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Habitar la frontera

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Cuando era más pequeña, a mi hija le gustaba que le contara historias por la noche, para cerrar los ojos y dormirse oyendo mi voz de fondo, como un murmullo relajante. Servía cualquier cosa, pero yo siempre quería que fuera algo diferente. Una noche en la que estaba muy cansado y no se me ocurría nada, recurrí al google y busqué cuentos para dormir. Uno me gustó especialmente. Era sobre países donde todo, absolutamente todo, era de un mismo color. Un lugar, por ejemplo, donde los árboles, las piedras, las nubes, los ríos, los puentes sobre los ríos, las casas y la gente fueran de color rosa. Al final, conté esa misma historia, con variaciones, mil veces.

Todo empezaba con la curiosidad imparable de un animal. Cada vez que contaba la historia, era un animal y un color distintos. Pongamos por caso que se trata de un hipopótamo rosa.  Ese hipopótamo le oye a un pájaro el relato de algo diferente más allá de la frontera, un lugar donde las cosas no son de color rosa, y decide cruzar el país hasta llegar allá donde todo es de otro color. Lo primero que ve es a otro animal, digamos que una vaca azul rodeada de cosas azules, que se lleva un susto de muerte cuando lo ve aparecer con aquella pinta tan rara, y al que convence para embarcarse en busca de otro color-país desconocido. En ese otro país, conocen a otro animal, que también emprende viaje con ellos, y así sucesivamente.

Las combinaciones entre animales y colores que se unen a la aventura y las lentas enumeraciones de cosas de un mismo color que se puede encontrar en cada país permiten alargar la historia casi hasta el infinito. Mi hija siempre se dormía antes de llegar al final. Hasta que un día me exigió que agilizara un poco el relato, mientras ella luchaba contra el sueño, para poder saber cómo terminaba. Acababa, claro, con todos los colores mezclados, de tanto intercambio de animales monocromáticos entre un lugar y otro. Ese movimiento incesante habría creado el mundo tal y como lo conocemos.

No es poco frecuente encontrarse con mapas lingüísticos simplificados, usados sobre todo con fines “didácticos” en textos escolares, en los que a cada país, pintado de un color diferente, le corresponde una y solo una lengua. He tenido muchas veces la experiencia de observar la expresión de sorpresa de mis alumnos de graduación cuando les muestro un mapa lingüístico de Europa o de América un poco más realista, multicolor, en el que las lenguas saltan alegremente fronteras y se meten en varios países, rompiendo la ilusión de la existencia de países lingüísticamente monocromáticos.

En el último Congresso Brasileiro de Professores de Espanhol, el número 18, tuvimos la oportunidad de debatir y vivir la experiencia multicolor de las lenguas. El encuentro se celebró entre los días 4 y 7 de noviembre en el espectacular campus de la UFAM en Manaos y entre los días 8 y 10, gracias a la decidida iniciativa de Wagner Teixeira, en el Instituto de Natureza e Cultura de la UFAM, en el municipio de Benjamin Constant, en la región del Alto Solimões, frontera de Brasil con Colombia y Perú.

En un momento en el que la diversidad de todo tipo causa desconfianza, cuando el poder político pretende oponer la oferta del inglés en las escuelas a la del español, como si hubiera alguna incompatibilidad entre los idiomas, desde una posición mercantilista extremadamente limitada y limitadora, fue animador conocer tantas iniciativas, discursos y metodologías de profesores y profesoras que nutren un claro compromiso con un mundo plural, en el que cabemos todes. Como fue inspirador oír de Neide González, maestra de todos aquellos que trabajamos enseñando español en Brasil, que nuestra actividad y nuestra pasión continuará con ley, sin ley o a pesar de las leyes. O el convite de Fernanda Castelano Rodrigues para re-existir comprometidos con la educación lingüística, contra viento y marea. O el ejemplo de intervención glotopolítica de Monica Nariño Rodríguez, que participó en el movimiento de profesorxs #FicaEspanhol, en Rio Grande do Sul, que consiguió incluir la obligatoriedad de la oferta de la disciplina en la Constitución del Estado. Un convite al compromiso político que nos hizo también Rainer Enrique Hamel, de la Universidad Autónoma de México, y una lucha que no puede desvincularse del permanente esfuerzo para entender y responder a los efectos de la colonialidad en el continente americano, como nos enseña la chilena Ana Pizarro.

Subir por el Amazonas, ese Rio Babel, en feliz expresión de José Ribamar Bessa Freire, el mayor conocedor de su historia lingüística, para poner los pies en la frontera es también una experiencia que nos hace reevaluar muchas de nuestras viejas concepciones. Entre las ciudades geminadas de Leticia, en Colombia, y de Tabatinga, en Brasil, no hay frontera. O, más bien, la frontera es allí un espacio compartido, nada parecido con vallas, torreones y garitas, sino un lugar de tránsito, donde el único indicio para saber si estamos en un país o en otro es el que nos ofrece el paisaje lingüístico, la lengua escrita en carteles y anuncios. En la frontera se vive entre lenguas, pero esas lenguas no son las reducciones artificiales que nos ofrecen las gramáticas, sino códigos que se rehacen en cada interacción, repertorios de formas lingüísticas puestas en funcionamiento en situaciones diversas en las que participan lo que reconocemos como hablantes de lenguas diferentes. Y, obviamente, no es solo español y portugués lo que está en juego: en la Amazonia se concentra el mayor número de lenguas de Brasil, más de cincuenta idiomas de pueblos originarios.

La frontera entre Benjamin Constant, en Brasil, e Islandia, en Perú, se mueve con el río Solimões, que crece y mengua periódicamente. Vivir en la frontera es aquí adaptarse a ese ritmo de las aguas, un espacio literalmente fluido en el que las distinciones categóricas no tienen ningún sentido. Experimentando durante pocos días ese espacio se me ocurrió pensar que quizás las clases de lenguas sean (deban ser) algo así como habitar una frontera. Constituyen un espacio compartido y se configuran como situaciones de contacto, por mucho que algunas tendencias didácticas, en algún momento, hayan alimentado la ilusión de negar cualquier espacio a la lengua de las y los estudiantes, como si la propia lengua fuera un fardo que deberían abandonar para ingresar en el nuevo idioma.

En ese sentido, vivir gozosamente la frontera es abrirse al encuentro, sin ideas preconcebidas, sabiendo que lo que tenemos enfrente no es un modelo de lengua reducido, sino un mundo complejo y dinámico. Para orientarnos, ciertos estereotipos y reducciones pueden ser necesarios, pero es vital superarlos desde el primer momento, para desarrollar la capacidad de dialogar con esa fluidez constitutiva, sin miedo de titubear, de equivocarse, de desentenderse momentáneamente. Vivir en la frontera es, al mismo tiempo, hacerlo sin miedo del otro y sin miedo de ser otro. Porque el contacto, la interacción, nos cambia irremediablemente. Y eso es algo que cualquier niña pequeña ya sabe.

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