luchar económicamente contra este sistema. Pero ellos ya no pueden hacerlo. Están a la merced de un sistema egoísta”.
Carolina Fernández (25), ingeniera civil.

“Soy de las que tienen miedo, porque esto es nuevo para mí”.
María Victoria Retamal (40), dueña de casa.

“Es válido no querer marchar ni ir a protestar. Es válido que me de miedo, que me de tristeza ver y sentir que la gente es capaz de todo porque siente que no tiene nada que perder. En Chile ser pobre es violento, no creo que exista nadie que no concuerde en eso. Soy parte de esos chilenos que espera y ha esperado por años dignidad y justicia social en virtud de una calidad de vida para todos por igual, pero me incomoda la incertidumbre, me incomoda que quizás pueda perder mi trabajo, me incomoda escuchar en la calle teorías conspirativas. Me incomodan mis amigos y amigas que tienen una mejor situación económica que no entienden lo que pasa, que solo quieren volver a la normalidad”.
Carola Correa (29), ventas.

“Me siento como mi Chile lindo: con el cuerpo movilizado, la mente ruidosa, totalmente bipolar, pero al mismo tiempo muy cuestionada, emocionalmente violentada, con el alma asustada y los derechos golpeados. Pero estoy más completa que nunca. Construyéndome de nuevo, totalmente despierta”.
María Pía Fernández (29), periodista.

“Las emociones son muchas. Ansiedad por lo que ocurriría desde el primer chico que saltó el torniquete del metro. Angustia al sentir que el gobierno no daba respuestas concretas cuando comenzaron las primeras manifestaciones. Tristeza al momento de analizar realmente que habiamos aguantado tantos años una situación indignante respecto a pensiones, sueldos y la mala calidad de vida de gran parte de los chilenos. Miedo al ver a mis padres preocupados por haber vivido su juventud en dictadura. Fui feliz al ver a mi familia sintonizada cuando hablamos de lo que tiene que cambiar y de marchar junto a miles de personas, unidas por objetivos en común. Sé que recordaré para siempre estos días como los días en los que comenzamos a exigir derechos para todos”.
Sofia Jeldes (21), estudiante de Ciencias Politicas.

“Tengo esperanza de que las cosas van a cambiar, de que la clase política indolente por fin va a escucharnos”.
Bárbara Chandía (30), trabajadora independiente.

“Quiero de vuelta mi rutina, pero también quiero que esta lucha nos traiga la dignidad que tanto anhelamos”.
Macarena Rojas (32), vendedora independiente.

“Han sido días tensos, chocantes, inesperados, que nos han paralizado. Vemos y escuchamos noticias que nos llegan por todos lados, que -literalmente- nos bombardean, pero no sabemos bien cómo entender lo que está pasando. Sí, hay descontento, hay inequidades sociales, y a mucha gente le faltan los pesos para llegar a fin de mes. ¿Pero cómo entender el odio y la violencia? Las injusticias sociales se han hecho escuchar. Creo que son voces que nos llaman a la empatía, a ponernos en su lugar, a ver sus pesares, sus angustias y sufrimientos. El individualismo ha ido conquistando los corazones, preocupándonos cada vez más de nosotros mismos y menos de los otros. Este es un llamado a ver, a abrir el corazón y a escuchar. A contactarnos con las heridas de los otros, hacerlas nuestras y curarlas juntos”.
Javiera Valech (26), psicóloga.

“Tengo susto, incertidumbre y rabia, pero también alegría por el grito de guerra que estamos dando”.
Francisca Guajardo (39), ingeniera comercial.

“Es difícil poner en palabras la batahola de emociones y pensamientos que se han venido a la cabeza en esta semana de estado de emergencia y toque de queda. Mirando hacia atrás, el tiempo en el que nuestras vidas se desarrollaban con total normalidad parece estar a años de distancia. Y es que quizás en el fondo sé que esa cotidianidad no volverá a ser como la conocía. El 18 de octubre de 2019 marcó un antes y un después en la historia de nuestro país, la olla a presión que llevaba años hirviendo por fin explotó de la forma más bella y caótica en la que podría haberlo hecho. Hemos visto en estos días cómo sectores totalmente opuestos y distantes de nuestra sociedad se han unido por una causa común: dignidad. Se unieron las barras bravas, las regiones, los diversos sectores socio económicos y gremios a tal punto que al parecer nada es imposible en estos días de rebelión y descontento.
Pero también hemos visto violencia, mucha violencia y represión. La injusticia que buscamos combatir se sigue perpetuando a través del abuso de poder de las fuerzas especiales y de los militares al momento de ejercer sus métodos de control. Porque la desigualdad se hace patente cuando en Puente Alto la gente se tiene que organizar entre ellos para poder defender sus casas, mientras que un enorme despliegue de Carabineros detiene una manifestación pacífica en Plaza Italia. O cuando en Colina muere un joven por balazo, mientras que en Las Condes dispersan a los manifestantes con conversación y abrazos.
Hemos visto y oído montones de información esperanzadora y terrible. Hemos caceroleado hasta que saltan astillas de la cuchara de palo y hemos gritado hasta perder la voz. Y ahora, como si nada hubiese pasado, nos piden volver a la normalidad. ¿Qué normalidad? Ya no existe la normalidad como la conocíamos en una ciudad y en un país quebrado y unido a la vez.
El miedo que siento de volver a la normalidad es que toda esta semana haya sido un sueño del que haya que despertar y seguir como si nada. Aún queda mucho por seguir luchando. Todavía duele el país en el que vivimos, y retomar la rutina es mantener vivo aquello que buscamos cambiar. Pero no se puede pelear por siempre, y esto eventualmente se tendrá que acabar de alguna manera. Solo espero que cada cacerola abollada, que cada pancarta, que cada consigna, que cada grito de indignación, que cada herido y que cada gota de sangre derramada hayan valido la pena, para que podamos despertar de este sueño en el país que nos merecemos”.
Valentina Oliva (26), Profesora.

“En estos días he sentido muchas cosas, pero lo que más prevalece es el miedo. Miedo por los que han sido heridos, por los que no tendrán posibilidad de hacerle un seguimiento a sus lesiones y por todos los que seguirán sufriendo. También he sentido frustración. Somos muchos los profesionales del área de salud que hemos salido a atender en terreno, pero no damos abasto. He trabajado en urgencias, pero nunca había estado en tal situación de riesgo. No puedo dejar de pensar que muchos de los que están siendo reprimidos o heridos tienen familia. ¿Alguien les hará seguimiento de sus heridas? ¿Se infectaran? ¿Tendrán apoyo psicológico posterior? Porque son todas cosas que creo que no hemos dimensionado aun, pero que sí o sí van a tener un impacto”.
Camila Quintana (24), enfermera en terreno.

“Jamás me había sentido orgullosa de ser chilena hasta ahora. Me sentía triste y desesperanzada de ser madre en este país, de envejecer y no jubilar porque soy artista independiente, divorciada y aunque me saco la cresta todos los días para mantener mi casa con dos gatos y mis papás pensionados, la plata no me alcanza. Toda mi vida se ha tratado de sobrevivir. Nací en dictadura y a pesar de que mi mamá y mi papá nos dieron a mi hermano y a mí una vida feliz, nunca nos sobró nada. Durante los 90’ nos convencimos de que vendrían tiempos mejores, pero surgir de la clase media para familias trabajadoras no es posible. Por eso lo que está pasando me encanta. Me siento contenta, nerviosa, emocionada y con orgullo de ver que esto puede cambiar, porque nos defendimos de una vez por todas, todos juntos. Y Eso es algo que no creí vivir nunca”.
Evelyn Leal (37), tatuadora.

“El que no tenía opinión, ahora la tiene; el que no quería ver, ahora llora; el que no tenía interés, ahora se instruye. Somos un nuevo Chile con fundamentos, con los ojos bien abiertos. Un Chile que no agacha la cabeza”.
Carla González (36), fotógrafa.

“Quiero tener la tranquilidad de saber que llegaré a fin de mes. Quiero que mis papás puedan jubilar. Quiero poder comprar mis remedios a un precio decente. Quiero mayor cobertura en salud mental. Quiero dejar de escuchar disparos y sentir lacrimógenas”.
Natalia Martínez (36), actriz y psicóloga.

“Hace un año y medio me fui de Chile y en este tiempo pude reafirmar que ahí las cosas solo funcionan para unos pocos. Estando afuera pude darme cuenta de la magnitud de las fallas en el sistema, y me enorgullece que mi gente, estando adentro y sin necesariamente haber tenido la posibilidad que tuve de irme a otro lado, al fin estalló. En estos días he sentido una impotencia gigante. También quiero estar ahí, quiero gritar y quiero dar la lucha. Porque estoy con rabia y pena, y siento que he sido una víctima más del sistema durante mucho tiempo. Lo ha sido mi mamá, lo ha sido mi familia y lo han sido millones de chilenos. Fui a un liceo municipal y viví en Puente Alto toda la vida, con el estigma que eso conlleva. Tuve que trasladarme durante horas en las mañanas y luego endeudarme con el CAE para poder ir a una universidad privada. Pero a pesar de eso, siento que he sido una privilegiada, porque no sé lo que es ser pobre en Chile. La verdad de las cosas es que -y no puedo creer lo que estoy diciendo- me siento, y el gobierno me ha obligado a hacerme sentir, una afortunada por haber podido endeudarme. Voy a pagar hasta el 2038 mi educación, algo que debiese ser considerado un derecho inalienable, pero sé que hay gente que ni siquiera puede acceder a eso. Entonces, ¿cómo no empatizar con lo que está pasando? Nadie avala la violencia, pero realmente me pregunto: ¿cómo no entenderla? O al menos desde dónde proviene. No tenemos idea lo que es que nuestros padres se droguen, o estar con hambre y tener que recurrir a cualquier cosa para poder comer. Yo ni me imagino lo que debe ser, porque recibí amor y fui a la universidad. Cosas básicas como esas a las que no todos pueden acceder en un país regido por la desigualdad.
En estos días me he sentido impotente. Acá en Berlín nos hemos organizado porque hemos sentido una necesidad profunda por crear comunidad y por acompañarnos; en las mañanas vamos a la Embajada de Chile a manifestarnos con pancartas, hemos creado grupos de Whatsapp en los que compartimos información y nos contenemos. Grupos que se han vuelto una herramienta para expresar lo que sentimos. También hay psicólogos brindando ayuda a los que necesitan, de manera gratuita, y los periodistas se han preocupado de recopilar registro audiovisual y de difundirlo para que se sepa lo que está pasando. Muchos de nosotros, de hecho, nos fuimos por la desigualdad y la falta de oportunidades. Y queremos que eso se sepa. Porque da rabia ver que en el resto del mundo la vida continúa, y es más triste aun saber que incluso adentro de Chile hay personas que han sido indiferentes y que preferirían seguir como si nada, sin cambios estructurales.
Creo que esto se trata de la dignidad y de la calidad de vida. Nos han hecho pensar que tiene que ver con la izquierda o la derecha, pero no es así. El Estado de bienestar es independiente de eso, ya que parte de la base que hay ciertos derechos que no se transan y que son para todos. Ahora pienso en las veces que sentí frustración como estudiante, al ver que la realidad de muchas de mis amigas no era la misma. Yo me tenía que esforzar más porque tenía que trabajar a la par para ayudar a mis papás a pagar la parte que el CAE no cubre, para comprar mis propias cosas y para no ser un peso más para ellos, porque somos tres hermanos. Mi mamá, por su lado, estudió una carrera a los 50 años, y el otro día me confesó que había sido por miedo a recibir una pensión indigna. Todo esto tiene que cambiar y este es el minuto. Porque no se me ocurre en qué mundo podamos seguir normalizando e incluso agradeciendo estos niveles de injusticia”.
Natalia Henríquez (29), periodista.

“Como venezolana residente en Chile, creo que el rumbo de lo que está sucediendo está equivocado. Equivocado no en la validez de las demandas sociales, sino en su forma. Equivocado al tratar de promover derechos bajo un escudo tan amplio que se llena de guerreros que ocupan batallas colectivas como caballos de troya. La solución no está en la ideología, sino en la educación. No sé de política, ni de economía. Sé de la historia de un pueblo que se perdió en la lucha de clases y el resentimiento. Sé de un pueblo que vaga por el mundo por haber creído en mesías que venían a regalarnos justicia. Hagan los cambios necesarios, pero no socaven las instituciones, no avalen la violencia bajo ninguna circunstancia. Es mentira que es la única forma de que los escuchen”.
Mariale Bracho (40), marketing.

“Estoy cansada y no puedo dormir. A ratos lo que siento se torna confuso y abrir los ojos y el corazón se torna complejo. Este despertar nos muestra tal cual somos; cada uno revela su interior y devela heridas, historia, anhelos y sueños”.
Jesús Sáez (31), artista textil

“A esto se le llama la revolución de los 30 pesos, pero en realidad es la revolución de 30 años de injusticia. Porque que algunos estemos bien, no significa que todos estén bien”.
Rosa Marambio (76), abuela.

“Desde mi posición como mamá creo importante ser responsable en los comentarios personales que se generan frente a los niños. Nosotros vemos las noticias juntos y les explico la situación, pero evito generar una reflexión polarizada. Creo profundamente en lo que se exige y en que los cambios son urgentes, pero no creo en la violencia. Estamos formando nuevas generaciones que ojalá hagan cambios sin odio ni resentimientos, sino desde el amor, deseando la igualdad y la dignidad para todos”.
Francisca Vega (35), orfebre.

“Me gustaría poder ser más valiente y acompañar a estas generaciones en las protestas y marchas, pero el actuar represivo de los agentes del estado y grupos anárquicos han hecho que este sentimiento decaiga”.
María Victoria Figueroa (30), kinesióloga.

“Creo que la justicia debe existir sin violencia. Esta es una oportunidad para empatizar con el otro”.
Francisca Contador (35), profesora de educación física.

“He sentido pánico, miedo y rabia, pero también libertad y necesidad de cambio”.
Ignacia Valencia (18) estudiante.

 

 

 

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