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Palabras, tribus, razas

lavozdeasturias.es

Por EDUARDO GARCÍA MORÁN

Los significantes «book», inglés, y «Buch», alemán, con el significado en castellano de «libro», vendrían en origen de «tablilla», en tanto que tablilla para escribir, una tablilla de madera de haya. Para la Arqueología Lingüística, estos términos derivan del indoeuropeo a través de «bhagos», que en latín da «fagus» y en celta galo «bagos». Con «oso», el escorzo etimológico sería otro: para los indoeuropeos históricos, entre los milenios V y III BP, y por probable herencia de las tribus indoeuropeas prehistóricas, el oso era un animal totémico porque era temido, hasta el punto de que no lo nombraban, al igual que los judíos no pronuncian el nombre de su dios, al que aluden mediante la perífrasi «el que es» (Yahvé). Así, el oso era conocido como «el comedor de miel», y el «bear», inglés, y el «Bar», alemán, proceden del adjetivo indoeuropeo «bheros»: «pardo».

En general, un amplísimo vocabulario indoeuropeo está en la raíz de la mayoría de las lenguas de Occidente (heleno, itálicas, celtas, germanas, bálticas, eslavas, armenio, albanés) y en Oriente (tocario, anatolio, iranio, índico, aquí con el sánscrito como el sustrato más antiguo). A partir de los ensayos de Francisco Villar, «Los indoeuropeos y los orígenes de Europa»; Marija Gimbutas, «Diosas y dioses de la Vieja Europa» (7000-3500 a.C.); Francisco Rodríguez Adrados, «Historia de las lenguas de Europa»; Colin Renfrew, «Arqueología y lenguaje. La cuestión de los orígenes indoeuropeos», y el «Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española», de Edward A. Roberts, se dibuja el contorno de la historia de un conjunto de tribus que, hace unos 9.000 años, pudieron asentarse en la orilla norte del mar Caspio, o en Asia para Renfrew, con unos patrones culturales muy marcados (lengua, creencias, organización social, economía), y unos dos mil años después iniciaron una serie de desplazamientos, unos a pequeña escalada y otros en oleadas, hacia el este (mar de Aral, Anatolia, Irán y India) y el oeste (el Cáucaso, el mar Negro, las estepas del sur de Rusia, el Danubio, los Balcanes y Europa central). Hacia el 3000 BP aparecieron en el norte de Grecia y, unos mil años más tarde, los primeros aqueos hicieron su aparición para, con jonios y dorios, colocar el pilar sobre el que se fue levantando la cumbre de la que hoy conocemos como Cultura Occidental, ya en declive, de vuelta a la caverna de la mediocridad y la criminalidad: totalitarismos, populismos, nacionalismos racistas.

Esta malignidad fue exponencial en la primera mitad del pasado siglo con el fascismo y sus derivados nazis o franquistas, por un extremo, y, por el otro, con la aplicación de los postulados marxistas, nos aparecen el leninismo, estalinismo, maoísmo. Pero lo que se debe resaltar en el contexto que estamos manejando, por su falaz apoyatura en los pueblos indoeuropeos, es la deriva nacionalsocialista, en tanto en cuanto selló con hierro al rojo vivo el ideal de raza superior a una escala inédita (Hitler). Y es este el ideal que, en España, se está imponiendo, partiendo de los mismos presupuestos, porque, ¿qué son los nacionalismos vasco y catalán del siglo XIX, renacido ahora con virulencia, y los nacionalismos balear y valenciano más recientes?

La razón por la que dimos unas pinceladas en los dos primeros párrafos acerca de los indoeuropeos era resaltar cuánto nos une a los europeos y, a la par, cuán cerca estamos de más de 2.000 millones de asiáticos. Los pueblos no son uniformes étnicamente. Ninguna nación lo es. La mezcla de «sangre» y «raza» es lo común (la Biología Evolutiva rechaza el empleo de «razas» porque no hay base genética para diferenciarnos, como lo hacemos con los perros; es más, hay tribus africanas que portan un ADN más similar al de los suecos que el de estos con el de los finlandeses; por nuestra parte, empleamos «raza» con intención sarcástica).

Todos descendemos de una Eva primordial que cruzó con su clan, hace unos 74.000 años, el estrecho de Adén, entre los actuales Yibuti y Yemen. El resto de Homo sapiens que antes y después dieron el salto desde África a Asia (o a Europa) se extinguieron. Clanes y tribus se distribuyeron por todo el globo terráqueo. Crecieron, migraron, se fueron diferenciando en sus fenotipos, no en los genotipos (a lo sumo, en la epigenética), conforme a las muy variadas geografías y climas. Reanudaron, una y otra vez, miles de veces, las andaduras, abundando los enfrentamientos armados para expandir dominios y riquezas y poder, imponiendo modos de vida ya distintos. Y es en estos avatares donde se da la singularidad uniformadora de los preindoeuropeos (prehistóricos), nómadas consumados, con sus caballos, ovejas, cerdos, bóvidos. La revolución, inconmensurable, que supuso la agricultura, en el Neolítico, no les frenó, porque sus cultivos eran elementales, livianos, plantaban y se iban a otras tierras en las que tampoco se esforzaban en arar terrenos amplios y permanentes. Por eso, ya en la Historia, a partir del V milenio BP, avanzaron hacia el este y hacia el oeste, y de aquí al norte, a Germania y Escandinavia, y al sur, a las penínsulas balcánica, itálica, ibérica. Hallaron otras comunidades, que combatieron o con las que se mezclaron, o un poco de todo, e impusieron su cultura, que Gimbutas bautizó como Cultura de los kurganes, caracterizada por los enterramientos de túmulo.

Los indoeuropeos o arios («aryas» se denominaban a sí mismos indios, persas y afganos) no eran rubios ni tenían los ojos azules. Sin embargo, desde el Romanticismo, con Schlegel a la cabeza, emparejaron estos rasgos físicos con lo «ario». Y en 1902, el germanista G. Kossina entre en el escenario de la pureza racial y sube el Infierno a la Tierra. Sostiene que los verdaderos indoeuropeos habitaban originariamente el norte de Alemania y el sur de Escandinavia y, como anota Francisco Villar, «se lo creyeron» (los alemanes y los escandinavos). Es decir, que sería este trozo de tierra privilegiada, santa tierra, la que irradiaría su superioridad racial al resto de Europa, dando la Grecia de Eratóstenes y la Roma de Cicerón, y «civilizando» a los indigentes indígenas de Oriente.

Esta interpretación acientífica de Kossina se convirtió en un dogma para los teutones, que añadieron a la rubicundez (cabello dorado) la dolicocefalia (cráneo alargado), en contraposición al braquicéfalo (cráneo redondeado), propio de las «razas impuras». En 1899, el alcalde de Barcelona, Bartolomé Robert, un médico hijo de un mexicano y una vasca, afirmó que los gallegos y asturianos eran de cráneo redondo, procedentes del norte de África, mientras que los catalanes, cuyas fronteras marcaban significativamente sus diferencias con el resto de España, eran mesocéfalos (intermedio entre el dolicocéfalo y el braquicéfalo), una de las características de «la raza [superior] catalana». 120 años después tenemos a Torra, Puigdemont, Junqueras, Rovira, la CUP, Arran, los CDR («no existen los derechos individuales», «nosotros tenemos la razón», sentencias que bien pudieron haber sido dichas por Pol Pot).

Pero resulta que la cabeza alargada es mayoritaria en todo el país, y es, «lamentablemente», el celta, del que tanto se alardea sin fundamento en Asturias (para los andechales es una cuestión de fe), quien presenta la braquicefalia, por lo que en Galicia y parte de Soria y Burgos debe de abundar más esta característica, (ajena a cualquier consideración de «raza inferior») que las otras dos. Todo se reduce, finalmente, a un nacionalsocialismo mendoso, garbancero, fóbico y racista-criminoso.

(Un apunte asturiano: la voz escanciar» procede de la raíz indoeuropea «skeng-», con el significado de «torcido» o «inclinado». Uno se inclina para servir vino o se tuerce un tanto hacia un lado para escanciar sidra).

 

 

 

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