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“El lenguaje es una base constitutiva de la asignación de género”

La especialista en análisis de discurso explica los motivos del lenguaje inclusivo, su confrontación con el discurso hegemónico, y la profundidad de las raíces que hace falta conmover para alcanzar la inclusión y la igualdad.

 

pagina12.com.ar

Por Bárbara Schijman

Profesora, investigadora y especialista en análisis del discurso, Sara Pérez explica a qué se llama “lenguaje inclusivo” y de qué depende que nuevos términos se popularicen e instalen. Analiza, además, la “ideología de género” como estrategia discursiva, el discurso político en la construcción de valor, y la prevención de la violencia de género dentro y fuera de las aulas.

–¿Qué se entiende por “lenguaje inclusivo”?

–A mí me gusta mucho la discusión sobre lenguaje inclusivo desde el momento de la propia denominación. Esta denominación de lenguaje inclusivo tiene que ver con un reclamo de un colectivo de seres humanos que no se sienten interpelados, interpeladas, interpelades, por algunas formas de uso del español, por ejemplo, el uso del plural “nosotros” para incluir a nosotras, nosotros. Por otro lado, la dicotomía entre masculino y femenino, o y a, no agota las expectativas, las necesidades y las posibilidad de identificación de personas que no desean ser interpeladas como o o como a, sino que prefieren una situación de transición o intermedia. Esto tiene que ver básicamente con un supuesto de partida: el lenguaje es una de las formas en las que vamos construyendo nuestra identidad; no es menor, el lenguaje es constitutivo. El lenguaje es una base constitutiva de la asignación de género, y entonces es ineludible. Toda discusión que tenga que ver con el género en el lenguaje en última instancia está teniendo que ver con cómo construimos nuestras identidades y cómo atravesamos esta experiencia subjetiva. Esto ocurre siempre de la mano del lenguaje, ineludible en nuestra vida social e individual.

–¿Por qué ahora?

–Esto no es nuevo. Tiene muchísimos años en distintos países y distintas lenguas. El uso no sexista del lenguaje antecede al lenguaje inclusivo. Lo primero en que coincidimos una gran mayoría de personas es en que el lenguaje es una facultad de todos los seres humanos. Su uso supone una representación acerca del mundo. Durante los ’90 empezaron a pulular manuales de uso no sexista del lenguaje, esto es, usos que no discriminen a un conjunto de mujeres por su sexo. ¿Qué quiere decir uso no sexista? Por ejemplo, en los viejos diccionarios de la Real Academia Española (RAE) figuraba “embajadora” como esposa del embajador. Pensemos en las metáforas, arraigadas en nuestra vida. “Toro” alude a un tipo potente; “vaca”, a una mujer gorda. Y cuestiones vinculadas a “no llores como una nena”. Ahora las jóvenes feministas han resignificado esto último como “pelea como una nena”, “pelea como una abuela”. Lo que está en juego es si mediante el lenguaje reforzamos o reproducimos relaciones de poder o si tratamos de cambiarlas. Lo que están haciendo les chiques hoy es poner en tela de juicio, cuestionar, desafiar, un orden sexogenérico imperante, y junto con ese desafío, desafían la forma en que esto se pone de manifiesto en la lengua, en lo nodal del sistema de la lengua. Y esto es lo que más perturba.

–¿Qué hace que la lengua se modifique?

–Hay dos etapas. La primera, una etapa de visibilización de las mujeres, con el “todos y todas”, que comenzó con fuerza hace cosa de diez años. Luego aparece el uso de la e con las más jóvenes. Algunas compañeras dicen que no quieren que se las interpele con la e por lo que costó llegar al “todos y todas”, porque consideran que así se nos invisibiliza de nuevo. La e aparece en adolescentes de clases medias básicamente, con las chicas, pero se extiende muy rápidamente a todes les chiques. En Capital Federal cuesta mucho no decir “les pibes”. Hasta suena perturbador decir “los pibes”. Lo han impuesto a su manera con el propio uso. El problema del lenguaje inclusivo es que el “todos y todas” usaba de manera distinta un recurso que ya nos daba el sistema. En el sistema ya estaban la a y la o; su uso estaba habilitado, lo que hicimos fue empezar a usarlo un poco más. Pero la e como tal, como un género, no está en el sistema morfológico del español; está como una excepción para ciertos casos. Les pibes se agarraron de esa excepción, la explotan y la reproducen. Eligen esa forma y al hacerlo tocan una cuestión medular del sistema. Por eso es tan resistido y por eso cuesta tanto aprenderlo. Hay que aprender a hablar con la e. Probablemente el tiempo tome la decisión. El tiempo y el poder.

–¿En qué sentido el poder?

–Los cambios son más rápidos en la medida en que los discursos legítimos y las instituciones acompañan y respaldan esos cambios: la escuela, los medios masivos de comunicación, la literatura, todos aquellos lugares de construcción de variedades de prestigio de la lengua. Si la escuela prohíbe puede generar un movimiento de resistencia y no habilitar su uso en el ámbito escolar. Hay grupos conservadores, antiderechos, que se organizan en torno a exigir que se prohíba el lenguaje inclusivo en las escuelas. Hay otras escuelas que lo habilitan. En esto se cruzan muchos conflictos. La cuestión es hasta qué punto las personas estamos dispuestas a cambiar relaciones de poder para lograr que sean menos desiguales. Y en muchos casos, ser menos desiguales, para muchas personas supone conceder privilegios y cambiar el status quo, y hay personas a las que no les gusta cambiar el status quo. Es como los conflictos que tenés en tu casa cuando decís que a partir de ese día todes van a lavar los platos. A lo mejor todes van a la marcha a favor del aborto legal, seguro y gratuito, pero de ahí a levantar la mesa hay una distancia, porque una cosa es estar de acuerdo con una política pública y otra cosa es modificar nuestras propias prácticas. Cuando desde los estudios del lenguaje hablamos de un discurso hegemónico y de poder estamos hablando de la internalización en nuestras subjetividades de ese discurso hegemónico. El discurso hegemónico nos interpela a todes por igual. Cuando hablamos del discurso hegemónico, hablamos de ese discurso que se reproduce en los medios, en la escuela, en la esfera pública, en los partidos políticos, en casa, en las redes…

–Hay quienes hablan de “ideología de género”. ¿Qué hay detrás de esa consideración?

–Al estigmatizar la palabra “feminismo” se estigmatiza esa identidad, se estigmatiza y neutraliza la posibilidad de que algunas personas que reivindican esas ideas adopten ese cuerpo de ideas de manera sistemática. El movimiento de mujeres ha logrado avanzar muchísimo, soy optimista y también soy realista. Hay muchas resistencias todavía. He estado en reuniones con compañeras de barrio que me preguntaban cómo hacer, porque tenían vecinas que estaban de acuerdo con todas las reivindicaciones pero cuando las invitaban a sumarse decían “no, porque son feministas”. Una respuesta de distancia, que da cuenta del poder del discurso hegemónico. La “ideología de género” como categoría en español plantea que las cuestiones de género son una ideología, y que esta ideología la promueve el feminismo radical y tiene que ver con cuestionar el orden sexual biológico natural, donde hay varones y mujeres cada uno con sus roles específicos vinculados con sus capacidades biológicas.

–¿De qué manera se materializa esta posición?

–Esta construcción discursiva se presenta como una conceptualización científica, no religiosa, basada en lo que dice la ciencia, entonces construyen y desarrollan sus propias fuentes científicas, apelan a representaciones de gran divulgación y sostienen que la diferencia absoluta entre varones y mujeres tiene un respaldo genético, biológico. Que los roles están dados porque las mujeres tenemos la responsabilidad de ser madres y deseamos ser madres porque es nuestra función. Y que todo aquello que sale de allí es una ideología. Entonces cuestionan la categoría de género y usan la interpretación negativa de la palabra ideología como algo que no es científico y construyen esta categoría “ideología de género”. Dicen que la “ideología de género” es lo que defienden las feministas radicales y que es la “ideología de género” la que está detrás, por ejemplo, de la Educación Sexual Integral (ESI). Entonces, es una estrategia discursiva muy sofisticada para neutralizar cualquier tipo de discusión o avance que se busque en políticas educativas que lo que tratan de hacer precisamente es avanzar en la igualdad de derechos.

–Dentro de estos sectores hay quienes sostienen que el feminismo excluye.

–Hablar desde el feminismo no excluye a nadie. Como feminista, lo que estoy tratando es de construir una sociedad en la que todas las personas tengamos derecho a todos los derechos. Sucede que un montón de mujeres nos tuvimos que construir como feministas porque existe un orden sexogenérico que nos excluye de la toma de poder y nos genera situaciones económicas en las que somos siempre las perjudicadas. Las personas que hablamos de género y de igualdad de género hablamos de que existe un orden social desigual, de dominación, estructurado en función a cómo son construidas, percibidas y asignadas genéricamente ciertas cuestiones vinculadas con la construcción generizada de la sexualidad o del sexo. Hablamos de la identidad de género porque es la forma en la que nos autopercibimos respecto a esta dimensión identitaria. Hablar de una perspectiva de género supone pensar cada una de las instancias, por ejemplo de política pública, a partir de tener presente que existe una desigualdad estructural y una relación de dominación, que la identidad genérica es una identidad construida, que supone desigualdad en la sociedad contemporánea y que hay que tratar de modificar esa situación de desigualdad. No me gusta hablar de feminismo y machismo, prefiero hablar de un orden sexogenérico patriarcal. Y porque existe es que es necesario el feminismo. Para que la sociedad sea más justa necesitamos que sea feminista.

–¿Cómo interviene la iglesia en este tema?

–La iglesia construye las bases intelectuales de esta denominación pero repercutió muy rápido en grupos que se auto denominan organizaciones no gubernamentales de la sociedad civil preocupadas por nuestros hijos. Estos grupos conservadores, por ejemplo en España, han avanzado cuestionando la designación misma de la violencia de género. Prefieren hablar de la violencia contra las mujeres o violencia doméstica; porque hablar de violencia de género supone asumir que hay tratos diferenciales y discriminatorios e incluso violentos en la vida pública y privada por el mero hecho de nuestra identidad de género o de nuestra opción.

–¿Podrías ampliar la distinción entre violencia de género y violencia contra las mujeres?

–Hablar de violencia de género supone asumir que hay tratos discriminatorios e incluso violentos por el mero hecho de nuestra identidad de género. Por ahora nuestra ley, que es una gran ley, es una ley de violencia contra las mujeres, pero aclara que es por motivos de género, y esto es muy importante. Cuando hay un femicidio en Argentina hablamos de que alguien mata a una mujer por el hecho de ser mujer, no para robarle la cartera, por el tipo de vínculo que tenía. ¿Por qué un ex novio mata a una mujer? Porque no tolera la posibilidad de que esa mujer tenga una vida autónoma. En el fondo de ese vínculo lo que hay es una relación sexogenérica de poder. Cuando hablamos de violencia de género estamos hablamos de violencia en el ámbito de las relaciones socioafectivas primarias y vinculares pero también estamos hablando de violencia laboral, económica, mediática, institucional.

–¿Qué grado de influencia tiene el discurso político en la construcción de valor?

–Hay algo muy interesante que dice George Leicoff, un escritor norteamericano. En 1992 fue Clinton el que dijo: “es la economía, estúpido”. Es cierto, la economía es un factor importante. Sin embargo, Leicoff advierte que en el discurso político tienen mucho peso lo que él llama los valores y la moral. Y que mucha gente está dispuesta a votar en contra de sus intereses económicos siempre y cuando se le garanticen ciertos valores éticos y morales. Lo dice para Estados Unidos, estudiando el discurso de Trump, pero vale para lo que pasa acá. El problema es la corrupción. No importa si gano el 50% menos que antes, no importa si le pegan a los senegaleses en la calle, lo que me importa es que no vuelva tal. Esa construcción es discursiva. La categoría “corrupción” es fascinante. Implica que el corrompido es el que está mal; el corruptor nunca aparece. Como fenómeno discursivo es un concepto muy interesante y la metáfora también funciona productivamente. Vamos construyendo valores. Desde los ’90 tenemos a la corrupción construida como valor. Esto es un valor internacional. El poder que tienen los grandes medios de comunicación es muy grande; el poder que tiene el discurso hegemónico también. Y con esto no me refiero a un canal de noticias, me refiero a las novelas, las series, las canciones. El discurso hegemónico nos permea; permea al Estado, permea a la educación… ¿Por qué tanta resistencia a la ESI?

–¿Por qué?

–Porque la Educación Sexual Integral permite una reflexión crítica y sistemática sobre la sexualidad, sobre nuestros deseos y nuestros derechos. La ESI en el marco de una perspectiva de género, de derechos humanos finalmente, te permite tomar conciencia de tus derechos.

 

 

 

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