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Por qué, si soy un hombre, cuando me refiero a mi familia digo “nosotras”

En su nuevo libro ‘Propuesta para un lenguaje inclusivo’, el periodista Álex Grijelmo rechaza el plural genérico femenino: aquí disentimos con un caso práctico

 

blogs.elconfidencial.com

La venda antes de la herida que en ocasiones no hace falta ser ‘precog’ para oler la sangre antes de que se derrame. Sé perfectamente lo que es el masculino genérico, el género no marcado en español. Incluso soy capaz de explicártelo. Antes de que esos bárbaros indiferenciados que llamamos indoeuropeos se dispersaran en sucesivas oleadas desde las estepas de Asia central por Oriente Medio y Europa, su protolengua no discriminaba géneros y era incapaz de diferenciar entre el masculino y el femenino. Fue en los avatares de su expansión cuando resultó de pronto útil inventar un género femenino propio que, en un efecto rebote, se oponía al anterior genérico neutro reconvirtiéndolo en masculino genérico. Y así, en una estrepitosa paradoja de la historia de inabarcables consecuencias, para poder nombrarles a ellas hubo que esculpir con letras de bronce una manera de nombrarles tanto a ellas como a ellos.

¿Pero entonces no fue el patriarcado? Eso es lo que apunta el periodista Álex Grijelmo en su reciente libro ‘Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo’ (Taurus). De hecho, la descripción anterior es básicamente suya. La hipótesis que defiende que el dominio del masculino genérico sobre el femenino es el resultado de la opresión patriarcal del hombre sobre la mujer sólo es, asegura, una conjetura que vuelve a confundir una vez más correlación y causación. Claro que aquellas sociedades eran patriarcales. Pero deducir del hecho innegable de que el varón dominaba a la mujer que también por ello dominaba el lenguaje es una extrapolación infundamentada.

'Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo'
‘Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo’

Para defender esto, Grijelmo ofrece numerosos ejemplos de culturas cuyas lenguas son prácticamente inclusivas y no diferencian entre géneros -como el magiar, el turco o el persa-, y que son tan machistas (de hecho bastante más) que la nuestra. En realidad, la explicación del autor sobre el nacimiento del masculino genérico es tan conjetural como la versión feminista que critica. Pero no importa. Vamos a darlo por cierto. Vamos a aceptar que cuando decimos “Nosotros” aunque el sujeto encarnado sea una abrumadora mayoría femenina no lo hacemos por una imposición patriarcal que se remonta a la noche de los tiempos. Vamos a añadir algo más: ¿qué importa? Y ahora voy a hablar de lo mío.

Formo parte de una encantadora familia nuclear que incluye además a mi mujer y a mis dos mellizas de tres años. En casa somos tres tías y un tío, vaya, y desde el principio cada vez que hablaba de “nosotros”, una leve aunque creciente incomodidad me asaltaba. ¿Por qué si me comportaba como un ciudadano ejemplar que paga sus impuestos y ejecuta el masculino genérico de curso legal sentía que algo no estaba haciendo bien? ¿Por que reequilibraba tan injustamente mi abrumadora inferioridad numérica apelando a las inapelables leyes de la historia y la lingüística? Así que empecé a decir “nosotras”. Al principio, no lo niego, con una incomodidad aún mayor. Y con torpeza. Y me salía una vez de cada tres. Pero a fuerza de empeñarme hoy ya apenas me equivoco. Ya no somos “nosotros”. Somos “nosotras”.

Era un ciudadano ejemplar que paga sus impuestos y ejecuta el masculino genérico de curso legal pero sentía que algo no estaba haciendo bien

Grijelmo no deja de considerar en su libro la posibilidad de un femenino genérico cuyo ejemplo más conocido sería el nombre de “Unidas Podemos” pero la desecha salvo en contadísimas excepciones como las crónicas deportivas de equipos femeninos (¿?). Y recoge las apreciaciones del profesor de la Universidad de Oviedo Javier San Julián Solana sobre cómo usar el femenino genérico provoca “un extrañamiento que desvía la atención hacia la expresión misma, en detrimento de la función comunicativa” además de enunciar una solidaridad hacia el colectivo feminista que restringe su uso al ámbito político y activista. Repito: ¡qué hay de malo en ello!

A los pies de los caballos

Reconsideremos también el activismo. El economista del MIT Daron Acemoglu recuerda en su último libro titulado ‘El pasillo estrecho’ a la sufragista Emily Davison que el 4 de junio de 1913, en pleno derby de Epson, se arrojó con su bandera púrpura, blanca y verde a los pies de Anmer, un caballo que pertenecía al rey Jorge V. Prosigue Acemoglu: “El caballo cayó y la aplastó. Cuatro días después, Davison murió a causa de las heridas. Cinco años más tarde, las mujeres pudieron votar en las elecciones parlamentarias. En el Reino Unido, las mujeres no lograron derechos gracias a las magnánimas concesiones de algunos líderes (hombres). La obtención de derechos fue consecuencia de su organización y empoderamiento“. Porque vamos a ver, ¿a santo de qué habrían logrado las mujeres muchos derechos de los que gozan hoy de no habérselos arrebatados a unos hombres en ningún caso proclives a compartirlos?

Emily Davison en el momento de ser arrollada por el caballo.
Emily Davison en el momento de ser arrollada por el caballo.

No hay nada que nos pertenezca menos que nuestra lengua, es cierto, patrimonio común en el caso del español de más 400 millones de personas. Y aunque lo de la “ingeniería social” sea un sintagma ideológicamente marcado y tan inútil para hablar en serio como el “marxismo cultural” o el “puritanismo progre” que cantan ahora unos pagafantas, no hay duda de que hay que andar con pies de plomo antes que proponer cambios de calado en un acervo colectivo del que tantos -y tantas- somos partícipes. Pero tampoco hay nada que nos pertenezca más. El lenguaje es una quimera feroz que no evoluciona al modo darwinista según parámetros de aptitud sino que se transforma intempestivamente en el juego libre del gozo y del horror, del amor y la muerte, del drama y la comedia humana. Y cada vez más rápido.

En ‘Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo’, Álex Grijelmo examina bienintencionado, sin causa pero con indudable conocimiento, las propuestas que desde el feminismo plantean, para evitar la discriminación, la utilización de la duplicación -“nosotros y nosotros”- del morfema @ -“profeso@s” de la “x” -“trabajadoxs” o de la “e” . No es este el lugar para discutir tales usos que en un primer momento pueden sonar extraños. Pero la lengua la hacen los hablantes, no las academias ni los filólogos. Y, ¡no por favor!, no la hacemos los periodistas. La lengua la hacemos entre todas.

Nosotros ya somos nosotras.

 

 

 

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